Editorial & Columnas
Espantajopismo emprendedor…
Por: Gerardo Angulo Cuentas
El Caribe está lleno de talento, de creatividad y de sueños que podrían cambiar el rumbo de nuestras comunidades. Pero entre tanto impulso genuino también ha florecido una curiosa especie: el emprendedor espantajopos. No construye, no vende, no escala. Su modelo de negocio es el aplauso. Vive del “pitch”, no del producto.
Su ecosistema natural son los eventos, los programas de formación, los concursos y los post en LinkedIn. Se alimenta de selfies con mentores y hashtags como #innovación o #networking. Tiene una presentación impecable, pero si se le pregunta por sus clientes, responde con una historia. Si se le pide un flujo de caja, ofrece una metáfora.
El espantajopismo emprendedor es la corriente que convierte el emprendimiento en espectáculo. Es la exaltación de la forma sin fondo: mucho “pitch deck”, poca validación; mucho storytelling, poca facturación. Se celebra más al que habla que al que ejecuta, más al que postula proyectos que al que entrega resultados.
El espantajopista se define por tres rasgos esenciales: 1) Confunde visibilidad con impacto. Si no se publica, no existe. 2) Adora los premios. Cada diploma reemplaza un cliente y 3) Cita a Steve Jobs, Richard Branson o a Elon Musk, pero evita hablar sobre facturación.
En sus presentaciones abundan palabras como innovador, disruptivo, exponencial, y ninguna viene acompañada de un dato. Cree que la pasión sustituye al método, y que el carisma reemplaza la disciplina.
El problema no es el individuo, sino el sistema que lo produce. Hay incubadoras que prefieren llenar auditorios que fábricas; hay programas que miden éxito usando publicaciones en redes sociales, no en ventas; y hay mentores que enseñan a “parecer emprendedor” más que a serlo.
El espantajopismo emprendedor es un síntoma de un ecosistema adolescente: uno que todavía celebra la intención más que el resultado, el prototipo más que el mercado. Mientras tanto, los verdaderos emprendedores —los que madrugan, los que sufren con sus planillas de salud y pensión, los que venden sin postearlo— permanecen invisibles.
No se trata de renunciar a los escenarios, sino de recordar para qué sirven. Un demo day debería ser el punto de llegada, no el punto de partida. La foto del reconocimiento no debería ser el objetivo, sino una consecuencia.
El antídoto contra el espantajopismo emprendedor es la honestidad productiva: medirnos por lo que resolvemos, no por lo que prometemos; por los empleos que generamos, no por los aplausos que recibimos. Emprender no es posar, es persistir. No es lucirse, es construir.
El Caribe necesita menos vitrinas espantajopísticas y más unidades productivas reales. Menos “pitches” y más soluciones de productos y servicios. Menos espantajopos impecables y más hacedores algo sudorosos. Porque la verdadera innovación no está en los escenarios, sino en los pequeños locales y oficinas donde se suda, se falla y se aprende. ¿Tú qué crees?
