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Análisis

BOLÍVAR TAMBIÉN CONTRA BOLÍVAR

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BOLÍVAR TAMBIÉN CONTRA BOLÍVAR

La conmemoración de 2030 necesita al hombre completo: el que proclamó la libertad y el que ejerció la dictadura.

 

Por: Víctor Rodríguez Fajardo

Bolívar tuvo amores, pasiones, ambiciones y odios. Ordenó, se impuso, castigó y también se equivocó. Condujo ejércitos para conquistar la independencia y después concentró el poder para sostener su proyecto político. Esa trayectoria contiene una parte esencial de sus contradicciones.

Cansa una historia en la que sus adversarios siempre tienen intereses y él solamente ideales. Páez ambiciona, Santander conspira, las regiones estorban y Bolívar soporta la incomprensión de todos. Así, cada decisión suya encuentra una disculpa y cada resistencia ajena termina convertida en traición.

La grandeza de su obra merece una discusión más exigente. Bolívar también contribuyó a destruir acuerdos y confianzas indispensables para sostener la república que quería construir.

EL PODER EN NOMBRE DE LA LIBERTAD

Combatió la monarquía española y propuso para Bolivia una presidencia vitalicia. El presidente proponía al vicepresidente, cuya designación requería aprobación legislativa y quien estaba llamado a sucederlo. La fórmula concentraba una pregunta que sigue vigente: ¿qué queda de la alternancia cuando el gobernante considera que debe permanecer de por vida?

En 1828, tras el fracaso de la Convención de Ocaña, Bolívar asumió la dictadura. La crisis era real. También lo fue su decisión de concentrar el poder. El 8 de julio de 1826 ya había escrito a Santander que «solamente un hábil despotismo puede regir a la América». La contradicción estaba en sus propias palabras.

Sus opositores tenían motivos para cuestionarlo. Las garantías republicanas estaban en disputa y sectores contrarios a Bolívar consideraban que el Libertador amenazaba el orden constitucional que defendían.

El atentado del 25 de septiembre surgió dentro de esa confrontación. Fue un intento de asesinato y expresión extrema de una ruptura política. Condenarlo no obliga a silenciar el autoritarismo contra el cual se dirigía.

LA UNIÓN TAMBIÉN SE IMPUSO

Bolívar defendió un gobierno central fuerte para conservar la Gran Colombia. Las regiones reclamaban capacidad de decisión y sus dirigentes disputaban el mando. La Cosiata, encabezada por Páez en 1826, mostró hasta dónde llegaba el rechazo a la autoridad de Bogotá.

La resistencia regional incluía ambiciones de caudillos, pero también desacuerdos sobre cómo gobernarse. Santander había sostenido el orden centralista de Cúcuta; su ruptura con Bolívar comprometía los límites del Ejecutivo y el respeto a la Constitución.

La correspondencia permite medir aquella fractura. El 9 de febrero de 1825, Bolívar escribió a Santander: «Yo soy el hombre de las dificultades; Ud. el hombre de las leyes». Era un elogio a su colaboración. En 1827 llegó a pedirle que dejara de escribirle y le retiró el trato de amigo. La diferencia política había roto también la confianza personal.

Los ejércitos habían ganado la independencia. Someter a sus jefes a reglas civiles resultó mucho más difícil. La autoridad conquistada en la guerra terminó disputando el lugar de la ley.

MIRANDA Y LAS LEALTADES ROTAS

En 1812, Bolívar participó con otros oficiales en el arresto de Francisco de Miranda, después de su capitulación ante Monteverde. El precursor terminó en manos españolas y murió cautivo.

El arresto en el que intervino Bolívar precedió a la entrega de Miranda a los españoles. Su responsabilidad en aquel apresamiento merece tanto examen como las deslealtades que después denunció en otros.

La acusación de traición, tan utilizada para explicar las desgracias del Libertador, también debe admitir preguntas sobre sus propias actuaciones. ¿Con qué criterio se juzga la ruptura de una lealtad? ¿Depende de quién terminó convertido en héroe?

PADILLA Y LA DEUDA CON EL CARIBE

En el Caribe, las contradicciones de Bolívar tienen un nombre que exige lugar propio: José Prudencio Padilla.

Riohachero y pardo, combatió en Ciénaga, intervino en la liberación de Cartagena y comandó la victoria naval del lago de Maracaibo, el 24 de julio de 1823. También fue senador por el departamento del Magdalena. Su lugar en esta historia se ganó en la guerra y en la política.

En marzo de 1828 encabezó en Cartagena una rebelión en defensa de la Constitución de 1821, enfrentado con Mariano Montilla y con el proyecto autoritario bolivariano. Fue apresado y enviado a Bogotá. Ya estaba encarcelado cuando ocurrió el atentado del 25 de septiembre.

