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Geopolítica Parroquial

Del Basilisco al Tigre

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La gramática del poder en la Patria Milagro

Por Víctor Rodríguez Fajardo

Desde el Caribe se aprende que los caudillos rara vez llegan anunciando autoritarismo. Llegan prometiendo orden, y el orden, cuando lo ofrece un hombre fuerte, suele presentarse como la única forma posible de salvación. Por eso, cuando Abelardo de la Espriella habla de la «Patria Milagro», no estamos ante una reedición literal del laureanismo. Estamos, sin embargo, ante una forma de entender la política que comparte con Laureano Gómez una misma premisa de fondo: que Colombia no necesita ser gobernada, sino rescatada.

Esa premisa es la que importa.

El enemigo moral

Laureano Gómez no veía en el liberalismo una opción política legítima, sino una amenaza existencial a la civilización cristiana. Su adversario no era un contendiente electoral: era un enemigo moral. Abelardo de la Espriella no utiliza el mismo lenguaje doctrinal, pero reproduce una estructura similar. En su narrativa, el país se divide entre quienes representan «la autoridad, la decencia y el amor por la patria» y quienes encarnan su degradación. El comunismo de antaño ha sido reemplazado por el petrismo radical, el narcoterrorismo y la corrupción sistémica. Cambian los nombres, pero permanece la lógica binaria: no hay adversarios, hay responsables de la ruina.

El problema no radica en la división misma. Toda política competitiva establece distinciones. El riesgo aparece cuando esa distinción se vuelve moral y excluyente, y cuando el poder que la enuncia se reserva el derecho de definir, sin mediaciones institucionales fuertes, quién pertenece a cada lado.

El problema no es que Abelardo divida el país entre decentes y bandidos. El problema es que esa división, una vez instalada en el poder, no necesita pruebas: necesita señalados.

La promesa de reino

En ese marco, gobernar deja de ser administrar para convertirse en una misión de salvación. De ahí surge el culto al carácter. Laureano se presentó como el Hombre Tempestad. De la Espriella se presenta como el Tigre. En ambos casos, la firmeza personal se convierte en la principal credencial para ejercer el poder. La frase que ha repetido durante la campaña lo condensa con una potencia que Laureano habría comprendido perfectamente: «La gente decente debe sentir protección y tranquilidad, y los bandidos pánico y terror. No los voy a dejar dormir».

No es una frase de Laureano. Pero Laureano la habría firmado.

La sociedad queda dividida entre quienes merecen protección y quienes deben sentir miedo. El presidente aparece como protector de unos y castigador de otros. La ley adquiere la forma personal del jefe que promete aplicarla sin contemplaciones. Eso no es un programa de gobierno. Es una promesa de reino.

La zona gris de los Bloques

Sería irresponsable afirmar que los anunciados Bloques de Defensa para la Seguridad Urbana son los nuevos chulavitas. Pero ignorar el antecedente sería más irresponsable todavía.

Durante el laureanismo, la Policía fue utilizada partidistamente y los chulavitas —reclutados principalmente en Boyacá y desplegados mediante el aparato estatal— actuaron como instrumento de represión conservadora. Los pájaros fueron otra cosa: sicarios políticos, civiles armados tolerados y protegidos por autoridades y poderes regionales. El dispositivo combinaba fuerza pública partidizada, particulares violentos y un discurso que identificaba al liberal, al sindicalista o al campesino organizado como enemigo interno.

Los nuevos chulavitas no tendrían que llegar desde una vereda boyacense ni vestir uniforme de los cincuenta. Podrían aparecer como una estructura híbrida: fuerza institucional, reservistas, vigilancia privada, redes de informantes y activismo digital conectados por la doctrina del enemigo interno. La diferencia entre seguridad legítima y coerción paraestatal no estará en el nombre patriótico del bloque. Estará en quién porta las armas, a quién obedece, contra quién las usa y quién responde por los abusos.

Abelardo aún no ha expedido su primer decreto. Pero la arquitectura del discurso ya está construida. Y esa arquitectura tiene memoria.

