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Geopolítica Parroquial

Las Encuestas y el Espejismo de la Segunda Vuelta

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Por: Víctor Rodríguez Fajardo, El Man del Sombrero

A una semana exacta de que este país defina si se entrega al diseño institucional del penalista Abelardo de la Espriella o si le da las llaves de la Casa de Nariño al filósofo de la izquierda, Iván Cepeda, los colombianos entramos en ese territorio donde la política deja de ser pronóstico y empieza a ser pulso.

Se cerró el grifo legal de las encuestas y las firmas nos dejaron la última ración de números sobre la mesa. Una fotografía que muchos quieren vender como veredicto anticipado del 21 de junio, pero que cualquiera con dos dedos de frente —y con alguna noción de cómo se mueve la política parroquial en nuestras regiones— sabe que debe mirarse con el mismo beneficio de la duda con el que se mira un billete de cien mil en fiesta de pueblo.

Hagamos memoria fresca, que para eso sirve el retrovisor. El pasado 31 de mayo, las firmas encuestadoras del país sufrieron una de sus peores pálidas colectivas. Nos pintaron un mapa fragmentado, hablaron de tercios y cuartos, y al final el electorado les pegó una vaciada monumental en las urnas. Nadie dimensionó del todo el colapso de la derecha tradicional, con Paloma Valencia reducida a una votación lánguida, ni la velocidad con la que la masa del voto antipetrista terminó metiéndose en el bolsillo de De la Espriella para catapultarlo a la primera línea de la segunda vuelta.

Las encuestas en Colombia ya no son un espejo de la realidad. Son, en el mejor de los casos, una brújula imantada: sirven para orientarse, pero no para caminar con los ojos cerrados.

Con ese filtro de sospecha obligatoria, el inventario final deja una señal dominante y una advertencia.

La señal: De la Espriella llega a la última semana por encima de Cepeda en las mediciones conocidas antes de la veda.

La advertencia: no todas las encuestas cuentan la misma historia sobre el tamaño de esa ventaja.

Unas dibujan una distancia cómoda, de esas que invitan a los ganadores prematuros a sacar pecho en redes sociales. Otra, más estrecha, recuerda que en Colombia el voto no se gana en PowerPoint, sino con cédula, transporte, testigos, disciplina territorial y sol en la nuca.

El espejismo de los tres mosqueteros

Si uno mira el cuadro general por encima, la primera conclusión es simplista: De la Espriella podría mandar a medir las cortinas del Palacio. Las tres mediciones finales lo ponen arriba. Pero el diablo está en los detalles, en las metodologías y, sobre todo, en lo que las encuestas no alcanzan a medir.

Por un lado, está el bloque de los optimistas de la derecha. Allí aparecen las firmas que muestran una ventaja cercana a los ocho puntos para el candidato del sombrero, el pañuelo y el discurso de orden. Bajo ese escenario, el antipetrismo habría terminado de hacer su tarea: cerrar filas, tragarse antiguas diferencias y convertir el miedo, la rabia o el cansancio con el gobierno actual en voto útil. Si esa fotografía es la correcta, Cepeda no solo estaría enfrentando a un candidato, sino a una corriente emocional de rechazo que se compactó más rápido de lo previsto.

Pero la fiesta se le agua al establecimiento cuando aparece la medición más estrecha. Esa lectura no declara un empate, pero sí recuerda que todavía hay partido. En el idioma de los estadísticos, una diferencia corta obliga a mirar margen de error, participación e indecisos. En el idioma de la calle, significa que la moneda sigue girando en el aire y que nadie debería cantar victoria antes de tiempo, porque en Colombia más de un favorito ha salido con cara de velorio a las cinco de la tarde.

El asunto de fondo no es si las encuestas se equivocan por maldad, por torpeza o por mala suerte. El punto es más sencillo: las encuestas miden intención, no ejecución. Preguntar por quién va a votar una persona no es lo mismo que saber si esa persona se levantará temprano, si tendrá transporte, si aguantará la fila, si su mesa estará lejos, si el aguacero la frenará, si el líder del barrio la llamó o si el miedo a perder la empujará a salir.

Ahí es donde la democracia deja de ser estadística y vuelve a ser carne y hueso.

Las tres tuercas que las encuestas no saben apretar

A estas alturas, la intención de voto gruesa ya está cocinada. Lo que queda por definir no son tanto las opiniones como las acciones. Y hay tres variables subterráneas que las muestras, las llamadas, los formularios y los algoritmos no siempre logran meter en su calculadora.

