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Editorial & Columnas

A Danilo Villafaña

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Por Lerber Dimas

En enero de 2023 fue nuestro último encuentro en persona. Mientras hacía fila para pagar algunas cosas en un ARA en Santa Marta, alguien tocó a mi espalda, me giré y allí estaba: nos fundimos en un abrazo fraterno; luego, me soltó y me agarró de los hombros para sacudirme con fuerza y al mismo tiempo, lanzar una mirada de bondad a algunos curiosos que nos miraban con cierta malicia. Luego volvió a abrazarme. Volví solo a las montañas en estos días para divagar y volver a leer a Padura (El hombre que amaba a los perros) y para tener el coraje de escribir un texto corto como homenaje póstumo a un gran amigo que partió salvando a otros.

Nuestra amistad comenzó en el 2003 cuando era tan solo un estudiante de antropología de la Universidad del Magdalena. Esa tarde en Nabusimake lo vi hablando de resistencia y de unidad a unos 60 indígenas que estaban junto al Mamu en una Kankurwa. Claramente no entendía ni una sola palabra, lo supe porque me lo dijo después sonriendo, entre una mezcla de palabras en español e Ikʉ. En el 2004 inició el proceso de fumigación con glifosato en la Sierra Nevada y fuimos invitados al Andean Amazon Forum, en Popayán. Danilo no puedo asistir, pero esa noche hablamos largamente del daño que recibirían las montañas con las fumigaciones con Glifosato, hablaría con el presidente Uribe, directamente, al día siguiente y a mi regreso de Popayán me dijo: hermano, van a llenar eso de veneno, ellos no entienden y menos esta señora Sandra Suárez, que se siente apoyada por los gringos. Lo único que pude fue pararme en la raya y decirle que si caía una gota de veneno en territorio indígena les hacía una movilización sin precedentes. En los años posteriores caminamos la Sierra palmo a palmo por zonas asperjadas, sentía su dolor, su ira y su impotencia, el mismo que sentía cuando veía como las diferentes formas de religiosidad se apoderaban del macizo montañoso con la imposición de un Dios desconocido, ausente y lejano. De un Dios inexistente.

En el 2005 viví junto a Danilo, la mayor sensación de miedo. Era el Proceso de Paz con las AUC y los dos fuimos invitados a la Quebrada del Sol, en la parte media de la Sierra Nevada, Jorge 40 necesitaba un líder indígena y también un líder campesino para darle al Alto Comisionado para la Paz, una sensación de pluralidad y de inclusión. Ese día, los únicos civiles, desarmados y asustados éramos él y yo. En esa mesa, Jorge 40, Hernán Giraldo, alias 55, alias 57, alias el Grillo, alias Caucasia, alias Negrete, alias el Canoso y una decena de comandantes medios del Bloque Norte. Sobre la mesa, pistolas, fusiles y radios de comunicación; a los alrededores, unos 100 paramilitares que cuidaban el sitio.

Danilo y yo nos sentamos en un costado de la mesa, de donde nos pararon para darnos dos sillas en la mesa principal, quedamos juntos, eso sí. Al cabo de unos minutos, llegó un helicóptero y de allí se bajó el Alto Comisionado para la Paz, Luis Carlos Restrepo. Danilo, se mostraba inquieto y ansioso, pero yo no sabía la razón. Luego de iniciar la reunión y luego de que Jorge 40 terminara de hablar de voluntad de paz y de la necesidad de la pacificación, citando apartes de los discursos de Luis Carlos Galán Sarmiento, Danilo, levantó la mano y dijo: señores, Luis Carlos Restrepo y usted señor Jorge 40, si este proceso es verdadero, si todo esto es serio ¿por qué ayer me mataron miserablemente dos indígenas en la Guajira? Hubo un silencio estremecedor. Nunca vi tantas miradas de odio hacia una sola persona, que seguía erguida y preguntado con firmeza ¿quién me responde? Danilo no iba a sentarse hasta que alguien le diera una respuesta. Restrepo, no fue capaz de mirarlo a la cara, solo escribía notas y Jorge 40, salió al paso incomodo y dijo: vamos a recibir un refrigerio y luego seguimos. Todos se pararon, Restrepo fue el primero; en la mesa, quedamos Jorge 40, Danilo que seguía en pie y yo que estaba sentado a su lado.

