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Editorial & Columnas

El uribismo perdió su alma en el Magdalena: maquinaria al servicio del petrismo

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En el departamento, el Centro Democrático ya no se comporta como un partido: actúa como una franquicia. Su estructura territorial, controlada por un reducido grupo de intereses económicos y políticos, negocia adhesiones, avales y silencios. Negó el respaldo a Jair Mejía, militante leal, y al mismo tiempo su dirigencia respalda a Rafael Noya, presentado como el candidato del Gobierno Nacional.

 

Por: Víctor Rodríguez Fajardo & José D. Pacheco Martínez

La decisión de la Dirección Nacional de no otorgar aval en las elecciones atípicas de gobernador fue presentada como neutralidad. Pero esa supuesta prudencia fue, en realidad, una renuncia al control ideológico del partido sobre sus territorios. La libertad concedida a las estructuras locales terminó convertida en licencia para la incoherencia. Y ese vacío de autoridad fue aprovechado por quienes administran la franquicia magdalenense para hacer lo impensable: trabajar para el petrismo.

Mientras el uribismo nacional insiste en denunciar persecución judicial contra su fundador, su representación regional apoya abiertamente al proyecto político que se ufana de haber logrado una condena de doce años contra Álvaro Uribe Vélez. El contraste es brutal: lo que en el Congreso se defiende como oposición, en el Caribe se negocia como alianza. En ese tablero, Jair Mejía simboliza la lealtad descartada. Exdiputado por la colectividad y militante disciplinado, fue apartado sin razones de fondo. Su exclusión no respondió a criterios políticos, sino a los intereses de quienes controlan la franquicia local, un bloque de poder con cercanía a la administración nacional.

En el extremo opuesto, Ángela Cedeño Ruiz, presidenta de la Asamblea del Magdalena, cumple el papel funcional de quien ejecuta órdenes. Su presencia en la inscripción de Noya y su activismo en redes no fueron actos de rebeldía: respondieron a un libreto diseñado por quienes compraron la marca y la usan para negociar con el Gobierno. La operación prosperó porque el partido, pese a contar con una línea ideológica definida y un código de ética, carece de mecanismos efectivos de control. La Dirección Nacional calló. Y ese silencio terminó por convertir la indisciplina en método y la deslealtad en práctica.

Hoy, el uribismo regional no actúa como una colectividad con principios, sino como una empresa de intermediación política. Su marca se alquila, su discurso se acomoda y su lealtad se cotiza. El daño ya es nacional, porque precandidatos presidenciales del uribismo visitaron recientemente Santa Marta, se fotografiaron con los mismos dirigentes que hoy hacen campaña por el petrismo y regresaron convencidos de haber fortalecido su estructura.

Pero esas imágenes no prueban respaldo: prueban ingenuidad. Las fotos que hoy se publican como símbolo de unidad podrían convertirse mañana en pruebas de traición. La crisis del Centro Democrático no es solo local. El partido perdió control sobre sus territorios, coherencia doctrinaria y mecanismos de sanción y como se evidencia en este territorio, la neutralidad se transformó en acomodo, y la oposición, en retórica.

El uribismo podrá resistir derrotas electorales, pero no sobrevivirá a la pérdida de su integridad política. Ya ni siquiera Uribe, con su acostumbrada y reconocida retórica puede explicar que cómo un movimiento que se define como oposición puede trabajar y pone al servicio del petrismo su estructura territorial. Esa es la verdadera pregunta que debería formular el Consejo de Ética del partido: ¿por qué se permite —contra los propios estatutos— que una estructura uribista respalde el proyecto que hace campaña presidencial mostrando la condena de su fundador como trofeo?

Finalmente, aunque es evidente, tenemos que decir que el Centro Democrático, por lo menos en el Magdalena, puede seguir funcionando como sigla, pero ya no representa la idea que lo legitimó, porque su dirigencia cambió la doctrina por la rentabilidad y la oposición por conveniencia. Y en esa metamorfosis, el uribismo dejó de ser una causa para convertirse en un negocio.