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Editorial & Columnas

El gol invisible de César y Kene

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En el fútbol, como en la vida, el talento es apenas el punto de partida. Lo que realmente sostiene un sueño es la familia: esa fuerza invisible que empuja cuando el cuerpo se cansa y la ilusión titubea. Lo sé porque he seguido de cerca la historia de Samuel, hijo de uno de mis mejores amigos de infancia, un muchacho que dejó Santa Marta para abrirse paso en un mundo donde la gloria y el olvido se confunden cada fin de semana.

Por: José D. Pacheco Martínez

Samuel Medrano tiene 15 años y un sueño que comenzó a latir cuando apenas podía levantar un balón. Hoy juega en la Escuela Sócrates Valencia de Pereira, donde su talento crece entre disciplina, estudio y competencia. Lo que más impresiona no es solo su nivel técnico, sino la serenidad con que asume cada reto. Juega como si danzara en el aire: controla con naturalidad, acelera en espacios cortos, lee el campo con inteligencia, se asocia con precisión y define con la tranquilidad de quien ha aprendido a disfrutar el juego.

Esa madurez temprana no nace del azar. Detrás de Samuel están sus padres, César y Kene, quienes entendieron que el talento se sostiene en los valores y que el deporte, más allá de los triunfos, es una escuela de carácter. No lo criaron para la fama, sino para la vida. Le enseñaron a trabajar en silencio, a respetar los procesos, a cuidar la humildad y a disfrutar cada entrenamiento con gratitud. Cuando su hijo les dijo que quería dedicarse al fútbol, no lo frenaron ni lo empujaron: lo escucharon. Y luego lo acompañaron, con la discreción de quienes saben que los sueños ajenos no se dirigen, se respaldan.

Santa Marta ha sido cuna de grandes futbolistas. En sus barrios y canchas hay talento de sobra, clubes comprometidos, entrenadores que trabajan con amor y escenarios que, con esfuerzo, mantienen viva la ilusión. Pero el fútbol tiene sus propias reglas: los talentos suelen madurar lejos de casa. El crecimiento competitivo exige partir, enfrentar nuevas exigencias y aprender a convivir con la distancia. Así ocurre con la mayoría de los jugadores que logran trascender: el desarraigo se convierte en parte del proceso formativo.

César y Kene comprendieron esa lógica sin dramatismos. Supieron que dejarlo ir no era perderlo, sino ayudarlo a crecer. Lo despidieron con fe y con la certeza de que la educación recibida sería su mejor defensa. Samuel partió preparado para resistir la presión, para aprender de las derrotas y para no dejar que la ansiedad del resultado le robe la alegría del juego. Esa confianza familiar —hecha de afecto, límites y ejemplo— vale más que cualquier vitrina.

Samuel Medrano Delgado.

En Pereira ha encontrado un entorno que valora el trabajo bien hecho. No se trata solo de formar deportistas, sino personas con sentido ético y compromiso social. Samuel entrena, estudia y compite. Gana a veces, pierde otras, pero siempre aprende: cada día se exige un poco más, no para destacar, sino para superarse. Esa es la lección que trae de casa.

Su hermano menor, Víctor, sigue el mismo camino con igual pasión y respaldo. En esa familia el deporte no es una apuesta económica ni una promesa de fortuna: es un proyecto de vida. Si el fútbol los lleva lejos, será motivo de orgullo; si no, tendrán la satisfacción de haber formado hijos íntegros, disciplinados y con herramientas para estudiar o emprender otros caminos. En Colombia, muchos deportistas destacados acceden a becas universitarias gracias a su rendimiento, y eso también puede ser una forma de triunfo.

Lo que más conmueve en la historia de Samuel Medrano no es el potencial del jugador, sino la solidez del entorno que lo acompaña. En tiempos donde el éxito rápido parece el único horizonte, su familia representa lo contrario: la fe tranquila, la educación constante y la paciencia que construye futuro. No hay discursos heroicos ni grandes sacrificios, solo coherencia y cariño. Eso basta para sostener un sueño.

El fútbol es así. Premia a quienes entrenan con humildad, castiga la soberbia y enseña a levantarse después de caer. Pero también pone a prueba la estabilidad emocional cuando llegan la fama, el dinero o la frustración. Por eso la formación que le dieron César y Kene será el verdadero polo a tierra de Samuel: su ancla si el éxito lo deslumbra, su refugio si las cosas no salen como espera. Ninguna victoria reemplaza el carácter, y ningún fracaso borra los valores aprendidos en casa.

Quizá algún día vista una camiseta profesional o marque un gol que haga vibrar a su ciudad. Tal vez no. Pero lo esencial ya lo consiguió: entender que el fútbol, como la vida, no siempre garantiza resultados, aunque siempre recompensa la dedicación. Lo que define a un deportista no es el estadio donde juega, sino la forma en que enfrenta el camino. Samuel Medrano no compite solo por un lugar en el campo; compite por honrar su historia. Y en ese partido, pase lo que pase, ya ha ganado.