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Caño de Mayo despide con honores al profesor Azael Maya
Por Jesús Morales Pérez
Escritor Pivijayero
jesusmoralesperez20@gmail.com
Habían pasado más de diez años desde aquel julio de 1985 cuando el joven profesor Azael Maya, con los zapatos llenos de barro y el corazón rebosante de entusiasmo, llegó a la vereda Caño de Mayo en el municipio de San Carlos. En ese entonces, ni los perros del pueblo sabían quién era, pero con el tiempo, hasta las gallinas aprendieron a seguirlo cuando silbaba por los callejones.
En esa década, la escuelita de bareque dejó de ser apenas un salón con sillas cojas, y se convirtió en el alma del pueblo. La educación, que antes parecía un lujo para otros, se volvió pan cotidiano. Las familias que sólo sabían de surcos y ordeños, ahora hablaban con orgullo de hijos que estudiaban bachillerato, e incluso algunos que partían al municipio y más allá para ser maestros, médicos, ingenieros, enfermeras y abogados.
El profe Azael no sólo enseñó a leer y escribir. Enseñó a soñar.
Y como si el cielo le premiara su entrega, después de sus dos hijos varones —el travieso Azael Junior y el curioso Abraham—, nació Isabel, la princesa de la casa, con ojos de cielo y risa de campana. Fue la cereza en el pastel de una historia llena de esfuerzo y amor.
Un jueves por la tarde, mientras revisaba unos cuadernos y silbaba un vallenato bajito, llegó la notificación oficial: la Secretaría de Educación lo trasladaba al colegio principal del municipio de San Carlos. La noticia le cayó como mazorca madura: dulce y triste a la vez. Alegría por el reconocimiento, pero una punzada de nostalgia por tener que dejar el pedacito de tierra donde sembró más que letras.
Ese día, Azael se quedó en la escuela después de que todos se fueron. Se sentó en su escritorio, miró por la ventana y comenzó a recordar. El tractor lechero de la finca Uruguay, el Nissan rojo de Don Yanco, la primera vez que vio a Esperanza, su boda, las lluvias que mojaban hasta el alma, y las sonrisas sinceras de sus estudiantes.
Con los ojos aguados, reunió a sus alumnos y les dio la noticia. Nadie habló. El silencio fue tan profundo que se escuchaba el zumbido de una abeja que se colaba por la ventana.
Esa noche, las luces de los patios no se apagaron temprano. Padres de familia, exalumnos convertidos en agricultores y líderes del pueblo, llegaron a su casa. No para protestar, sino para darle las gracias.
—Profe, usted cambió este pueblo —le dijo un campesino de manos callosas y mirada agradecida—. Antes, aquí sólo sabíamos sembrar maíz. Hoy sembramos futuro.
El lunes siguiente, con el sol apenas asomando entre las ramas, Azael, Esperanza y sus tres hijos salieron rumbo al municipio de San Carlos. Pero lo que vieron al salir de casa los dejó sin palabras.
Todo Caño de Mayo estaba de pie.
Formaron una calle de honor desde la escuelita hasta la carretera principal. Niños con flores de Morrocoyo, ancianos con sombrero en mano, jóvenes con los ojos bajos, mujeres con pañuelos blancos, todos firmes como si estuvieran despidiendo a un general, pero con el corazón despidiendo a un sembrador de almas.
Y mientras el carro se alejaba entre los caminos polvorientos, una señora gritó:
—¡Ese no es un adiós, es un hasta pronto, profe!
Hoy, los nuevos profesores de Caño de Mayo son hijos de los mismos padres que Azael conoció en su llegada. Enseñan en la misma escuelita que él ayudó a levantar, pero ahora con techo firme, paredes coloridas y libros suficientes. Y en la entrada, una placa sencilla que dice:
“Escuela Rural Mixta Azael Maya – Donde sembrar sueños es parte del currículo.”
Todo tiene sentido cuando lo que se hace, se hace con amor.
Porque como decía el propio Azael, entre clases y cosechas:
“Lo que el hombre siembra, eso cosecha… y yo sembré con el alma.”