Aquella noche, los conspiradores lo sacaron de prisión. Padilla no había organizado el atentado y terminó entregándose a las autoridades. El estudio de Wolfgang Martínez sobre el proceso registra una absolución inicial: Bolívar disolvió el tribunal y designó a Rafael Urdaneta, quien anuló la sentencia y lo condenó a muerte. Fue fusilado el 2 de octubre de 1828. El régimen que conmutó la pena de muerte de Santander ejecutó a Padilla.

Según el relato de José María Cordovez Moure, cuando un sargento le quitó las charreteras, Padilla exclamó: «Esas no me las dio Bolívar sino la República». La escena concentra la fractura: haber contribuido a conquistar la independencia no lo protegió cuando pasó a ser adversario del poder.

Aline Helg ha mostrado cómo las rivalidades políticas se cruzaron con las jerarquías raciales y el temor de Bolívar a la «pardocracia». La pregunta sigue golpeando: ¿hasta dónde llegaba la igualdad cuando los pardos aspiraban a gobernar?

Para el Caribe, Padilla representa una deuda de la memoria nacional. La conmemoración de 2030 debe darle espacio al hombre que ayudó a conquistar la libertad y terminó ejecutado por la república a la que había servido. La grandeza del Libertador debe soportar esa mirada.

LA REPÚBLICA CONSERVÓ LOS ESCLAVOS

Bolívar nació dentro de una élite propietaria de tierras y personas esclavizadas. Promovió la abolición y liberó a personas de su propiedad: en 1827 ratificó por escrito la libertad que había concedido a María Jacinta Bolívar en 1821.

La contradicción más profunda está en el resultado político: la independencia convivió con la esclavitud.

En Cúcuta, la emancipación quedó sometida a un proceso gradual que preservaba intereses de los propietarios y aplazaba la libertad. La república podía declararse libre mientras mantenía seres humanos como propiedad.

Bolívar compartió responsabilidades con congresistas, propietarios y otros dirigentes. Su defensa de la abolición forma parte del balance; también la distancia entre esa bandera y la sociedad que dejó.

INGLATERRA TAMBIÉN TENÍA INTERESES

La guerra necesitó recursos externos. En 1822, Francisco Antonio Zea contrató con Herring, Graham & Powles un empréstito de dos millones de libras esterlinas. Según documentó Clímaco Calderón en Elementos de Hacienda Pública, se pactó un descuento inicial del 20 % y un interés anual del 6 %, además de comisiones. La operación también consolidaba deudas anteriores; no todo representaba dinero nuevo para la república.

Como garantía quedaron comprometidos derechos aduaneros y rentas de minas, salinas y tabaco. El negocio provocó objeciones del propio gobierno colombiano, que cuestionó las facultades de Zea para contratarlo. La independencia se financiaba mientras se disputaba quién podía comprometer sus ingresos futuros.

La ruptura con España se desenvolvió dentro de una competencia internacional por influencia y comercio. Las alianzas cambiaban: cuando Bolívar buscó apoyo en Londres en 1810, Gran Bretaña era aliada de España frente a Napoleón. Después, los intereses comerciales británicos encontraron oportunidades en las nuevas repúblicas.

Romper el vínculo colonial abrió otra pregunta: ¿cuánta autonomía podían ejercer unas repúblicas necesitadas de crédito, armas y reconocimiento exterior?

SANTA MARTA ANTE EL HOMBRE

En 1830 llegó a Santa Marta enfermo y derrotado políticamente. Su proyecto de unión se deshacía. Había conquistado victorias extraordinarias y tomado decisiones que alimentaron la resistencia contra su mando.

La conmemoración de 2030 debe incorporar esa vida completa: el estratega, el amante, el gobernante, el dictador; el hombre que proclamó libertades y también las restringió. Sus pasiones, errores y conflictos pertenecen a la misma historia que sus triunfos.

Y aun así, Bolívar fue grande entre los grandes. Contribuyó decisivamente a quebrar un imperio, transformar el mapa político de América y abrir un horizonte republicano cuya influencia trascendió el continente. Su derrota final no borró aquella transformación.

Su legado sigue vivo en las naciones cuya independencia ayudó a conquistar y en las preguntas que todavía nos dividen: cómo ejercer la soberanía, integrar nuestros pueblos, limitar el poder y convertir la libertad proclamada en una realidad para todos.

Santa Marta recibió sus últimos días; el mundo ya había recibido el impacto de su vida. Para 2030, la ciudad debería promover una exposición documental y debates públicos que confronten las promesas republicanas con las decisiones del poder: cartas, constituciones y procesos como el de Padilla al alcance de estudiantes y ciudadanos. Esa sería una manera concreta de discutir la libertad, la igualdad y los límites del mando desde nuestro Caribe.

Bolívar murió derrotado. Quedaron en pie las repúblicas cuya independencia había ayudado a conquistar. Ahí está su grandeza: perdió la batalla por la unión, pero cambió para siempre el destino de un continente.