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Editorial & Columnas

POLÍTICA, POLÍTICOS, VIDA

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Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez

Con tristeza manifiesta tenemos que decir con Hannah Arendt,  filósofa, historiadora, politóloga, socióloga, docente universidad, escritora y teórica política alemana, posteriormente nacionalizada estadounidense, que lamentablemente “La sinceridad nunca ha figurado entre las virtudes políticas y las mentiras siempre han sido consideradas en los ámbitos políticos como medios justificables.”; y con Henry David Thoreau, escritor, poeta y filósofo estadounidense, de tendencia trascendentalista y origen puritano, que “Incluso votar por lo justo es no hacer nada por ello. Es tan solo expresar débilmente el deseo de que la justicia debiera prevalecer. Un hombre prudente no dejará lo justo a merced del azar.”  Acudo a estas sentencias, en la verdad que nos encontramos inmersos en una profunda y severa crisis moral, misma que no ha sido suficiente para que los actores de tal crisis dejen de recorrer el mismo camino que nos ha traído como localidad, municipio, departamento, región y país, a estos desolados momentos que más que viviendo, padeciendo estamos.

Obligados estamos a significar un cambio de rumbo, propender porque los desmanes y horrores cometidos no se vuelvan a suceder; ya que tanto la gente, pero, sobre todo, los políticos, que en su decir buscan el bien de la gente, deberían haber grabado con fuego un nunca más; empero, no les ha sido suficiente la peor crisis moral de la historia del país para ser mejores y mostrar un superior sentido de vida para todos.

Si uno elimina la confusa inclinación ideológica de nuestros políticos y trata de encontrarles la esencia -desde luego que no todos son así, o siendo más explícitos, salvo contadas excepciones-, nos encontramos con un todo preocupante, su sentido de vida, que expertos entienden como una apreciación subconscientemente integrada y emocional del hombre y de la existencia; vale decir, el conjunto de valores o de pseudo valores con los que el hombre reacciona emocionalmente a la vida y son los que se aceptan consciente o subconscientemente como principales, pero que posteriormente, se automatizan en nuestro subconsciente mediante los juicios que emitimos y las acciones que realizamos; siendo por definición tales valores, los principios que caracterizan nuestra esencia como individuos y desnudan nuestra visión sobre la vida misma, lo que pensamos que está bien o mal; lo que nos lleva a concluir entonces que para descubrir el sentido de vida de nuestra clase política preguntarnos, ¿qué impulsa realmente a nuestros políticos?

Si uno se queda con lo que ellos dicen, bien podemos afirmar que buscan el bien del país, ya que todos se jactan de amor patrio, todos sostienen que realiza ingentes sacrificios dignos de encomio y, sobre todo, que son defensores de los más vulnerables, los más sufridos, del pueblo mismo; pero la realidad es otra, bien la sabemos, puesto que en la práctica todo es mentira, otra muy distinta es la historia, como nos lo demuestra la realidad del país, misma que nos convence que las intenciones y acciones que realizan nos llevan a sitios distintos a los ríos de leche y miel por ellos prometidos. Mentiras gigantes que deberían bastar para condenarlos sin más.

Es evidente, real, palpable, que a nuestra denominada clase política no le interesa en lo más mínimo el bienestar del país, pero sí sabemos cuál es ese valor que buscan. Todas las persona, consciente o inconscientemente, sostienen los entendidos, tienen un valor principal que buscan alcanzar, mantener y sirve como condición de valor para todas sus acciones y metas, lo que en el caso de la clase política, es el poder; de ahí que no pueda explicarse de otra forma las constantes contradicciones en las que incurren, el descaro en sus mentiras y la trivialidad con que dividen a la gente entre amigos y enemigos, fracturando de plano y en materia grave las tan necesarias cohesión e integración social y la convivencia ciudadana.

Contundentemente tenemos que decir que es sobre el poder como meta que nuestra clase política estructura su visión del ser humano y de la vida; sobre él construye su ética y sus acciones, lo que nos dice que no es la vida de las personas ni su bienestar lo que para ellos tiene valor en sí mismos y que solo el poder lo tiene; pero lo peor de todo es que la vida humana, ese valor que no se puede reponer si se pierde, solo

tiene valor para la clase política si va conforme a su búsqueda de poder, siendo en consecuencia la vida de las personas un instrumento, pero nunca el valor supremo que realmente es.

Quieren solo el poder para vivir de los demás. Tenemos por desgracia una clase política conformada por personas que cambian constantemente de posición en función de lo que la gente quiere escuchar. Prometen imposibles con el afán de llegar al poder y a sabiendas de la penosa realidad y dificultad de sus de ofrecimientos, y se inventan virtudes a pesar de ser conscientes de su escasez; además de decir no tener ideología, ser capitalistas de rostro humano y socialdemócratas al mismo tiempo para no sonar extremos y, tener margen de engaño para agradar al votante y alcanzar el poder.

Brilla en ellos con luz incandescente la inmoralidad, hasta el punto de presentarse así mismos como los últimos baluartes de la moralidad, cuando es claro que el sentido de vida de nuestra clase política se evidencia en ellos por ser personas que no producen ni crean valor, sino que viven de los demás. Entienden que requieren siervos que a brazo partido trabajen para ellos, loa mantengan, razón por la que necesitan que quienes producen y trabajan normalicen esta clase de conductas, no actúen con justicia, no señale sus vicios y no hagan nada al respecto que pueda perjudicarlos.

El llamado es a que actuemos en consecuencia e identifiquemos los valores que en realidad y verdad permiten sustentar que florezca la vida, lo que impone defendernos de estos parásitos humanos; de lo contrario, continuarán viviendo de nosotros, el estado de crisis será una constante, su bienestar continuará en detrimento de la gente y conculcados derechos, vida, propiedad y libertad.