La Firma
…y nos volvimos Estados Unidos…
Por: Gerardo Angulo Cuentas
gerardo@angulo.com.co
¡Cipote de lío en el que nos metieron Petro y Uribe!
Durante años nos tuvieron entretenidos con el mismo libreto. Uribe advertía que si ganaba Petro nos convertiríamos en Venezuela. Petro respondía que si seguíamos el camino de Uribe terminaríamos viviendo en un país diseñado para unos pocos privilegiados. El país entero se dividió entre quienes le tenían miedo a una cosa y quienes le tenían miedo a la otra.
Nos pusieron a escoger entre dos apocalipsis. La mitad de Colombia pasó años mirando hacia Caracas. La otra mitad pasó años mirando hacia Rionegro. Y mientras todos discutíamos sobre el futuro que temíamos, nadie se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo delante de nuestras narices.
Porque la verdad es que no nos convertimos en Venezuela. Nos estamos convirtiendo en Estados Unidos. Y no precisamente en la parte buena. Porque los salarios de Estados Unidos no llegaron. Los centros de investigación de clase mundial tampoco. La productividad tampoco. Las autopistas tampoco. La capacidad tecnológica tampoco.
Lo que sí importamos fue la polarización. La pelea permanente. La incapacidad de escuchar. La costumbre de convertir cualquier diferencia de opinión en una guerra santa. Hoy en Colombia uno no conversa. Uno se alinea.
Si usted critica a Petro, automáticamente lo declaran uribista. Si critica a Uribe, automáticamente lo declaran petrista. Si habla de seguridad, es de derecha. Si habla de desigualdad, es de izquierda. Si habla de emprendimiento, es neoliberal. Si habla de regulación, es socialista.
Parece que el país entero hubiera sido secuestrado por una fábrica de etiquetas. Ya no existen las personas: existen los bandos. Y eso, precisamente, es una de las enfermedades que viene consumiendo a Estados Unidos desde hace años.
Pero hay otra coincidencia todavía más curiosa. Mire a su alrededor. Mire cualquier almacén. Mire cualquier plataforma de comercio electrónico. Mire cualquier centro comercial. Estamos inundados de mercancías chinas. Desde los cargadores de celulares hasta los juguetes de Navidad. Desde herramientas hasta ropa. Desde adornos hasta electrodomésticos.
Aclaro algo antes de que alguien se ofenda: esto no es una crítica a China. Todo lo contrario. Los chinos hicieron exactamente lo que cualquier país inteligente intentaría hacer. Produjeron. Innovaron. Exportaron. Conquistaron mercados. La pregunta incómoda no es qué hizo China. La pregunta incómoda es qué dejamos de hacer nosotros. ¿Qué pasó con la industria nacional? ¿Qué pasó con las fábricas? ¿Qué pasó con la obsesión por producir? ¿Qué pasó con la capacidad de transformar conocimiento en riqueza? Mientras nosotros peleamos en redes sociales, otros países diseñan productos. Mientras nosotros nos insultamos, otros registran patentes. Mientras nosotros vivimos pendientes del último escándalo político, otros construyen industrias enteras.
Y así terminamos pareciéndonos también a Estados Unidos. Consumimos muchísimo más de lo que producimos. Importamos muchísimo más de lo que exportamos con valor agregado. Y vivimos cada vez más desconectados del mundo real de quienes fabrican cosas.
Pero la semejanza más inquietante está en la política. La política colombiana está dejando de parecerse a la política tradicional y cada vez se parece más a un programa de entretenimiento. Los candidatos descubrieron que las propuestas generan pocos clics. La indignación genera millones.
Los matices aburren. Los extremos venden. La reflexión no se viraliza. La pelea sí. Por eso cada vez aparecen más personajes que entienden perfectamente las reglas del nuevo juego. No buscan convencer. Buscan impactar. No buscan unir. Buscan movilizar emociones. No buscan construir consensos. Buscan dominar titulares. Y aquí viene la parte que debería hacernos pensar.
Mientras nos advertían que nos convertiríamos en Venezuela, estamos a las puertas de elegir nuestra propia versión tropical, repotenciada y más joven de Donald Trump. No exactamente igual. Porque las copias nunca son idénticas. Pero sí con varios de los mismos ingredientes: comunicación directa, confrontación permanente, desprecio por los matices, culto a la personalidad, capacidad para conectar con el descontento popular y una habilidad extraordinaria para convertir la política en espectáculo.
Y ojo, no estoy diciendo que eso sea necesariamente bueno o malo.
Estoy diciendo que es exactamente lo que ocurre cuando una sociedad deja de discutir proyectos de país y empieza a consumir política como quien consume series de Netflix. Capítulo tras capítulo. Escándalo tras escándalo. Personaje tras personaje. Hasta que ya nadie recuerda cuál era la historia original. Por eso me causa gracia cuando todavía escucho a alguien repetir aquellas viejas profecías.
Que nos íbamos a convertir en Venezuela. Que nos íbamos a volver Cuba. Que nos íbamos a volver quién sabe qué otra cosa. La realidad terminó siendo mucho más irónica: Mientras todos vigilaban la puerta del oriente, la influencia entró por la del norte.
Importamos la polarización. Importamos las guerras culturales. Importamos la indignación permanente. Importamos la política-espectáculo. Importamos el consumo. Importamos las mercancías. Y ahora parece que también estamos importando el modelo de liderazgo político.
¡Cipote de lío!
Porque al final ni Petro ni Uribe acertaron completamente. No nos convertimos en Venezuela. Pero cada día nos parecemos un poquito más a Estados Unidos. Y lo más curioso es que todavía hay gente que no se ha dado cuenta.