La primera es el Caribe y el aceite de las estructuras.Aquí es donde la puerca tuerce el rabo. Bogotá, el Pacífico, Antioquia, el Eje Cafetero y el centro del país tienen tendencias distintas, pero la joya de la corona vuelve a ser el Caribe colombiano. No porque vote como un solo bloque —esa fantasía se la dejamos a los opinadores de escritorio—, sino porque en esta región la política todavía se mueve con una mezcla de identidad, maquinaria, liderazgo local, transporte, afectos y memoria electoral.

Las encuestas asumen que el ciudadano vota solamente por opinión. En estas tierras, además de la opinión, cuenta la logística del domingo. Cuenta quién llama. Cuenta quién mueve. Cuenta quién vigila. Cuenta quién tiene estructura viva y quién solo tiene tendencia en redes. El candidato que logre articular liderazgos locales y convertir simpatía en participación real bajo el sol del 21 de junio puede desequilibrar una balanza que, vista desde Bogotá, parece más limpia de lo que realmente es.

La segunda es la psicología del preconteo. Tras los ruidos, acusaciones y suspicacias que dejó la primera vuelta, el ambiente institucional llega crispado. El discurso sobre garantías, software, testigos, transparencia y respeto a los resultados no será un asunto técnico escondido en una rueda de prensa: será parte de la emoción electoral de las últimas 72 horas.

La confianza en el árbitro puede movilizar. La desconfianza también. Un sector puede salir a votar para «blindar» una victoria que cree cercana. El otro puede hacerlo para impedir que le «arrebaten» una remontada que considera posible. En elecciones polarizadas, el miedo no solo paraliza: también empuja.

La tercera es la diáspora. Desde mañana lunes comienza la votación en el exterior, y ese goteo de votos desde Miami, Madrid, Santiago, Panamá, Nueva York y tantos otros puntos del mapa no se debe mirar como decoración estadística. No define solo, pero puede pesar. Sobre todo en una elección donde cada punto cuenta y donde las campañas entienden que la patria también vota desde la nostalgia, desde el bolsillo, desde la rabia o desde la distancia.

El voto exterior no sale con suficiente nitidez en muchas encuestas caseras, pero existe, se mueve y habla. Y en esta recta final cualquier caudal, por pequeño que parezca, puede terminar convertido en bisagra.

La trampa del triunfalismo

El mayor riesgo para De la Espriella no es Cepeda: es el exceso de confianza de los suyos. Cuando una campaña cree que ya ganó, baja la guardia. Cuando el elector siente que su voto no hace falta, se queda en la casa. Y cuando las estructuras huelen victoria segura, a veces confunden entusiasmo con disciplina.

El mayor riesgo para Cepeda, en cambio, es creer que la épica de la remontada se decreta desde una tarima. Su base es sólida, resistente y emocionalmente cohesionada, pero necesita crecer fuera de su zona natural. Necesita hablarle no solo al convencido, sino al dudoso; no solo al militante, sino al ciudadano que no quiere sermón sino certezas. La izquierda no puede ganar esta segunda vuelta solo con identidad. Necesita persuasión, organización y una participación casi quirúrgica.

De la Espriella llega con viento de cola. Cepeda llega con una base que no se desmorona. Uno tiene la ventaja de la inercia; el otro, la obligación de convertir resistencia en expansión. Esa es la pelea real.

El veredicto del sombrero

Las encuestas de esta semana sirvieron para lo que sirven: para que las campañas sacaran pecho, para que los inversionistas políticos calmaran la ansiedad y para que los opinadores llenáramos cuartillas tratando de leerle las líneas de la mano al electorado.

Nos dieron un punto de referencia, sí. Pero no nos dieron el destino final.

Porque entre el Excel de un estadístico en Bogotá y el tarjetero en la mano de un ciudadano en la periferia hay un abismo que ninguna ficha técnica termina de explicar. Una cosa es decir «voy a votar» y otra muy distinta es aparecer en la mesa. Una cosa es liderar una encuesta y otra, muy diferente, es ganar una elección.

Abelardo de la Espriella entra a la última semana con ventaja política, emocional y narrativa. Iván Cepeda entra con una base sólida, una posibilidad estrecha y la obligación de jugar perfecto. La elección no está congelada, pero tampoco está virgen: tiene tendencia, tiene tensión y tiene territorio por disputar.

La única encuesta que de verdad importa empezará a escribirse el domingo a las cuatro de la tarde. Y esa no se responde con un clic ni contestando el teléfono. Se responde con la cédula, con la fila, con la conciencia y con ese viejo ritual democrático que, a pesar de todo, sigue siendo más poderoso que cualquier pronóstico.

Nos vemos en las urnas.