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La Firma

La presunción de inocencia entra en campaña.

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Por Víctor Rodríguez Fajardo – El Man del Sombrero

Anoche el candidato presidencial Abelardo de la Espriella hizo una denuncia pública, con nombres propios, sobre actores de la política que, según él, estarían fraguando una escandalosa compra de votos para conseguir la victoria del candidato que apoyan: Iván Cepeda. Abelardo, abogado penalista, sabe del alcance y las implicaciones de su acusación. Aunque no presentó pruebas públicas en ese momento, sí dio una larga lista de personas del Caribe colombiano y de Antioquia que, según su versión, estarían involucradas.

De esa lista llama la atención que aparezca Carlos Caicedo. No es cualquier nombre. Es, tal vez, el político más relevante de la parroquia del Magdalena en este siglo. Tan brillante en su ascenso que terminó superando al que parecía ocupar ese lugar por linaje, apellido y oficio: Joaquín José «Jota» Vives Pérez, el sobrino avezado de Nacho Vives. Y ese punto no es menor. Ahí está la génesis.

Antes de que Caicedo se vendiera como caicedismo, antes de que Fuerza Ciudadana fuera fuerza y antes de que él hablara como fundador de su propia dinastía, hubo un viejo liberalismo que le abrió la puerta. Y en esa puerta estaba Jota Vives. La historia oficial después borra esos favores, porque todo caudillo necesita convencerse de que nació solo, sin partera, sin padrino y sin deuda. Pero en la política parroquial las deudas se recuerdan, aunque los beneficiarios después se hagan los desentendidos.

Gracias a Jota, Caicedo encontró pista de aterrizaje en el Partido Liberal. Después vino Rafael Pardo a poner la firma y entregar el aval, pero el trabajo de antes —el ambiente, los guiños, la arquitectura local— no apareció por generación espontánea. También fue clave el respaldo de Daabon: no es una empresa cualquiera en Santa Marta. Significa músculo financiero, social y empresarial. Su cercanía no solo significaba plata; significaba respetabilidad ante sectores que no se movían por discursos de plaza sino por garantías, intereses y cálculo. Con Daabon, Caicedo dejó de ser únicamente el hombre del relato y empezó a ser una apuesta viable.

Caicedo no llegó a la Alcaldía de Santa Marta caminando sobre las aguas. Llegó porque tuvo verbo, sí; porque supo leer el momento, también; pero además porque sectores del viejo poder le sirvieron de puente. Lo irónico, casi literario, es que terminó superando a quienes le ayudaron a cruzar. El muchacho de la ambición dejó atrás al sobrino de Nacho Vives y convirtió a varios de sus padrinos en notas al pie de una historia que hoy él pretende contar como si hubiera comenzado consigo mismo. Ese es el talento de Caicedo: devorar origen y vender destino.

Pero el jefe del clan atraviesa una crisis existencial de liderazgo. Ya no intimida como antes, ya no ordena como antes y ya no ocupa todo el tablero como antes. Ha cargado reveses políticos que erosionaron su mito: perdió la Alcaldía de Santa Marta, vio menguar el poder de Fuerza Ciudadana, sufrió con la pérdida de la personería jurídica de su movimiento y no ha logrado convertir su ambición nacional en una fuerza real por fuera del Magdalena. Su hermana tuvo que buscar otros lares para llegar al Senado, y hoy lo acompaña por filiación familiar y política, pero queda en duda hasta dónde llega su verdadera ascendencia a la hora de tomar decisiones gruesas.

El caicedismo todavía existe, claro. Sería torpe negarlo. Pero una cosa es existir y otra es mandar como antes. En la puja con Gustavo Petro tuvo, quizá, su mayor derrota. No es fácil enfrentarse al presidente con características parecidas: temperamento mesiánico, discurso de persecución, vocación de redentor y una relación complicada con cualquier liderazgo que no se le arrodille. Petro tiene Casa de Nariño, aparato, narrativa nacional y una militancia que perdona lo que antes condenaba. Caicedo tenía territorio, pero no cielo suficiente.

Hoy, sometido por las circunstancias, regresa al petrismo. Llega tarde al Pacto Histórico en el Magdalena y necesita recuperar el tiempo perdido. Por eso aparece omnipresente en estos pocos días de campaña con Cepeda: cuestionando, empujando, codificando enemigos y mirando por encima del hombro a quienes ya tenían asiento propio por haber creído antes en el proceso.

En ese contexto, una acusación como la lanzada por Abelardo puede terminar beneficiándolo. Caicedo sabe victimizarse con maestría. Donde otros ven una denuncia, él ve un escenario. Si Abelardo lo señala sin pruebas visibles, Caicedo puede presentarse ante Cepeda como blanco de una ofensiva de la derecha. No llega al Pacto como rezagado: intenta llegar como perseguido. Y en la izquierda colombiana, la condición de perseguido todavía cotiza alto.

La amenaza de Abelardo contra los integrantes de la lista no se queda en Colombia. Quiere que Estados Unidos ponga la lupa, tome represalias y, si encuentra méritos, retire visas o incluya nombres en listas internacionales. Traducido al lenguaje de la parroquia: que les cierren la puerta para ir a ver a Mickey Mouse en la Florida. Pero con el clan Caicedo ese susto no cuadra.

Al clan Caicedo no parece preocuparle mucho que le quiten lo que no tienen… la visa americana. Como coterráneo lo digo sin pedirle certificación al consulado: por estos lados se sabe que esa visa no ha sido precisamente el símbolo de estatus de la casa Caicedo. Y si alguno quiere posar frente a un castillo encantado, Carlos ya tuvo su capítulo europeo. No Florida: Francia. No Orlando: París. No Mickey: Mélenchon.

Caicedo estuvo en Francia, en diálogo con sectores de la izquierda dura, buscando solidaridad internacional en momentos en que hablaba de amenazas, persecución y riesgo judicial. No fue a comprar orejas de Mickey. Fue a buscar relato, micrófono y solidaridad. La Francia Insumisa le sirvió como vitrina. Mélenchon como espejo. Y París, quizá, como ese Walt Disney ideológico donde la izquierda radical también tiene castillos, princesas y cuentos de salvación.

Pero esa es otra historia.

Lo importante ahora es no perder el punto central. La compra de votos existe. Ha existido siempre. Es una enfermedad vieja de la democracia colombiana y debe investigarse con todo el peso de la ley. Pero una lista leída en campaña no puede reemplazar a la justicia. Ni Abelardo, por ser abogado penalista, queda exonerado de probar lo que dice. Ni Caicedo, por saber victimizarse, queda automáticamente absuelto de toda sospecha política.

La presunción de inocencia no es un lujo para los amigos. Es una garantía para todos, incluso para quienes han hecho de la política una finca, una secta o una herencia familiar. Si hay compra de votos, que aparezcan las pruebas, los testigos, los giros, los audios, los operadores y las condenas. Si no, estaremos ante otro capítulo de campaña donde la denuncia sirve menos para limpiar la democracia que para ensuciar al adversario.

En Colombia todos quieren posar de fiscales cuando están en campaña. Lo difícil es probar sin calumniar, denunciar sin condenar y defender la democracia sin convertir la presunción de inocencia en un sombrero que cada quien se pone o se quita según le convenga.