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Columnistas

Nuestros niños y jóvenes

Opinión Caribe

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 Por: Cecilia López Montaño

 

Los adultos podemos estar pecando por tomar con ligereza la situación de nuestros niños y jóvenes. Como los vemos vitales, por su juventud, por su alegría, por su curiosidad, creemos que la pandemia, y lo que cambió en la vida de todos, los dejó inmunes.  Es cierto que se ha identificado mucha preocupación por su educación y por las limitaciones que muchos han vivido como producto del subdesarrollo de muchos de nuestros países. Sin la conectividad necesaria para la enseñanza virtual y con una pasmosa lentitud del regreso a la presencialidad, se señala con gran problema lo que han perdido varias generaciones, pero esta crisis puede ir mucho más allá. Para quienes no somos expertos en este tema puede ser muy atrevido señalar preocupaciones adicionales, pero es casi inevitable y será tarea de quienes sí se han preparado en estas áreas, tomar estos temas, procesarlos y hacer el diagnóstico adecuado.

Esas son las edades del afecto, de los amigos, de la familia, de la transmisión de valores, de experiencias y de historias familiares. Todos esos momentos de reunión, de discusiones, de conversaciones, de complicidades, se han perdido. Poco o nada se ha entendido la crisis que ha vivido y sigue enfrentando el hogar. Madres desbordadas por ese cuidado que nadie valora; hombres trabajando mas tiempo por menos ingresos y bajo la amenaza de perder su ocupación; mujeres sin ayuda, sin apoyo enfrentando más solas que nunca las responsabilidades de su familia. Esos tiempos de ocio, cuando se expresa el amor familiar se perdieron como se perdieron muchos amigos por miedo al contagio, por no tener tiempo.

El impacto de madres y padres obligados a ser maestros de sus hijos, muchos sin el conocimiento ni el entrenamiento para saber cómo enseñar materias que desconocen. Pérdida de paciencia por exceso de presión, de incertidumbre, terminan afectando a los hijos pequeños, adolescentes y aun adultos jóvenes que requieren de la guia de los mayores.

Quienes dictamos clases estamos viendo cambios preocupantes. Parecería que se perdió cierto ritmo para estudiar: se percibe des ánimo, incapacidad de concentración y hasta desinterés. Hasta dónde la virtualidad no ha sido la alternativa real a la presencialidad. Y allí probablemente también hemos fallado nosotros que no percibimos a tiempo las diferencias. El resultado es muy preocupante porque se pueden estar perdiendo más cohortes de niños y jóvenes de lo que se pensó. Claro que los sectores que viven en condiciones muy precarias son los más afectados, pero los otros parecería que también. Ojo con esto porque se trata de las generaciones que tendrán en sus manos un mundo mucho mas complejo del que nos ha tocado vivir a los adultos.

El impacto de la crisis del hogar que el estudio CiSoe/Fescol detectó en su investigación en Bogotá, amerita mucha más atención de la que hasta ahora ha recibido.  El confinamiento, período de este análisis, ha tenido más efectos preocupantes que los aceptado, entre otras, porque la normalidad no ha llegado del todo y puede que no se alcance en los próximos años.