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¿Por qué nos vamos?

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Por: Gerardo Angulo Cuentas

gerardo@angulo.com.co

La pregunta suele formularse al revés. ¿Por qué se fue? ¿Por qué renunció? ¿Por qué cambió de colegio?

¿Por qué abandonó el club, la empresa, la organización o el grupo que durante años consideró su casa? La pregunta casi siempre llega tarde. Llega cuando la silla ya está vacía. Cuando el escritorio está ordenado. Cuando el silencio reemplazó la conversación. Cuando la despedida ya ocurrió.

Y casi siempre se busca una respuesta sencilla: se fue por dinero, por comodidad, por orgullo, por falta de compromiso.

Pero la verdad suele ser más incómoda. La mayoría de las personas no se van por un único acontecimiento. Se van por acumulación. Se van porque un día dejaron pasar una burla.

Luego dejaron pasar una injusticia. Después dejaron pasar una humillación. Más tarde dejaron pasar una agresión. Y finalmente dejaron pasar algo que jamás debió ocurrir.

Las personas rara vez se marchan por la primera gota. Se marchan cuando descubren que nadie piensa reparar el techo. Por eso resulta tan peligroso minimizar los pequeños síntomas. Las palabras importan. Los gestos importan. Los silencios importan.

Quien ha estudiado cómo escalan los conflictos sabe que pocas veces la violencia aparece de repente. Antes hubo señales. Primero fue la exclusión. Después la ridiculización. Más tarde el hostigamiento. Luego la agresión abierta.

Las grandes tragedias suelen anunciarse con pequeños actos que alguien decidió ignorar. Y sin embargo muchas instituciones desarrollan una extraña capacidad para acostumbrarse a lo inaceptable. Lo que ayer era escandaloso hoy parece normal. Lo que antes generaba una reacción inmediata hoy apenas provoca un correo electrónico.

Lo que antes movilizaba a los líderes hoy termina perdido en una reunión o en una carpeta de archivo. Es entonces cuando las personas empiezan a preguntarse si todavía pertenecen a ese lugar.

Porque uno no permanece únicamente por las instalaciones, los edificios o los servicios. Uno permanece porque existe una mística. Una sensación difícil de medir, pero imposible de ignorar.

La sensación de que importa. La sensación de que alguien cuida. La sensación de que existe un propósito superior al simple funcionamiento administrativo.

Todas las organizaciones extraordinarias tuvieron alguna vez esa mística. Y muchas la pierden cuando comienzan a confundir misión con operación. Educar se convierte en administrar. Formar se convierte en facturar. Construir comunidad se convierte en gestionar indicadores.

Las personas dejan de ser personas y empiezan a convertirse en usuarios, clientes, registros o números. Tal vez por eso algunas instituciones siguen funcionando mucho tiempo después de haber perdido su alma.

Desde afuera parecen iguales. Los mismos colores. Los mismos uniformes. Los mismos discursos. Pero quienes llevan años allí saben que algo cambió. No siempre pueden explicarlo. Solo sienten que el lugar que amaban ya no existe de la misma manera.

Como ocurre con las ciudades, las empresas o las familias, a veces el deterioro no se nota de un día para otro. Se descubre cuando uno compara lo que siente hoy con lo que sentía hace diez años.

Y entonces aparece la pregunta difícil.

¿Vale la pena quedarse?

No siempre la respuesta es irse. Muchas veces vale la pena luchar, insistir y construir.

Pero también existe un momento en que permanecer deja de ser un acto de lealtad y empieza a convertirse en un acto de resignación. Y nadie debería resignarse cuando están en juego la dignidad, la tranquilidad o la seguridad de quienes ama.

Porque hay decisiones que no se toman por comodidad. Se toman por responsabilidad. Hay despedidas que no nacen de la rabia. Nacen del deber.

Y hay puertas que se cierran no porque uno deje de querer el lugar que abandona, sino porque ya no reconoce en él aquello que alguna vez lo hizo especial. Por eso, cuando alguien se va, quizás la pregunta correcta no sea: «¿Por qué se fue?».

Tal vez la pregunta sea otra.

¿Qué ocurrió para que alguien que quería quedarse terminara marchándose?

Esa es la pregunta incómoda.

Y también la única que permite aprender algo de las despedidas.

¿Tú qué opinas?