Jorge 40 lo llamó aparte, detrás de la mesa, había un pequeño cuarto con una ventana de vidrio. Danilo estuvo todo el tiempo erguido, con los brazos cruzados, mientras Jorge 40 desataba su furia con gritos y manotones. Danilo, nunca le bajó la mirada, no le retrocedió ni un solo paso a la mente criminal más grande que a mi juicio ha tenido el Caribe Colombiano. Luego de 5 minutos tortuosos, salió primero Jorge 40 y detrás de él Danilo. Se sentó al lado mío y le ofrecí agua de una botella que tomaba. Me dijo: yo pensé que este man me iba a matar ahí, me dijo de todo, me amenazó y me responsabilizó del fracaso del Proceso de Paz y si algo pasaba alguien iba a pagar las consecuencias, me pidió retractarme y le dije que eso, no lo iba a hacer, lo que le dio más rabia, no sé que va a pasar conmigo, pero esta gente está muy molesta.

Luis Carlos Restrepo regresó y con él todas las personas que estaban en la mesa. Luego se levantó y dijo: señores, nos vemos en 15 días para iniciar con la desmovilización. Se despidió de todos, menos de nosotros y se subió al helicóptero porque empezaba a llover. Luego de eso, todos se fueron poco a poco, ninguno quiso llevar a Danilo; todos subían a sus carros y se marchaban, no sin antes lanzar miradas de rabia en su contra, pero él seguía cruzado de brazos en una esquina del quiosco. Fueron para mí momentos de mucha tensión, pero veía a Danilo erguido, sin musitar una sola palabra y sin doblegarse a pesar de que la lluvia, que corría con brisa lo estaba mojando. Pasó quizá una hora y decidí que era el momento de irnos, a Danilo no iba a dejarlo allá solo a la merced de los violentos paramilitares y aunque él no había venido conmigo, era mi amigo y éramos los únicos que no teníamos porque estar ahí.

Danilo presentía que ese era su último día. En un momento fui por el carro y paré junto a su lado, era una camioneta Toyota de esas que se usan para cargar cosas de la finca, solo dos puestos adelante, el conductor y el copiloto. Danilo se subió atrás; en la carrocería, no quiso sentarse a mi lado y tampoco le insistí, nunca le pregunté si lo hizo porque los dos esperábamos que en alguna curva o en algún paraje solitario nos estuvieran esperando, quizá presentía algo o quizá como estaba mojado, no quería mojar la silla, era un hombre respetuoso. Lo que sí pasó es que la lluvia siguió por lo que paré el carro y le dije: Danilo, ven para acá, no te mojes más y obedeció. Empezó a mambear y yo solo esperaba que nos atacaran y él también, me lo dijo días después, afortunadamente no pasó, pero con cada curva, entrar a una montaña o simplemente ver personas al costado de la vía, eran motivos para respirar más tenso, cada que pasábamos por un sitio similar, nos mirábamos y descansábamos y, así pasaron casi dos horas de tensión. Al llegar a la Troncal del Caribe esperé a que Danilo tomara un bus rumbo a la Guajira. Íbamos a despedirnos con la mirada, pero fue un abrazo.

Durante varios días revisaba la prensa o alguna noticia para saber qué le había pasado. Durante mucho tiempo no volví a saber de él, creo que los dos sentíamos hastío por el mundo o quizá, pensando en Padura, vimos la muerte tan de cerca como ninguno de los dos, hasta ese momento, era capaz de concebirla.

Danilo, el hombre noble, el hermano mayor y el líder más importante del pueblo Arhuaco fue recibido por las montañas, por Niankua y Serankua y hoy yace en sus entrañas. Su mundo era la Sierra Nevada y su cultura, que llevaba siempre con orgullo, a veces sin el Tutusoma, pero siempre con la Camisona, el Jinu, el Kursonu, la Cheygekwanu y la Jo’burumussi. Siempre con su Poporo.