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Aura Farming: ¿Pérdida de tiempo o expresión cultural válida?

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Por: Gerardo Angulo Cuentas
gerardo@angulo.com.co

 

Una nueva competencia circula por las redes sociales: jóvenes se enfrentan mediante movimientos, posturas, miradas y gestos para demostrar quién tiene más “aura”. No exponen argumentos, no responden cuestionarios y aparentemente tampoco producen nada que pueda añadirse a una hoja de vida. Para cierta mirada adulta, el diagnóstico está listo: pérdida de tiempo, búsqueda de atención y una nueva prueba de que la civilización occidental ha decidido terminar bailando frente a un teléfono.

 

La conclusión puede ser correcta. Lo que no sabemos es si está suficientemente pensada.

 

El aura farming consiste, en términos generales, en realizar acciones capaces de aumentar la percepción de carisma, seguridad o prestigio de una persona. En su modalidad de batalla, funciona como un duelo performativo corporal: dos participantes improvisan movimientos dentro de códigos compartidos e intentan superar al rival ante una audiencia.

 

No todo está ensayado. Los participantes pueden conocer ciertos movimientos, pero deben responder en el momento, controlar el cuerpo, interpretar al adversario y ganarse al público. La audiencia presencial reacciona; la digital comenta, compara, edita, ridiculiza o consagra. El participante puede intentar producir aura, pero no tiene la facultad de concedérsela a sí mismo. El aura depende de que otros reconozcan su actuación como una demostración de dominio.

 

Visto así, el fenómeno no está tan lejos de otras confrontaciones culturales. En una batalla de rap se improvisa con palabras; en la piquería vallenata, con versos y capacidad de réplica; en el aura farming, con movimientos, posturas y presencia escénica. En todas existe rivalidad, improvisación dentro de convenciones, evaluación del público y producción de prestigio.

 

Esto no significa que una batalla de aura farming posea la tradición de la piqueria, la complejidad verbal del rap o el reconocimiento de una danza. Comparar estructuras no equivale a igualar valores. Pero la analogía obliga a formular una pregunta incómoda: ¿por qué reconocemos creatividad cuando la improvisación utiliza versos, pero suponemos automáticamente que no existe cuando utiliza el cuerpo?

 

La expansión de la tendencia puede apreciarse en una publicación del Real Club Celta de Vigo. El 17 de agosto de 2026, el club difundió en YouTube un video construido a partir de una fórmula que se había vuelto popular en redes: “Me apunto a la batalla de farmear aura. Mi primer rival…”.

 

La broma debe explicarse. Quien publica la frase imagina que ha decidido participar en una batalla de aura. Acto seguido revela que su primer adversario será alguien con tanta presencia que la derrota parece inevitable. El Celta completó la fórmula mostrando imágenes de Iago Aspas, su jugador emblemático. El video no presenta a Aspas compitiendo realmente en una batalla ni ejecutando los movimientos propios de esos concursos. Toma imágenes del futbolista y lo convierte, de manera imaginaria, en el rival al que nadie querría enfrentarse porque su trayectoria, personalidad e identificación con el club le conceden un aura difícil de superar.

 

El ejemplo permite entender que el fenómeno ya no consiste solamente en jóvenes compitiendo mediante movimientos. También se ha convertido en una plantilla humorística para reconocer el prestigio de alguien. El Celta tradujo la reputación deportiva de Aspas al lenguaje de una tendencia digital: no afirmó simplemente que es un gran jugador, sino que lo presentó como alguien capaz de ganar una batalla de aura sin siquiera participar en ella.

 

La publicación también revela otra operación. Al utilizar un código de moda, el club buscó mostrarse conectado con las conversaciones de las redes. Mientras atribuía aura a Iago Aspas, la propia institución intentaba cultivar relevancia y cercanía con su audiencia. El caso no demuestra que la tendencia vaya a perdurar, pero sí que había alcanzado suficiente reconocimiento para ser utilizada por la comunicación oficial de un equipo de fútbol profesional.

 

Algunos millennials observan estas prácticas con particular severidad. Las consideran inútiles, artificiales, imitativas y dependientes de la aprobación. Son críticas razonables. Las plataformas pueden convertir la identidad en espectáculo, imponer la obligación de producir atención y transformar cualquier gesto en una competencia por reconocimiento.

 

Sin embargo, los millennials ya escucharon argumentos parecidos. Los videojuegos eran pérdida de tiempo. Las selfies, narcisismo. Las redes sociales, exhibicionismo. La cultura emo, una combinación de ridiculez, exageración e incomprensible peluquería. Haber sido criticados no obliga a los millennials a aprobar cuanto hagan los adolescentes actuales, pero debería mejorar la calidad de sus preguntas. Resulta curioso sobrevivir a la acusación de estar destruyendo la cultura para, unos años después, incorporarse al comité encargado de anunciar su próxima destrucción.

 

La sospecha tampoco es nueva. Sócrates fue acusado de corromper a los jóvenes; Diógenes convirtió su cuerpo y su irreverencia en provocación; Catulo y los poetae novi enfrentaron códigos estéticos anteriores; los goliardos cultivaron una cultura estudiantil irreverente; y Mozart combinó elaboración musical con un gusto por la obscenidad que incomodaría a más de un defensor contemporáneo de las buenas costumbres.

 

Por supuesto, el aura farming no es filosofía socrática, poesía latina ni música de Mozart. Que algunas prácticas despreciadas hayan adquirido valor histórico no demuestra que esta tendencia seguirá el mismo camino. El pasado no funciona como certificado anticipado de importancia cultural.

 

También es posible que todo termine pronto. El formato es fácil de copiar, depende de las plataformas y puede agotarse cuando aparezca la siguiente novedad. La adopción por marcas y organizaciones podría indicar expansión, pero también saturación. Tal vez dentro de pocos meses nadie recuerde cómo se ganaba una batalla de aura.

 

Existe, sin embargo, otra posibilidad. Aunque desaparezca el término, la práctica podría estar expresando cambios en la manera como los jóvenes construyen presencia, experimentan con su identidad y convierten el cuerpo en lenguaje digital. Podría ser una forma emergente de improvisación corporal o apenas una moda con pretensiones. Todavía no disponemos de evidencia suficiente para decidirlo.

 

Comprender no significa celebrar. Una práctica puede tener códigos y seguir siendo superficial; puede requerir habilidad y continuar siendo pasajera. Pero la apariencia de absurdo tampoco demuestra ausencia de significado.

 

Quizás el aura farming sea una pérdida de tiempo. Antes de afirmarlo con la seguridad que suele proporcionar la incomprensión, convendría averiguar qué hacen realmente sus participantes. Al fin y al cabo, pocas cosas producen tanta aura adulta como despreciar solemnemente aquello que practican los jóvenes. Y pocas la hacen perder tan rápido como descubrir, años después, que nunca nos tomamos el tiempo de entenderlo.

 

¿Y tú qué opinas?

gerardo@angulo.com.co