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Columnistas

La invasión de la narrativa

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Por: Michel Baldovino López

El estado de derecho es el sometimiento de todos al imperio de la Ley, y es un principio fundante de la constitución política. La misma carta magna indica que el monopolio del uso de las armas lo tiene solamente el estado, es decir solo el estado tiene la facultad para reglamentar el uso de las mismas.

Hace unos años existió la controversia sobre si en Colombia existía o no conflicto armado interno, por su puesto que sí lo había, pues claramente el estado había perdido en gran medida el monopolio sobre el uso de las armas y estaba en una guerra con los grupos al margen de la Ley.

La fuerza pública en cabeza del ministerio de defensa, deben ejercer bajo el principio legitimo del monopolio sobre el uso de las armas, la defensa ciudadana cuando haya amenazas o indicios de riesgo de la integridad, vida y bienes de cualquier persona. Nunca había visto un gobernante induciendo a la fuerza pública a no defender a la ciudadanía, sean estudiantes, campesinos, líderes o ganaderos, todos requieren la protección del Estado, pero al parecer en el Magdalena cuando se habla de ganaderos hay una marcada indiferencia por parte de algunas autoridades que le quitan importancia. Para algunos gobernantes prevalece la narrativa que adormece, genera protagonismo y da votos.

Hay una competencia sobre la narrativa. Hoy parece que es un valor agregado tener mejor narrativa política que los demás, no importa que sea sobre hechos falsos y calumnias, lo que importa es lograr enquistar en la mente de la gente, la tesis que pregona determinado grupo político. Están todo el tiempo en campaña.

Si ganas la narrativa ganas la mente de la gente y te aseguras inyectarle permanentemente información a tu acomodo para hacerle caminar hacia el destino que pretendes. Y aquí viene lo peligroso, otro término utilizado en los últimos tiempos: instrumentalizar: que no es otra cosa que utilizar a una persona como un instrumento para lograr algo.

Las redes sociales sin duda, se han convertido en un mecanismo que instrumentaliza la narrativa, ante una ciudadanía poco formada, que es sensible a la manipulación. Aunque también hay un aparato burocrático que obliga a trabajadores a ser fanáticos de una causa.

La narrativa no es más que contar historias enmarcadas en el ambiente y la cultura que rodea al sistema político. Lo correcto sería contarlas dentro de las realidades y no desde el imaginario de un político a su imagen y semejanza, y por su puesto a su conveniencia.

La invasión implica ocupar algo que no nos pertenece, entonces la pertenencia indica un alto grado de justicia si entendemos justicia desde el merecimiento. En tanto, no solo los terrenos son sensibles de invasión, la mente humana con poca educación, poco carácter y algunas obligadas, son flexibles a ser invadidas por el fanatismo, el sesgo, y el adoctrinamiento propio de los extremos políticos.

La invasión de la mente humana corre el riesgo de caer en un estado de sueño profundo, casi de drogadicción, que le hace fácil al dueño de la narrativa ser también el dueño de la conciencia. Al menos la invasión de terrenos de puede recuperar con el actuar de la fuerza pública.