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Sin participación no hay ciudad

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Sin la voz y la acción de sus ciudadanos, una ciudad se convierte en terreno fértil para la apatía y el abuso. Participar es más que un derecho: es la garantía de que lo público conserve su sentido y sirva a la vida en común.

Por: José D. Pacheco Martínez

En algunos trayectos de taxi o buseta, Camila y yo sentimos que la ciudad se nos abre como un expediente vivo, escrito en polvo, grietas y voces. Con Fabiana y Nicolás, atravesamos cerros y barrios donde el asfalto roto se mezcla con la paciencia de quienes esperan soluciones. Allí, no hablamos de política como un tablero de estrategias, sino como un acto profundamente humano: cuidar lo que es de todos para salvaguardar la dignidad de cada uno.

Nuestro trabajo como periodistas y editores parte de esa premisa. Asumimos el oficio como un acto político de rigor: investigar, contrastar y ofrecer información verificada que permita a la ciudadanía decidir con libertad y responsabilidad. Ese rigor es nuestra forma de intervenir en la vida pública sin caer en la manipulación ni en la complacencia con el poder, entendiendo que la verdad es un bien público que merece defensa constante.

Caminar la ciudad es vivirla con todos los sentidos. Entre el bullicio de las calles y la quietud de los barrios olvidados, recogemos voces que hablan de espera, de lucha y de esperanza. No son cifras ni estadísticas: son personas que nos confían su historia y, al hacerlo, nos recuerdan que lo público se mide en vidas, no en discursos. En cada conversación entendemos que el periodismo no es solo narrar: es abrir espacio para que esas voces incidan y transformen.

Fabiana, con seis años, empieza a perder sus dientes de leche. Sus cuadernos pesan más, las tareas se vuelven más complejas y ella nota que el tiempo en la escuela se alarga. Nicolás, con apenas dos años, nos observa como si quisiera aprenderlo todo antes de tiempo. Ese tránsito natural de la infancia es la mejor imagen para explicar que una sociedad también debe madurar: dejar atrás la pasividad política y asumir el compromiso de participar y vigilar lo común.

Algunos nos preguntan por qué no damos el salto a escenarios más directos, como una campaña o una candidatura. La respuesta es sencilla: hoy elegimos participar desde el periodismo, porque es el espacio donde podemos incidir con mayor coherencia y efectividad. Y lo hacemos conscientes de que disputar cargos de elección popular requiere recursos económicos y estructuras que, por ahora, no están a nuestro alcance, y que implicarían dejar de lado otras responsabilidades vitales.

No es una renuncia: es una elección estratégica. En este momento, nuestra trinchera son las palabras, las investigaciones y las historias que llevamos a la esfera pública. Allí disputamos el sentido de lo común, contrarrestamos la mentira y cuestionamos el abuso. Participar no siempre significa estar en una tarima política; también es estar en la calle y en la redacción, escuchando, documentando y exigiendo.

El asesinato de Miguel Uribe sacudió la idea de un debate democrático protegido por reglas mínimas. Frente a la violencia, algunos se retiran del espacio público, convencidos de que “la política no sirve”. Pero ese vacío lo ocupan quienes manipulan, distorsionan y siembran odio. No intervenir no es neutralidad: es dejar el camino libre a los extremos que desfiguran la convivencia.

Por eso, la participación ciudadana debe entenderse como un ejercicio cotidiano. No basta con votar cada cuatro años: se trata de exigir transparencia, proponer soluciones, vigilar obras, defender servicios públicos y garantizar que la gestión de lo común se mida por su impacto real en la vida de las personas. Lo público no es un escenario lejano administrado por otros; es el tejido que sostiene nuestra vida diaria.

En nuestras conversaciones con Fabiana y Nicolás no buscamos heredarles consignas, sino enseñarles a reconocer un problema y sentir la urgencia de actuar. Porque si la política se abandona, la mentira y el odio ocuparán su lugar. Y si el periodismo se acomoda, la verdad se vuelve un privilegio de pocos.

Nuestro compromiso —en la sala de redacción, en la casa y en la calle— es no permitir que la ciudad ni el país se conviertan en territorios ajenos. Cada nota, cada entrevista y cada recorrido es un acto de defensa de la dignidad humana, el primer bien público que debe cuidarse. El día que nuestros hijos crezcan, queremos que sepan que estuvimos ahí, haciendo lo que nos correspondía. Porque un país que se respeta no teme a la política: la asume como la forma más alta de cuidar la vida.