La Firma
Cultura, Estrategia, Desarrollo (I)
Por: Rubén Darío Ceballos Mendoza
Importa que institucionalmente sepamos y nos ocupemos con importancia y urgencia, de plantearnos la cultura como estrategia para el desarrollo desde la estructuración social, la responsabilidad y obligación de brindar y ofrecer a la ciudadanía y comunidad un entorno constructor activo, por lo que debe asumirse plenamente el compromiso de reconsiderar varios de los procesos y modelos a los que estamos acostumbrados localmente, y replantearlos sobre la base de las nuevas realidades sociales y culturales.
Necesario en ello, contextualizar una y más veces las políticas culturales de modo que se desista del desafortunado consuetudinario aislamiento de los sectores creativos, camino a generar una nueva manera de abordar las necesidades sociales de cultura en interés general, aportando extensión cultural a la población, de la misma manera que abordar seriamente los derechos y la libertad cultural como ejes de ejecución y como capacidades de cohesión territorial, de modo que formalizarse puedan mejores respuestas para los nuevos problemas que surjan o puedan surgir a este tenor.
Es a todo trance, superar el aislamiento de las políticas culturales, integrarlas completa y abiertamente con las políticas ciudadanas económicas, sociales, laborales y sanitarias, en la verdad que la cultura ejerce influencia en el bienestar, calidad de vida y construcción de espacios públicos comunitarios; sentido en el cual dichas políticas deben realizar un esfuerzo que les permita salir de la tecnocracia y el exclusivismo para llegar a sectores sociales amplios garantizando diversidad y evitando el dominio de las minorías en la gestión y el consumo, siendo entendible que las políticas culturales encuentren nuevos modelos de gestión para superar posturas de arrogancia, prepotencia y evolucionar hacia sistemas horizontales más participativos y totalizadores en lo posible.
De la misma manera, entender que los creadores son factor imprescindible en las políticas culturales en cuanto a la acción creadora y el aporte de nuevas visiones en ruta a convertirse en fuente de procesos para las necesidades culturales de hoy, debiéndose trabajar desde ellas para hacerle frente a los mercados colaborando a la configuración de la cultura como una herramienta de educación y construcción cívica sustentada sobre los valores y los derechos culturales y alejada de los conceptos mercantilistas y/o tecnocráticos; reflexiones estas que nos llevan a entender que la política cultural debe crecer en densidad simbólica y ser capaz de convocar a los ciudadanos en un entornos múltiples de reflexión para favorecer espacios sociales compartidos.
Las ciudades son referente cercano a lo transversal, por lo que desde lo local deber es realizar esfuerzos mayores para lograr un espacio público capaz de movilizar y convocar el conjunto de los actores culturales, ya que las políticas culturales ocupan una posición importante en el desarrollo estratégico de las ciudades en lo económico, urbano y social, al tiempo que se enfrentan a un entorno complejo que obliga a replantear el concepto de interés público y reinventar nuevos marcos que ayuden a implantar comportamientos creativos, razón por lo que las políticas culturales deben colaborar con el sector informal de la cultura, abandonando los modelos elitistas y cerrados de una cultura pública centrada en actitudes excluyentes que se alejan de la realidad evolutiva.
Las políticas culturales deben pasar de la simple administración y gestión a la inmersión, estableciendo condiciones comunes de relación abierta entre los agentes implicados en el desarrollo de la cultura, además de forzar nuevos marcos jurídicos y laborales que permitan replantear los sistemas de acceso y permanencia de sus servidores, al igual que revisarse las clásicas estructuras por departamentos y pasar a modelos dinámicos y flexibles que optimicen las capacidades de los individuos con procedimientos metodológicos sistematizados.
