Editorial & Columnas
La parábola de los algoritmos: León XIV y el fantasma de la Rerum Novarum
Por Víctor Rodríguez Fajardo
El poder no anuncia sus intenciones. Las codifica. Y eso es exactamente lo que lleva décadas haciendo la industria tecnológica mientras el resto del mundo aplaudía, invertía o miraba hacia otro lado. Que sea el Vaticano, con toda su carga histórica y sus propias contradicciones, quien decida plantar cara en este momento no es una ironía: es un síntoma de la gravedad del problema. Cuando la Iglesia Católica se convierte en una de las pocas instituciones dispuestas a decir en voz alta que algo va profundamente mal, conviene preguntarse qué están haciendo los demás.
Magnifica Humanitas, la primera encíclica de León XIV, llega el 25 de mayo de 2026 como una declaración de hostilidades. No contra la tecnología. Contra la impunidad con la que la tecnología ha colonizado la vida humana sin rendir cuentas ante nadie que no sea su propio balance financiero.
1891 y 2026: la misma rapiña, distinto lenguaje
León XIII escribió la Rerum Novarum en 1891 porque la Revolución Industrial había producido una clase de propietarios capaces de tratar a los trabajadores como piezas intercambiables de una maquinaria cuyo único propósito era la acumulación. La Iglesia no lo hizo por altruismo puro: lo hizo porque entendió que si no ponía límites morales al capitalismo industrial, el orden social entero podía desintegrarse. Fue un movimiento político disfrazado de doctrina.
León XIV hace exactamente lo mismo, pero el enemigo es más difuso y por eso más peligroso. Ya no hay un patrón con nombre y apellido al que señalar. Hay sistemas. Hay modelos. Hay plataformas que no tienen cara, no tienen domicilio fiscal estable y no tienen la menor obligación de explicar por qué decidieron lo que decidieron. El trabajador del siglo XIX al menos sabía quién le robaba el salario. El ciudadano del siglo XXI ni siquiera sabe quién le está moldeando la opinión.
Eso es lo que esta encíclica viene a decir, aunque lo diga con el lenguaje de la dignidad y la doctrina social. Que hay una rapiña en curso. Y que nadie con poder real parece dispuesto a detenerla.
El algoritmo no es neutral: es una decisión política sin firma
Conviene desterrar de una vez la fantasía de la neutralidad tecnológica. Un modelo de inteligencia artificial no es un espejo de la realidad: es una destilación de las prioridades, los sesgos y los intereses de quienes lo diseñaron, financiaron y desplegaron. Cuando un sistema decide qué información ves, qué trabajo mereces, qué crédito te corresponde o qué diagnóstico recibes, no está ejecutando un cálculo objetivo. Está ejerciendo poder. Poder sin rostro, sin recurso y sin apelación posible.
Eso es lo que hace que la intervención del Vaticano sea incómoda para las empresas correctas. No es una queja pastoral sobre las redes sociales. Es una impugnación de fondo al modelo de gobernanza tecnológica que domina el planeta: aquel que sostiene que la innovación se regula a sí misma, que el mercado corrige sus excesos y que quien no entiende el código no tiene derecho a opinar sobre sus consecuencias.
León XIV viene a decir que eso es una mentira. Y que la mentira tiene víctimas.
Silicon Valley en el banquillo de San Pedro
Que Christopher Olah, cofundador de Anthropic, comparta estrado con el Papa en el Aula del Sínodo no es un símbolo de diálogo civilizado. Es una imagen política de primer orden. Significa que Roma ha decidido que ya no basta con publicar documentos que los tecnólogos ignoran educadamente. Hay que sentarlos en la sala. Hay que obligarlos a escuchar. Hay que hacer que la conversación sea pública, registrada y difícilmente eludible.
Es la misma lógica que llevó a los sindicatos a forzar la negociación colectiva cuando el capitalismo industrial prefería tratar con cada obrero por separado. Si no hay mesa, no hay acuerdo. Y si no hay acuerdo, no hay legitimidad. El Vaticano está construyendo una mesa que nadie había convocado. Eso, en términos de poder real, es más relevante que cualquier declaración de buenas intenciones.
La Iglesia no es inocente. Pero eso no la invalida
Aquí corresponde ser honesto. La Iglesia Católica tiene un historial que no admite hagiografías fáciles. Ha ejercido poder de formas que contradicen abiertamente los principios que hoy invoca. Ha silenciado, ha perseguido, ha pactado con tiranos cuando le convenía. Señalarlo no es un argumento para ignorar lo que dice ahora: es una condición para tomarlo en serio sin ingenuidad.
Porque la pregunta no es si la Iglesia es moralmente impecable. La pregunta es si lo que dice es verdad. Y en este caso, lo es. La inteligencia artificial está siendo desplegada a escala global sin un marco de responsabilidad proporcional a su impacto. Las empresas que la desarrollan acumulan una capacidad de influencia sobre la vida cotidiana que no tiene precedente democrático. Y los gobiernos, en su mayoría, van varios pasos por detrás, cuando no están directamente capturados por los intereses que dicen regular.
En ese contexto, que una institución con audiencia global decida poner su peso simbólico del lado de la persona frente al sistema no es un gesto menor. Es uno de los pocos contrapesos que quedan en pie.
El verdadero escándalo no es la encíclica: es lo que la hizo necesaria
Guardemos la indignación para donde corresponde. El escándalo no es que el Papa hable de inteligencia artificial. El escándalo es que haya que esperar a que el Papa hable de inteligencia artificial para que el debate adquiera visibilidad política real. El escándalo es que los parlamentos del mundo lleven años discutiendo regulaciones que nunca terminan de aplicarse mientras los modelos se despliegan, los datos se acumulan y el poder se concentra. El escándalo es que las grandes empresas tecnológicas hayan logrado instalar la idea de que cuestionar su lógica equivale a oponerse al progreso.
León XIV no viene a salvar al mundo. Ninguna encíclica puede hacer eso. Pero viene a decir algo que pocos se atreven a decir con claridad: que el ser humano no puede ser el subproducto de su propia tecnología. Que la eficiencia no es un valor supremo. Que hay decisiones que no pueden delegarse en un sistema porque afectan a lo que somos, no solo a lo que producimos.
Si eso les parece una amenaza a los dueños del algoritmo, quizás es porque lo es.
