Geopolítica Parroquial
El tablero del poder: por qué el futuro de Colombia se está negociando en la parroquia
Por: Víctor Rodríguez Fajardo
Una lectura de realpolitik sobre encuestas, territorios y la factura del 2027
A pocos días de la primera vuelta presidencial, Colombia vuelve a confundir ruido con realidad. Bogotá sigue mirando la elección como si se resolviera en los estudios de televisión, en los paneles de opinión y en el vértigo de las redes. Pero en la provincia se está jugando otra cosa: más silenciosa, más antigua y, sobre todo, más decisiva.
La geopolítica parroquial sabe algo que el centralismo todavía no termina de asimilar: en Colombia, el poder nacional no solo se conquista. También se negocia territorio por territorio.
Y esa verdad cambia por completo la lectura de esta elección.
Con más de 41 millones de ciudadanos habilitados para votar y un escenario en el que ninguna candidatura parece cerca de cerrar la contienda en primera vuelta, lo más probable es que el país termine en un balotaje estrecho. Allí, la aritmética electoral ya no bastará. Entrará en juego una variable mucho más determinante: la capacidad de construir alianzas con anclaje territorial.
Ahí aparece el verdadero tablero.
El país de las encuestas y el país real
Las mediciones más recientes dibujan un panorama de disciplina, desgaste y reacomodo. Iván Cepeda encabeza la contienda y conserva un bloque sólido alrededor del Pacto Histórico. Su fortaleza está en la cohesión de su base y en su capacidad de movilización. Pero las mismas encuestas también sugieren límites claros para expandirse hacia sectores moderados y conservadores, especialmente entre electores que no se sienten cómodos con una continuidad plena del proyecto petrista.
Más que un techo definitivo, lo que parece visible es una ralentización de su crecimiento. Y en una segunda vuelta cerrada, esa diferencia puede ser decisiva.
Del otro lado, Abelardo de la Espriella ha empezado a consolidar algo que en política vale tanto como un porcentaje exacto: momentum. El abogado barranquillero capitaliza el voto útil antipetrista, recoge el reordenamiento de la derecha y la centroderecha, y se perfila como una candidatura con capacidad de disputar el centro emocional de la contienda. En varias lecturas de campaña ya aparece como una de las figuras con mayor tracción, en una disputa estrecha con Cepeda y por encima de otras apuestas del sector.
En política, la percepción de crecimiento suele atraer más crecimiento.
La historia electoral colombiana está llena de campañas que terminan funcionando como vehículos del voto estratégico. No siempre por afinidad ideológica plena, sino por una lectura de viabilidad. Y ahí está el gran desafío para el oficialismo: la segunda vuelta podría terminar convertida en un plebiscito emocional entre continuidad y contención.
El axioma de la parroquia: despreciar el 1 % es un error político
Aquí es donde Bogotá suele equivocarse.
La política nacional se analiza como si todos los votos valieran igual. Pero en Colombia no todos los puntos porcentuales tienen el mismo peso estratégico. Un candidato con el 3 % disperso en todo el país puede tener escasa capacidad de negociación real. En cambio, un movimiento regional con apenas el 1 % nacional, pero concentrado territorialmente en un departamento clave, puede terminar convirtiéndose en árbitro de una elección cerrada.
Ese es el verdadero lenguaje del poder parroquial.
El caso del Magdalena ilustra bien esa lógica. Aunque en el plano nacional el caicedismo pueda aparecer con cifras modestas, Fuerza Ciudadana conserva una capacidad de movilización concentrada en Santa Marta y en sectores del Caribe. En una contienda de margen estrecho, esos votos dejan de ser anecdóticos y empiezan a funcionar como capital político.
Porque la verdadera elección que ya empezó no es solo la presidencial de 2026. También es la regional de 2027.
La factura que se pagará en 2027
En política, nadie entrega estructuras gratis. Y menos en el Caribe.
Por eso, cualquier eventual alianza entre sectores nacionales y movimientos regionales difícilmente se construirá solo sobre afinidades ideológicas. La lógica real será otra: supervivencia territorial, gobernabilidad y acceso al poder futuro. Ahí es donde la geopolítica parroquial empieza a leer el ajedrez completo.
Para Fuerza Ciudadana, 2027 representa una batalla existencial: conservar la Alcaldía de Santa Marta y recuperar o sostener la Gobernación del Magdalena, en medio del desgaste institucional, la confrontación política y la erosión administrativa acumulada en los últimos años.
En ese contexto, un eventual respaldo territorial al Pacto Histórico en segunda vuelta podría terminar negociándose bajo una lógica de intercambio político:
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acompañamiento electoral en 2026,
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a cambio de acuerdos hacia 2027,
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coavales,
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no agresión territorial,
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participación burocrática,
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y respaldo nacional para proyectos estratégicos del Magdalena.
Eso no es ideología. Eso es realpolitik.
Porque en Colombia las presidenciales no solo definen quién gobierna en Bogotá. También redistribuyen presupuesto, contratos, interlocución, protección política, acceso ministerial y capacidad de supervivencia regional.
La guardia pretoriana samaria
Pero hay otro elemento todavía más sensible y mucho menos visible en el radar nacional.
Uno que en la parroquia sí se entiende con claridad.
Hay un axioma viejo del poder colombiano: ministro no es solo el que aparece en el decreto, sino el que desayuna con el presidente.
Por eso, alrededor de una eventual llegada de Abelardo de la Espriella a la Casa de Nariño, en Santa Marta varios sectores políticos, empresariales y académicos observan con atención un factor de confianza íntima: la presencia de los samarios Daniel Peñaredonda y Joaco Gutiérrez dentro del círculo cercano del candidato presidencial.
Ambos aparecen vinculados históricamente a relaciones de confianza, consultoría y cercanía política con De la Espriella. Y aunque cualquier escenario de gobierno siga siendo hipotético, en la lógica parroquial ya empiezan a ser leídos como una posible guardia pretoriana samaria dentro del anillo de poder presidencial.
Eso altera el tablero.
No porque garantice soluciones automáticas para el Magdalena, sino porque modificaría algo mucho más importante en un país profundamente centralista: la capacidad de interlocución directa con el poder central.
Para Santa Marta, históricamente relegada frente a Bogotá, eso tendría implicaciones profundas:
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destrabe de proyectos,
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gestión presupuestal,
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acceso institucional,
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priorización territorial,
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y capacidad de mover agendas nacionales sin atravesar toda la burocracia ministerial.
En Colombia, muchas veces el poder no funciona por organigrama. Funciona por cercanía.
La elección que realmente viene
Mientras el país sigue consumiendo encuestas y titulares, en la parroquia ya empezó otra campaña: la de 2027.
Porque las presidenciales no solo eligen un presidente. También reordenan gobernaciones, alcaldías, contratos, relaciones regionales y nuevas jerarquías de poder.
Los andinos todavía creen que la política se mueve solo en los debates. La parroquia sabe otra cosa. Sabe que el poder también se construye donde un líder todavía mueve barrios enteros con una llamada; donde el agua potable puede definir elecciones; donde una carretera abandonada cambia el humor político de un departamento; y donde un 1 % concentrado territorialmente puede terminar valiendo más que millones de interacciones en redes sociales.
La política colombiana podrá vestirse de modernidad digital, algoritmos y estudios de opinión. Pero cuando llega la hora de contar el poder real, el país profundo sigue funcionando como siempre: por estructuras, lealtades, territorios y acceso.
Porque en Colombia las presidenciales se anuncian en las encuestas.
Pero se resuelven en los territorios.
