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Política Parroquial

Del tarjetón de 1994 al de 2026: cuando la política dejó de ser partido y se volvió personaje

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Tenemos ante nosotros una radiografía cruda de la evolución política en Colombia. El tarjetón electoral, que alguna vez fue un símbolo institucional, se ha convertido en el reflejo de una profunda transformación: de votar por partidos a elegir figuras, de apostar por estructuras a consumir espectáculo.

La desaparición de la esencia política

En 1994, el voto llevaba un apellido institucional; era sinónimo de tradición y de confiar en partidos que, con logotipos inamovibles, representaban identidades políticas claras. Esa era la época de Ernesto Samper y, poco después, de Andrés Pastrana. La política, aunque imperfecta, se entendía como un compromiso colectivo con estructuras sólidas.

Hoy, esa esencia se ha evaporado. Los antiguos emblemas han sido sustituídos por nombres propios como “CLAUDIA”, “CAICEDO”, “MURILLO”. La herencia ideológica se ha diluido en la figura carismática mientras se ocultan, tras el velo del personalismo, los pilares reales del poder, siempre ligados al espectro entre Álvaro Uribe Vélez y Gustavo Petro. El resultado: una política que ha desaparecido de sus raíces colectivas para convertirse en un espectáculo individualista donde la responsabilidad se ha fragmentado.

Del rigor en blanco y negro al caos en technicolor

El tarjetón de 1994 se concebía con precisión casi notarial: rigidez, uniformidad y una seriedad que reflejaba el compromiso institucional. En contraste, el tarjetón de 2026 se viste de color, identidad y ruptura. Nombres como Francia Márquez, Luis Gilberto Murillo o Iván Cepeda irrumpen en una escena que pretende renovarse, pero que en ocasiones solo adopta una nueva estética sin alterar las viejas dinámicas del poder.

El poder ya no se conquista: se negocia

Aquel pasado en el que unos pocos definían el destino político ha quedado atrás. Hoy, en un escenario de coaliciones y alianzas, nadie gana por sí solo. El poder se ha convertido en materia de negociación, en un proceso intrincado donde la capacidad de sumar se vuelve más importante que el mero triunfo electoral. Esto genera gobiernos más frágiles y campañas altamente sofisticadas, donde lo esencial ya no es quién impone su voluntad, sino quién consigue movilizar y seducir al electorado.

La irrefrenable irrupción de la mujer

Mientras que en 1994 la política era un club exclusivo, hoy la irrupción de la mujer no es solo visible, sino estructural. Líderes como Claudia López o Paloma Valencia marcan el paso, dejando en claro que la inclusión no es una estrategia simbólica, sino un cambio irreversible en la configuración del poder.

Una conclusión incómoda y desafiante

Colombia ha avanzado, transformando una política cerrada en una arena que, si bien es más diversa, está marcada por el auge del personalismo. Se dejó atrás el voto por estructuras para abrazar, casi sin quererlo, la elección de figuras. Este cambio trae consigo un riesgo latente: cuando la política se transforma en una marca y el ciudadano en un mero consumidor, la esencia de la representación democrática queda vulnerada.

El tarjetón de 1994 era frío, excluyente y riguroso; el de 2026 vibra con la tensión de nuevos tiempos, aunque también se torna inestable y superficial. La cuestión central no es simplemente cómo ha cambiado la política, sino si esta transformación responde a una mejora real en la representación del país o si, por el contrario, se ha convertido en una herramienta aún más sofisticada de manipulación.

#GeopolíticaParroquial