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La Firma

La palabra tiene poder

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Por: Gerardo Angulo Cuentas

gerardo@angulo.com.co

Hay algo que los liderazgos tradicionales todavía no terminan de entender: la juventud ya no conecta con la autoridad distante. Ese modelo del jefe inaccesible, del profesor que inspira miedo o del líder que solo sabe imponer jerarquía funciona cada vez menos. Particularmente en el Caribe, donde la gente no mide el liderazgo únicamente por el cargo o el conocimiento, sino por la capacidad de conversar, escuchar y generar confianza.

Aquí la palabra siempre ha tenido peso.

En esta región, las relaciones humanas se construyen hablando. En la tienda del barrio, en la terraza, en la universidad, en el trabajo, en cualquier esquina donde aparezca una conversación larga acompañada de café, agua, cerveza o de brisa. La gente recuerda no solo lo que uno hizo, sino también cómo lo dijo, delante de quién lo dijo y con qué intención lo dijo. Por eso, quien ocupa una posición de liderazgo debería entender algo fundamental: la palabra nunca es inocente.

Yo mismo he tratado de construir mis espacios de formación desde la cercanía. Como profesor, siempre he creído que la confianza ayuda a aprender mejor. Que los estudiantes preguntan más cuando no sienten miedo. Que la gente se atreve a equivocarse cuando entiende que el profesor no está ahí para aplastar, sino para acompañar. Y honestamente pienso que por eso los liderazgos transformacionales conectan mucho más con las nuevas generaciones que los modelos autoritarios de antes.

La juventud no quiere capataces; quiere referentes.

Hoy los jóvenes desconfían profundamente de la autoridad construida desde la distancia emocional. No les interesa el líder que solo aparece para corregir, sancionar o recordar jerarquías. Conectan más con quien escucha, dialoga y demuestra humanidad. Pero justamente ahí aparece una tensión que pocas veces discutimos: la cercanía también exige responsabilidad.

Porque algunas personas confunden confianza con exceso de confianza.

Y entonces empiezan ciertas conversaciones incómodas. El “profe, le cuento algo”. El “usted sí sabe cómo es fulano”. El comentario disfrazado de preocupación. El rumor presentado como información importante. Poco a poco, uno descubre que hay quienes interpretan la cercanía como permiso para hablar de otros sin ningún cuidado.

Es ahí donde verdaderamente comienza la prueba ética del liderazgo.

Porque liderar no es únicamente enseñar, coordinar o tomar decisiones. Liderar también es definir qué tipo de conversaciones son aceptables dentro de una comunidad. Y uno de los errores más peligrosos que puede cometer una figura de autoridad es participar activamente en el rumor creyendo que eso la hace verse más cercana o más “humana”.

No. La cercanía auténtica no necesita destruir a terceros para consolidarse.

De hecho, cuando un líder entra en el terreno del chisme, lo que hace es deteriorar silenciosamente la confianza colectiva. Porque la palabra de quien tiene autoridad pesa distinto. Un comentario hecho por cualquier persona puede quedarse en simple murmullo; pero cuando viene desde arriba, adquiere inmediatamente apariencia de verdad.

Y ahí comienza el daño.

A veces no somos conscientes de la violencia que puede producir una frase dicha ligeramente desde una posición de poder. Una insinuación basta para fracturar equipos, sembrar sospechas o afectar reputaciones. Lo más grave es que muchas veces eso ocurre disfrazado de conversación casual, de falsa camaradería o incluso de humor.

Por eso creo que uno de los grandes desafíos del liderazgo moderno consiste en aprender a administrar la cercanía sin perder la ética. Porque sí: los liderazgos transformacionales necesitan conexión humana, empatía y horizontalidad. Pero eso no significa convertir la confianza en permisividad moral.

Escuchar no es validar.

Y una figura de autoridad debe tener la madurez suficiente para detener conversaciones que dañan a otros, incluso cuando hacerlo resulte incómodo. A veces basta una frase sencilla: “No me hables de alguien que no está presente”. Parece poca cosa, pero en realidad ahí se define buena parte del carácter ético de un liderazgo.

¿Tú que opinas?