Uribe, el Ospina de la Patria Milagro

La primera gran fractura de la nueva derecha no se produjo con Petro. Se produjo adentro.

La confrontación entre Abelardo y Álvaro Uribe por la Presidencia del Senado recuerda la disputa entre Laureano Gómez y Mariano Ospina Pérez: el choque entre un expresidente dueño de la estructura partidista y un nuevo mandatario convencido de que la victoria le otorgó una jefatura superior. Uribe controla una bancada disciplinada y una identidad política consolidada en más de dos décadas. Abelardo tiene la victoria presidencial, la centralidad mediática y un movimiento personal construido alrededor de su figura.

Uribe piensa como jefe de partido: quien puso congresistas y votos debe participar en la distribución del poder. Abelardo piensa como presidente electo: los apoyos contribuyeron a la victoria, pero no adquirieron acciones sobre su gobierno.

No están peleando por una silla. Están discutiendo quién manda.

Cuando Laureano quiso recuperar el mando y destituir al general Rojas Pinilla, descubrió que ya no controlaba todo el dispositivo del poder. Una parte de su propia familia política prefirió sacarlo. El dirigente que se creía jefe indiscutible cayó por los suyos. Abelardo está muy lejos de ese desenlace. La Colombia de 2026 no es la de 1953. Pero la lección permanece: ganar la Presidencia no significa controlar el Congreso, los partidos ni los factores reales de poder.

El Tigre quiere una mesa propia. Está descubriendo que casi todas las sillas ya tienen dueño.

El gatopardismo de los nunca

Abelardo prometió gobernar con quienes nunca habían participado de la politiquería. Pero para construir mayorías legislativas ha debido negociar con sectores del mismo establecimiento que cuestionó en campaña. Este movimiento no es necesariamente una traición. Es la diferencia entre hacer campaña y ejercer el poder. Laureano también descubrió que el radicalismo retórico no elimina la necesidad de transacciones con poderes territoriales y estructuras existentes. La pureza suele ser un lujo del discurso. La gobernabilidad exige otra cosa.

La Patria Milagro está descubriendo su propio gatopardismo: para independizarse de Uribe necesita apoyarse en el establecimiento; para derrotar a «los de siempre» debe negociar con algunos de ellos; y para gobernar con «los nunca» está nombrando a personas que conocen muy bien los pasillos del poder.

La prueba

Laureano y Abelardo no son políticamente idénticos. Uno operó en una democracia frágil y en medio de una guerra civil de baja intensidad. El otro lo hace en un sistema institucional más consolidado, aunque erosionado. Esa diferencia importa. Pero también importa la continuidad de una cierta concepción del poder: la que entiende que el país está tan deteriorado que solo un liderazgo fuerte, personal y moralmente definido puede rescatarlo.

Juzgar a Abelardo por los resultados del laureanismo sería convertir el análisis en condena preventiva. Ignorar las coincidencias sería igualmente ingenuo.

El verdadero parecido no se definirá en los apodos ni en las ceremonias. Se comprobará en el trato que el nuevo gobierno dispense a la oposición, la prensa, la protesta social, las cortes y los partidos que hicieron posible su victoria. Cuando un gobierno define al adversario en términos morales y concentra en la figura presidencial la promesa de protección y castigo, los límites entre seguridad legítima y coerción selectiva pueden volverse porosos con relativa facilidad.

El Basilisco de Laureano devoró liberales. El Tigre de Abelardo promete devorar criminales y petristas. La historia sugiere que los animales políticos, cuando tienen hambre, no distinguen tanto como prometen. Uribe ya lo está descubriendo.

Laureano no ha regresado. La historia nunca es tan elemental. Pero su gramática política respira en la Patria Milagro: patria amenazada, decadencia moral, enemigo interno, autoridad salvadora y un hombre fuerte llamado a reconstruirlo todo.

El 7 de agosto comenzará a saberse si estos ecos pertenecían únicamente a una campaña electoral o si el Basilisco encontró, finalmente, una nueva piel.

Víctor Rodríguez Fajardo es periodista y analista político.