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Editorial & Columnas

Si no fuera periodista, sería atarrayero

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Siempre lo he sabido: si no escribiera sobre la vida, la lanzaría al río. La atarraya me habría bastado para entender el mundo, esperar el momento exacto, confiar en el agua y en el instinto. La pesca, como la escritura, es también una forma de paciencia y esperanza. Ambas, entiendo hoy, son oficios del alma.

Por: José D. Pacheco Martínez

Hay oficios que uno no elige pero que lo eligen por dentro, silenciosamente. Yo nací al borde del río, entre hombres que hablaban poco y lanzaban lejos la atarraya. A esa edad en la que el sol parecía eterno, pensaba que el agua era un territorio invencible y que todo lo importante ocurría entre la corriente y el aire.

Hoy, muchos años después, veo en las plataformas digitales las fiestas patronales de San Luis Beltrán. Ya no son en los mismos espacios de antes, pero el espíritu sigue ahí: los parlantes que rugen a mitad del día, el olor a sancocho, los niños que corren tras el desfile, los ancianos sentados en la puerta contando cómo era el pueblo cuando el río aún se desbordaba con dignidad. Y, sobre todo, el concurso de atarrayeros: esa justa noble donde los pescadores se retan a extender la red más amplia, como si al hacerlo midieran también la memoria del pueblo.

Siempre me he declarado fanático de la atarraya. De su forma redonda, de esa geometría humilde que encierra la perfección del trabajo manual y la esperanza. Si no fuera periodista ni abogado, probablemente habría dedicado mi vida a ella: a esperar la mañana para sentir el primer golpe de sol sobre el río, a preparar las pesas de plomo, a oler la cuerda húmeda entre los dedos, a aprender a lanzarla sin que se enrede en el aire. Porque lanzar la atarraya es un acto de fe, una manera de dialogar con la naturaleza y aceptar que no todo depende de la fuerza, sino del ritmo y la paciencia.

En cada lanzamiento hay una lección de vida. Los viejos dicen que quien no aprende a esperar el momento exacto para soltar la red, tampoco sabe esperar nada en la vida. Quizá por eso me atrae tanto: porque detrás del movimiento hay un equilibrio que se parece al de la escritura. El pescador mide la corriente, calcula el viento y suelta; el periodista mide las palabras, siente el pulso del tiempo y escribe. Ambos esperan el resultado con el mismo silencio: uno aguarda peces, el otro verdades.

San Luis Beltrán me enseñó a mirar despacio, a entender que el río no se apura y que las fiestas no son solo celebración sino memoria colectiva. Cada año, cuando los atarrayeros vuelven a competir, el pueblo se reencuentra consigo mismo. No importa si el escenario cambió o si ahora hay luces led en lugar de faroles; lo esencial permanece en el gesto de arrojar la red, de confiar en lo invisible.

A veces pienso que toda mi vida ha girado alrededor de una atarraya simbólica. Cada historia que escribo es una red lanzada al agua: unas veces se llena de peces, otras vuelve vacía, pero siempre regresa con algo de mí. Por eso me conmueve tanto ver a esos hombres descalzos, tensando el cuerpo y la esperanza, como si en cada lanzamiento pusieran en juego su propio destino.

Tal vez un día regrese y me atreva a competir, solo para recordar que también sé lanzar algo al agua. Mientras tanto, desde esta distancia, sigo sintiendo que mi pueblo me habita en ese gesto: el de abrir los brazos al viento y confiar en que el río —como la vida— siempre devuelve algo a quien se atreve a lanzarse.