La Firma
La noche de bodas de Ana Izquierdo y Juan Derecho
Por: Gerardo Angulo Cuentas
gerardo@angulo.com.co
—¿Te acuerdas, Ana, cuando yo era de izquierda?
Ana Izquierdo soltó una risa breve. Estaba sentada al borde de la cama, deshaciéndose con paciencia de los últimos adornos de la boda. Juan Derecho, todavía con la camisa abotonada hasta el cuello, la contemplaba como si no pudiera creer que aquella mujer fuera ya su esposa.
Era la noche del 20 de julio de 1820. Exactamente diez años después de haberse visto por primera vez.
—Claro que me acuerdo —respondió Ana—. Gritabas contra los privilegios mientras hacías todo lo posible para que una mujer privilegiada te mirara desde el balcón.
—Yo no gritaba para que me miraras.
—Juan, gritabas mirando hacia arriba.
—Allá arriba estaban los poderosos.
—Allá arriba estaba yo.
Juan sonrió. Contra eso no tenía defensa.
El 20 de julio de 1810, Juan Derecho había estado en las calles de Santafé. No era prócer, abogado ni militar. Tampoco era Santafereño había nacido en San Juan Nepomuceno. Trabajaba como ayudante de un artesano y conocía muy bien la distancia que existía entre quienes tomaban las decisiones y quienes terminaban obedeciéndolas. Había salido porque estaba cansado de que una autoridad remota decidiera sobre personas a las que nunca había visto. También había salido porque era joven, porque la calle llamaba y porque, cuando mucha gente comienza a caminar hacia el mismo lugar, hasta los prudentes sienten curiosidad por saber adónde va.
—Yo quería cambiarlo todo —recordó Juan—. El gobierno, las jerarquías, los impuestos, los privilegios. Creía que bastaba con sacar a los de arriba para que los de abajo pudiéramos subir.
—Y yo pensaba que, si subían todos al mismo tiempo, se rompía la escalera —contestó Ana.
Ana Izquierdo era hija de una familia criolla acomodada. Había crecido entre vestidos traídos de Cartagena de Indias, vajillas reservadas para las visitas importantes y conversaciones en las que los hombres hablaban de libertad mientras las mujeres servían el chocolate. Su familia se quejaba de los españoles peninsulares, pero desconfiaba todavía más de la gente reunida en las calles.
Los criollos privilegiados querían participar en el gobierno. Lo que no todos tenían claro era cuánto estaban dispuestos a compartir con quienes trabajaban para ellos.
—Yo no estaba en contra de los cambios —se defendió Ana.
—Estabas en contra de cualquier cambio que comenzara antes de terminar la siesta.
—Estaba a favor de los cambios ordenados.
—Es decir, de los cambios que no cambiaran demasiado.
Ana le lanzó uno de los adornos que acababa de quitarse del cabello. Juan lo atrapó en el aire y lo dejó sobre la mesa.
—Yo tenía miedo —admitió ella—. Desde el balcón no veía ciudadanos reclamando participación. Veía una multitud que podía entrar a mi casa. Tú pensabas en libertad. Yo pensaba en perderlo todo.
—Por eso eras de derecha.
—Tenía algo que perder.
La respuesta dejó a Juan en silencio.
Aquella tarde de 1810 se habían visto apenas unos segundos. Juan estaba abajo, apretado entre cuerpos, rumores y gritos. Ana estaba arriba, detrás de una baranda. Él levantó la mirada y encontró unos ojos que parecían preguntarle si sabía lo que estaba haciendo. Ella vio a un muchacho que parecía responderle que nadie lo sabía, pero que alguien debía comenzar. No se hablaron. Ni siquiera conocieron sus nombres.
Durante años, cada uno conservó el recuerdo del otro como se conserva una pregunta pendiente.
Volvieron a encontrarse tiempo después, cuando las promesas de aquel julio ya habían chocado con la guerra, las divisiones y la reconquista. Para entonces habían descubierto que la historia no avanzaba en línea recta y que la palabra libertad podía pronunciarse desde una plaza, desde un salón elegante o desde el frente de un ejército, sin significar exactamente lo mismo.
—¿Te acuerdas, Juan, cuando yo era de derecha? —preguntó Ana.
—Te daba más miedo la gente en la calle que el rey al otro lado del océano.
—Y a ti te daba más rabia un hombre con dinero que un hombre con fusil.
—Los hombres con dinero también compran fusiles.
—Pero no todos los que tienen dinero son tiranos.
—Ni todos los que salen a la calle son libres —reconoció Juan.
