Editorial & Columnas
Escuela Parroquial Mixta, 20 años sembrando conciencia territorial
Más allá del ritual, este evento se ha convertido en una escuela viva de ciudadanía: niños y jóvenes que aprenden que la patria no es un discurso lejano, sino el cuidado del territorio que los sostiene. Un laboratorio pedagógico donde historia, cultura y naturaleza confluyen en empoderamiento colectivo.
Por: José D. Pacheco Martínez
La Escuela Parroquial Mixta de Plato (Magdalena) celebra la vigésima versión de su Semana de la Nacionalidad Colombiana. Durante 20 años, esta institución ha hecho de la conmemoración un espacio distinto: no el desfile solemne ni el acto ritual, sino un encuentro pedagógico que este año pone al centro al río Magdalena, fuente de vida, memoria y esperanza para todo el Caribe.
Mi vínculo con esta escuela es profundo. Allí di mis primeros pasos escolares en un aula sencilla, de paredes que parecían respirar con el murmullo del río cercano. Dos maestras, Fanny y Vera Ospino, sembraron con paciencia la certeza de que estudiar no era aprobar exámenes, sino aprender a mirar con respeto el territorio que nos rodeaba. Desde entonces entendí que la educación podía ser raíz, brújula y horizonte.
Hablar del Magdalena en el aula no es un gesto menor. Es recordar que por sus aguas llegaron comerciantes y bogas que tejieron la integración nacional. Es reconocer que en sus orillas nació la cumbia que aún se interpreta en plazas y festivales. Es aceptar que de su caudal viven pescadores y familias enteras, pero también advertir que enfrenta riesgos de erosión, contaminación y pérdida de oficios ancestrales.
En cada foro y debate, los estudiantes descubren que el río no es un paisaje lejano, sino historia, cultura, sustento y desafío. Al pensarlo colectivamente, aprenden que su cuidado no depende solo de gobiernos distantes, sino también de la conciencia ciudadana que se forma desde la escuela. Cada dato sobre contaminación, cada memoria de inundaciones, cada relato de faenas pesqueras se convierte en lección de pertenencia y responsabilidad.
El aprendizaje es doble. Los alumnos comprenden que la nacionalidad no se limita a izar banderas o repetir himnos, sino que se expresa en la defensa de lo que les da vida. Y los maestros reafirman que educar es guiar hacia el arraigo, hacia el reconocimiento de un “nosotros” que se construye desde lo local. Allí, donde se cruzan historia, cultura y territorio, florece una patria más concreta y más sentida.
La importancia de esta vigésima edición está en esa siembra silenciosa. Mientras en otros lugares la Semana de la Nacionalidad se reduce a la formalidad, en Plato se convierte en laboratorio de política y ciudadanía de la buena porque los alumnos no solo escuchan, sino que también, deliberan, cuestionan y proponen. Y en ese ejercicio cotidiano surge una generación que no verá al río como un problema inabarcable, sino como un desafío compartido que exige soluciones con justicia y creatividad.
El Magdalena, con su fuerza y sus meandros, es metáfora de Colombia. Sus turbulencias recuerdan nuestras crisis; su caudal, nuestra diversidad; su desembocadura, la esperanza de abrirnos al mundo. Celebrar la nacionalidad a la orilla de este río es afirmar que la patria no es una idea abstracta, sino una práctica diaria de cuidado y pertenencia. Y que los próximos veinte años dependerán de que estos niños y jóvenes de la Parroquial Mixta se conviertan en ciudadanos que defiendan el río como se defiende la vida.
