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La hoguera ya no necesita fuego: ahora vacía museos

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La hoguera ya no necesita fuego: ahora vacía museos

Por Norma Vera

Primero vinieron por los curas, pero yo no era cura y no dije nada. Luego vinieron por los maestros, pero yo no era maestro y guardé silencio. Ahora vienen por los artistas. Y cuando vengan por mí, quizá ya nadie quede para nombrar lo que se ha perdido.
Variación libre a partir del texto de Martin Niemöller

 

La censura rara vez empieza con una hoguera. A veces comienza con una puerta que se cierra, una obra que desaparece de una sala, una explicación que llega tarde o una autoridad que decide qué puede mirar el público. El gesto parece pequeño; el precedente, no. Cuando el poder se atribuye el derecho de retirar imágenes porque incomodan, la pregunta deja de ser qué obra nos gusta y pasa a ser quién puede decidir qué merece existir a la vista de todos.

La controversia por el retiro de decenas de obras del Museo Nacional —más de treinta, según reportes de prensa; cerca de cincuenta, de acuerdo con estimaciones divulgadas por María Paz Gaviria— exige algo más que comunicados y versiones parciales. Hace falta un inventario claro, razones transparentes y una conversación pública sobre los criterios curatoriales. Un museo nacional no es una vitrina privada de quienes gobiernan: es una casa común donde la sociedad se reconoce, discute y se pregunta quién es.

En Contra la censura, J. M. Coetzee escribe: «El gesto punitivo de censurar tiene su origen en la reacción de ofenderse». La frase ilumina el instante en que una molestia pretende convertirse en regla. Sentirse ofendido puede ser una reacción legítima; convertir esa ofensa en poder para borrar la obra ajena es otra cosa. El arte no tiene la obligación de agradarnos, tranquilizarnos ni confirmar nuestras convicciones. Su libertad incluye el derecho a mostrar lo hermoso y lo cruel, lo triste y lo incómodo, también aquello que preferiríamos no mirar.

Quien crea observa el mundo a través de un caleidoscopio: cada giro recompone los fragmentos y revela una figura distinta. La pintora puede encontrar belleza en una grieta; otro artista, en cambio, puede devolvernos la violencia que la costumbre vuelve invisible. La obra no ofrece siempre una respuesta. A veces abre una herida, cambia la luz sobre una memoria o permite que una experiencia silenciada encuentre forma. Esa pluralidad no empobrece la cultura: la mantiene viva.

La historia muestra lo que ocurre cuando un régimen quiere imponer una sola mirada. El nazismo persiguió a artistas y expuso obras bajo la etiqueta de «arte degenerado»; el estalinismo subordinó la creación a la doctrina del realismo socialista; durante la Revolución Cultural china, los Guardias Rojos atacaron artistas y símbolos de la tradición; los Jemeres Rojos persiguieron a músicos y portadores de expresiones culturales que consideraban incompatibles con su proyecto. Cada historia tiene su contexto y su escala, y ninguna debe confundirse mecánicamente con la Colombia de hoy. Pero dejan una advertencia común: el autoritarismo necesita reducir la diversidad de voces para presentar su visión como la única posible.

Por eso importa lo que ocurre en el Museo Nacional. No porque cada retiro de una obra sea, por sí solo, una dictadura, sino porque la censura se normaliza mediante decisiones que se justifican como excepcionales, correctivas o inofensivas. Si la respuesta a una obra es retirarla antes que discutirla, el museo deja de ser un lugar de encuentro y se convierte en un filtro de obediencia. Y si el criterio cambia con cada gobierno, la cultura queda a merced del poder de turno.

Censurar es volver el mundo gris: borrar matices hasta que solo quede un paisaje aceptable para quien manda. Es impedir que el arte nombre lo que duele, celebre lo que nos asombra o imagine lo que todavía no existe. Un museo debe cuidar las obras y ofrecer contexto; también debe proteger la libertad de quienes las crean y el derecho del público a encontrarse con ellas, incluso para disentir.

Al paso que vamos, hasta vestirse de colores será una provocación. Entonces vistámonos todos de tigrillos. Que el gris no se convierta en uniforme ni la obediencia en el único tono permitido. Un país que conserva todos sus colores conserva también la posibilidad de imaginarse libre.