Editorial & Columnas
Venezuela y la hipocresía internacional
Por: Edgar Jafet Hernández
El fraude electoral de 2024 en Venezuela no fue un accidente ni un error del sistema. Fue el resultado previsible de décadas de hipocresía internacional. Durante años, la comunidad internacional prefirió el ritual del multilateralismo, diálogos, comunicados y misiones antes que enfrentar una verdad incómoda: en Venezuela no hay un gobierno autoritario en transición, hay una dictadura consolidada.
La oposición ganó las elecciones. Maduro las robó. Punto. Todo lo demás son excusas diplomáticas.
El multilateralismo fracasó porque nunca quiso aceptar con quién estaba tratando. Se empeñó en dialogar con un régimen que persigue opositores, controla jueces, manipula elecciones y gobierna mediante el miedo. Se habló de “crisis política” cuando lo que existía era una estructura de poder cerrada y criminal. Se habló de “salida electoral” cuando el régimen ya había demostrado que no entrega el poder por votos.
Durante años, Maduro aprendió una lección simple: podía violar todas las reglas sin pagar costos reales. Cada fraude era seguido por un comunicado. Cada persecución, por una “preocupación”. Cada negociación fallida, por una nueva mesa de diálogo. El mensaje fue claro: el tiempo estaba de su lado.
Donald Trump rompió esa dinámica por pragmatismo seguramente. Llamó dictadura a la dictadura, impuso sanciones duras y desconoció a Maduro. Por primera vez, el régimen sintió presión real. Por primera vez, el poder chavista entendió que su permanencia podía tener consecuencias irreversibles.
Ese momento incomodó a muchos. Europa habló de excesos. América Latina pidió moderación. Los organismos multilaterales pidieron paciencia. En nombre de la diplomacia, se volvió a lo de siempre: negociar con quien no negocia, confiar en quien no cumple.
Las elecciones de 2024 dejaron al desnudo esa farsa. A pesar de observadores, acuerdos y promesas, el régimen hizo lo único que sabe hacer cuando pierde: robarse el resultado. ¿Alguien puede decir honestamente que fue una sorpresa? ¿O lo sorprendente es que todavía haya quienes finjan indignación?
La diferencia entre Trump y el multilateralismo no fue de estilo, sino de diagnóstico. Trump entendió que Maduro no es un actor racional dentro de reglas democráticas. El multilateralismo sigue actuando como si lo fuera. Por eso fracasa una y otra vez.
La verdad es incómoda, pero necesaria: en Venezuela no habrá transición democrática mientras el régimen no enfrente costos reales por mantenerse en el poder. No habrá elecciones libres mientras la dictadura controle armas, jueces y dinero. No habrá cambio mientras la comunidad internacional siga premiando el fraude con negociaciones.
Insistir hoy en más diálogo, más observación y más paciencia no es ingenuidad: es complicidad. Es pedirle a los venezolanos que sigan esperando mientras su país se queda vacío y muere definitivamente la esperanza.
El multilateralismo no falló por falta de buenas intenciones, falló por falta de coraje. Coraje para romper reglas diplomáticas, para asumir costos políticos y para llamar las cosas por su nombre. Maduro no es un presidente cuestionado. Es un dictador que se robó una elección.
Después de 2024, ya no hay excusas. El mundo puede seguir fingiendo que la próxima elección será distinta, o puede aceptar que el problema nunca fue el voto, sino el régimen. Venezuela no necesita más comunicados. Necesita una comunidad internacional que deje de mentirse a sí misma.
