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La masacre obrera de 1928

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Quizás no exista en la historia de Colombia un hecho tan doloroso y al mismo tiempo tan sometido a los vaivenes de la ficción como lo ocurrido en la noche entre el 5 y 6 de diciembre de 1928 en Ciénaga, Magdalena.

Diez mil trabajadores de la United Fruit Company escucharon que el gobernador del Magdalena de la época se entrevistaría con ellos en la estación del tren de Ciénaga. Esto representó un alivio para los huelguistas, quienes ya tenían casi un mes esperando buenas nuevas. Solo habían recibido amenazas por parte del Gobierno Conservador.

Los huelguistas acudieron en masa a la estación de Ciénaga al encuentro con el primer funcionario gubernamental que se dignaba hablar con ellos. Como no llegaba, los ánimos se fueron exacerbando, tanto entre manifestantes como entre soldados emplazados en el sitio. Es en este punto del recuento cuando la ficción reemplaza los vacíos de la memoria: que los soldados estaban bebidos, que los trabajadores también; que algunos gritaron consignas patriotas; que no, que vociferaron agresivamente abajo a la multinacional y al gobierno; que desconocieron la orden de desalojo; que nunca la hubo; que la primera bala no la dispararon los militares; que murieron muchos, no solo nueve; que fueron cientos, cuando no miles; que los llevaban en trenes al mar; en fin, que fue una masacre preparada; no, que fue resultado de las circunstancias.

En la novela de García Márquez, después de la masacre, los más de tres mil muertos fueron arrojados al mar. Pero al día siguiente nadie recordaba lo que había pasado. Algo similar sucedió en Colombia, donde un escándalo de corrupción o violencia termina borrando al anterior y todo se olvida muy pronto.