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Editorial & Columnas

Del tablero a las pantallas: ¿Qué estamos enseñando realmente?

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Hace pocos años, ir a la escuela significaba entrar a un lugar de respeto, esfuerzo y aprendizaje. El aula era un espacio donde el alumno escuchaba, seguía instrucciones, memorizaba contenidos y obedecía la autoridad del maestro. Aprender era una oportunidad que se ganaba con disciplina y compromiso. Las reglas eran simples y el mérito académico, una recompensa al esfuerzo personal.

Hoy, en cambio, nos encontramos ante un escenario profundamente distinto. Los alumnos tienen acceso a más información en un solo clic que la que cualquier maestro podía ofrecer en toda su carrera. Sin embargo, esa abundancia no siempre se traduce en conocimiento. La inmediatez, la hiperconexión y la sobreestimulación han transformado la forma en que nuestros jóvenes aprenden, piensan y se relacionan con el mundo. Están más informados, sí, pero también más dispersos, emocionalmente agotados y, muchas veces, solos.

La figura del maestro también ha cambiado. Ya no es solo quien enseña, sino quien acompaña, media, escucha y, en ocasiones, sobrevive al juicio de sus alumnos en las redes sociales. Hoy un alumno puede grabar, denunciar o ridiculizar a su profesor con la misma facilidad con la que antes tomaba apuntes. Las aulas se han convertido en escenarios donde el respeto y la autoridad se negocian constantemente, y donde la inclusión —necesaria y valiosa— convive con la falta de límites y la evasión de la exigencia.

Vivimos una paradoja: más derechos, pero menos responsabilidades; más libertad, pero menos contención; más herramientas, pero menos dirección. Nuestros estudiantes dominan dispositivos, pero a veces no sus emociones. Pueden navegar océanos de información, pero se ahogan en la ansiedad, la presión social y la búsqueda permanente de aprobación. ¿La tarea nos corresponde solo a los docentes? En absoluto. La escuela no puede ni debe reemplazar a la familia, ni la familia puede delegar totalmente en la escuela la educación de los hijos.

¿Qué podemos hacer, aquí y ahora?

Primero, recuperar el valor de la lectura y la escritura como prácticas diarias. No para “volver al pasado”, sino para entrenar la atención profunda que la vida digital fragmenta y dispersa. La lectura sostenida —quince o veinte minutos diarios en casa, sin pantallas— es un acto de salud cognitiva. Proponemos un pacto simple: cada familia elige un horario breve y lo sostiene; cada escuela recomienda lecturas breves y variadas; las bibliotecas municipales garantizan material accesible. No se trata de imponer, sino de contagiar el gusto por comprender.

Segundo, educación digital con reglas compartidas. Los celulares no son el enemigo, pero sí requieren marcos. Políticas claras de uso en clase, acuerdos con las familias y formación en ciudadanía digital son urgentes. Enseñar a distinguir información confiable, a cuidar la propia huella en línea y a convivir sin violencia en redes es tan importante como aprender a resolver ecuaciones. Si un joven sabe programar pero no sabe convivir, hemos fracasado.

Tercero, fortalecer la salud emocional sin renunciar a la exigencia académica. La inclusión no es bajar la vara: es colocar apoyos para que todos alcancen la vara. Tutorías breves de acompañamiento, tiempos de estudio guiado y derivaciones oportunas a equipos de orientación pueden marcar la diferencia. Acompañar también es poner límites, porque un límite a tiempo protege. La escuela que escucha y contiene, exige mejor.

Cuarto, renovar la alianza escuela–familia. Reuniones cortas y frecuentes, con metas concretas y lenguaje claro, son más eficaces que encuentros esporádicos cargados de reproches. Padres y docentes podemos acordar indicadores sencillos: asistencia sostenida, tareas entregadas, lectura semanal, respeto en el aula. Nada de formularios interminables: cuatro o cinco compromisos medibles y revisables cada mes. Y si algo no funciona, se ajusta. La educación es un proceso, no una sentencia.

Quinto, dar prestigio al oficio docente. La autoridad no se impone; se construye desde la competencia, la coherencia y la cercanía. Formaciones prácticas en gestión del aula, evaluación formativa y diseño de clases activas son inversiones que rinden. Pero también necesitamos un respaldo social: no todo conflicto es “culpa del profe” ni todo desacuerdo es “violencia institucional”. Defender a quienes enseñan es defender el derecho de nuestros hijos a aprender.

Y, por último, ordenar la evaluación para que vuelva a ser brújula y no castigo. Calificar sin explicar, o aprobar sin aprender, hacen el mismo daño. Evaluar bien es dar información útil: qué logré, qué me falta, cómo puedo mejorar. La retroalimentación oportuna —breve, concreta y respetuosa— es un acto de dignidad académica.

Nuestra comunidad tiene la posibilidad de convertirse en referente: una ciudad que usa la tecnología con cabeza, la exigencia con justicia y el afecto con límites. Si cada hogar suma un rato de lectura, si cada escuela acuerda normas claras, si cada institución ofrece una puerta de entrada al futuro, habremos dado un paso enorme. La educación del futuro no puede ser solo digital, debe ser profundamente humana. Solo así podremos transformar la inquietud en esperanza: no qué clase de seres humanos estamos formando, sino qué clase de mundo estamos dispuestos a construir con ellos.