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Editorial & Columnas

¿Por qué estudiar humanidades?

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Por: Gerardo Angulo Cuentas

Siempre recuerdo a aquel estudiante que, en medio de una clase, levantó la mano y me dijo con una sinceridad tan desarmante que ni Aristóteles habría tenido réplica:

—Profe, yo no vine a estudiar filosofía ni esas vainas de pensar; yo vine a aprender algo que dé plata.

La frase cayó como un coco maduro en mitad del salón: ¡pum! Todos se rieron, menos yo. No por indignación, sino por reconocimiento. Porque, en el fondo, ese muchacho no se burlaba de las Humanidades: estaba confesando un miedo muy nuestro, caribe y cotidiano, el miedo a no tener con qué pagar el recibo de la luz mientras se piensa en Kant.

Años después, me lo encontré vendiendo seguros. Me abrazó con afecto, me dijo que la vida le había enseñado cosas que ninguna materia le enseñó. Y mientras hablaba de cómo convencer a la gente de protegerse ante la incertidumbre, pensé que ahí estaba Aristóteles encarnado en una una sonrisa comercial. El mismo que hablaba de la prudencia y la virtud como caminos hacia la felicidad.

Pero no fue el único con frases memorables. En otra clase, un estudiante distinto —con aire de ingeniero en potencia y calculadora en el alma— me dijo con tono triunfal:

—Profe, no todo el mundo puede ser ingeniero.

Lo dijo refiriéndose a sus compañeros que sufrían con el cálculo y las físicas, como si la dificultad matemática fuera una forma moderna de selección natural.

Lo miré y le respondí, con esa paciencia que uno solo aprende cuando ha visto muchos egos tropezar con derivadas:

—Tienes razón. No todo el mundo puede ser ingeniero. Pero tampoco todo el mundo debería serlo.

El aula quedó en silencio. Porque, aunque pocos lo notan, detrás de esa arrogancia técnica se esconde un vacío: el de creer que el valor humano se mide en créditos aprobados de matemáticas. Las Humanidades no son un remedio para los que “no pudieron con la ingeniería”, sino el complemento que los ingenieros necesitan para no construir un mundo inhabitable.

Innovar exige tres cosas sencillas y difíciles a la vez: generar valor para alguien real, usar la tecnología con proporción y demostrar impacto en resultados. Las Humanidades enseñan justamente eso que no está en la hoja de datos: a entender a ese “alguien”, a poner límites éticos y de criterio cuando la técnica se entusiasma de más, y a narrar, medir y discutir el impacto con honestidad.

La ingeniería hace posible; las Humanidades hacen pertinente. Una sin la otra produce juguetes caros. Juntas producen progreso.

Vivimos rodeados de pantallas que prometen respuestas, pero pocas preguntas. De aplicaciones que calculan todo, menos el sentido de lo que hacemos. Por eso, cuando alguien me dice que estudiar literatura, historia o filosofía “no sirve para nada”, sonrío. No sirve para algo, sirve para todo lo demás: para entender al otro, para reconocer el dolor ajeno, para distinguir una buena idea de una manipulación con hashtags.

Las Humanidades no compiten con la tecnología; la humanizan. Un ingeniero sin ética, un programador sin empatía o un médico sin compasión pueden hacer mucho daño con buena intención. En cambio, quien ha leído, reflexionado y sentido lo que otro escribió hace siglos, sabe que cada decisión técnica tiene un impacto humano.

No se trata de que todos estudien Humanidades, sino de que nadie se gradúe sin ellas. Porque la inteligencia artificial puede escribir poemas, pero no sentirlos; puede detectar ironías, pero no reírse. Y ese pequeño detalle —la risa— es lo que nos salva.

Cuando un estudiante me pregunta hoy si vale la pena estudiar Humanidades, le contesto con la calma de quien ha visto pasar muchas modas tecnológicas:

—Claro que vale la pena. No te van a enseñar a ganar más, pero sí a perder menos: menos humanidad, menos compasión, menos sentido de propósito.

Y pienso que, al final, lo que de verdad da “plata” —o mejor dicho, valor— no es el título que llevamos bajo el brazo, sino la capacidad de mirar el mundo con ojos más amplios. De entender que cada ecuación tiene un trasfondo ético, que cada algoritmo tiene un sesgo, y que cada vida, incluso la más sencilla, merece ser contada.

Las Humanidades ni ninguna otra área de conocimiento te garantizan empleo, pero las humanidades te garantizan conversación. Y eso, en tiempos donde muchos hablan, pero pocos escuchan, ya es bastante.

Estudiar Humanidades es aprender a ser persona antes que profesional. Es recordar que detrás de cada dato hay una historia, detrás de cada innovación hay una decisión moral, y detrás de cada pantalla hay alguien esperando ser comprendido.

Y eso, créanme, sigue siendo el mejor negocio de la humanidad…

¿Tú qué crees?