El segundo día que recordaron fue el 7 de agosto de 1819.
Las noticias de la batalla de Boyacá recorrieron caminos, cocinas, plazas, tiendas y corredores. Se hablaba de victoria, de retirada y de una nueva posibilidad para la independencia. Ana y Juan ya se conocían entonces. Habían aprendido a discutir sin despedirse y a despedirse sabiendo que volverían a discutir.
Juan celebró la victoria, pero no con la alegría limpia que había imaginado nueve años antes. Había visto demasiado. Comprendía que las revoluciones también necesitaban comida, caballos, armas y hombres dispuestos —o forzados— a morir. Los dirigentes tomaban decisiones memorables; la gente común entregaba hijos, cosechas, animales y años de su vida.
—El 7 de agosto comprendí que tumbar un poder no elimina el poder —dijo Juan—. Alguien vuelve a ocupar la silla.
—Y ese día yo comprendí que una silla no se conserva para siempre solo porque nuestros padres se sentaron antes en ella —respondió Ana.
Ella también había cambiado. La guerra había entrado en las casas que se creían protegidas. Los privilegios no pudieron aislarla del miedo, de la escasez ni de las ausencias. Ana descubrió que el orden que tanto defendía no era neutral. Beneficiaba a unos, subordinaba a otros y llamaba tranquilidad al silencio de quienes no podían protestar. Pero Juan hizo un descubrimiento diferente. Entendió que destruir instituciones sin saber con qué reemplazarlas podía dejar a los más débiles todavía más indefensos. Comenzó a valorar la estabilidad, las leyes, los acuerdos y hasta ciertos límites que antes consideraba simples instrumentos de dominación.
Ana se fue desplazando hacia la izquierda. Juan comenzó a moverse hacia la derecha.
Y en algún punto del camino se encontraron.
—Así que tú empezaste queriendo cambiar el mundo y terminaste defendiendo el orden —dijo Ana.
—Y tú empezaste defendiendo el orden y terminaste preguntando a quién dejaba por fuera.
—Tal vez me dañaste.
—Tal vez tú me arreglaste.
—Qué manera tan derechista de contar nuestra historia.
Juan se acercó y se sentó a su lado. Afuera todavía se escuchaban algunas voces de la celebración. Una carreta avanzó trabajosamente por la calle. Sobre la mesa, la llama de una vela se inclinaba cada vez que el aire encontraba una rendija.
Habían “escogido” casarse el 20 de julio porque ese día se habían visto por primera vez. No porque creyeran que diez años antes hubiera nacido de una vez y para siempre una nación independiente, unida e igualitaria. Sabían que 1810 había abierto un proceso, no producido un milagro. La libertad política no había borrado las diferencias sociales; tampoco la victoria militar había respondido quiénes gobernarían, para quiénes y a qué costo.
—Lo curioso —dijo Ana— es que tú te apellidas Derecho.
—Y tú Izquierdo.
—Izquierdo no: Izquierdo es mi padre. Yo soy Izquierda.
—Esta noche eres Derecho.
Ana lo miró con los ojos entrecerrados.
—No empieces el matrimonio intentando anexarme.
Juan rio tan fuerte que tuvo que taparse la boca. Ana intentó conservar la seriedad, pero terminó riéndose con él. Durante unos segundos desaparecieron la guerra, la política, los privilegios y las deudas de la nueva república. Solo quedaron dos recién casados descubriendo que podían burlarse de todo, incluso de sí mismos.
Cuando recuperaron el aliento, Juan tomó la mano de Ana.
—Entonces, señora Izquierdo, ¿qué eres ahora?
Ella iba a responder, pero prefirió devolverle la pregunta:
—¿Y tú, señor Derecho?
Se miraron como se miran dos personas que han pasado diez años intentando convencer al otro y terminan agradeciendo no haberlo conseguido por completo.
—No sé —dijeron al unísono.
Y sonrieron juntos.
Nota aclaratoria: Ana Izquierdo y Juan Derecho son personajes ficticios. Aunque las denominaciones políticas de izquierda y derecha habían surgido durante la Revolución francesa, no constituían todavía categorías habituales del diálogo político cotidiano en las calles de Santafé. La columna utiliza deliberadamente esos conceptos actuales como recurso literario para interpretar los dilemas, intereses y transformaciones de sus personajes. Asimismo, el 20 de julio de 1810 se presenta como un acontecimiento que abrió una etapa del proceso de independencia, no como una independencia inmediata, completa ni consensuada por toda la población.
