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Después del terremoto: Aprender sin pagar el costo humano

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Por Eduardo Vélez Soto

El lunes 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana, un sismo de magnitud 7,4 con epicentro en San José del Palmar, Chocó, movió al país entero. Una semana después las cifras siguen cambiando cada mañana, y eso ya dice algo del país que somos. El reporte de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres del 17 de agosto habla de 287 personas fallecidas, 4.147 heridas, 194 desaparecidas y cerca de 186.000 afectadas en 15 departamentos y 472 municipios. En vivienda el balance es de 127.608 casas averiadas, 26.392 destruidas y 197 edificios colapsados. Pereira, Cali, Manizales y Armenia amanecieron con edificaciones en el piso, hospitales fuera de servicio y familias en la calle. El Gobierno declaró la emergencia económica, creó el llamado Fondo Milagro para canalizar recursos nacionales e internacionales y anunció subsidios de arriendo para quienes no pueden volver a su casa.

Santa Marta no tembló esta vez. La pregunta incómoda no es si Colombia vuelve a temblar, porque va a temblar, sino qué haría esta ciudad si el epicentro estuviera al lado. Ahí está la utilidad de leer la tragedia del suroccidente en clave ex ante: no como noticia ajena, sino como un simulacro que otros pagaron con la vida.

Aquí también tiembla

Existe una idea muy cómoda en el Caribe colombiano: que este es un territorio sísmicamente tranquilo. La norma dice lo contrario. La NSR-10 clasifica a Santa Marta en zona de amenaza sísmica intermedia, con una aceleración de diseño Aa de 0,15 g, (las edificaciones recibirán un empujón lateral igual al 15% de su propio peso.) y es el único municipio del Magdalena en esa categoría. La ciudad está atravesada por dos sistemas de fallas activas, el de Oca y el de Bucaramanga-Santa Marta, y se ubica al sur del Cinturón Deformado del

Caribe, donde la placa Caribe interactúa con la suramericana. Investigaciones publicadas en Dialnet atribuyen a la falla de Oca cerca del 70 % de la amenaza sísmica de la zona. La directora de Geo amenazas del Servicio

Geológico Colombiano ha señalado que Santa Marta es una de las capitales con mayor amenaza sísmica del Caribe por la presencia de esas dos fallas.

No es especulación académica. El 22 de mayo de 1834, a las tres de la madrugada, un sismo de magnitud 6,4 y diez kilómetros de profundidad dejó casi todas las edificaciones de Santa Marta en ruinas, con más de cincuenta réplicas en los cinco días siguientes que se extendieron hasta junio. Fue el evento que cambió la fisonomía urbana de la ciudad y explica en parte por qué una de las ciudades más antiguas de América tienetan poco casco colonial en pie. Han pasado 192 años. En ese lapso Santa Marta multiplicó su población, urbanizó laderas sin control, levantó torres frente al mar y llenó el centro histórico de edificaciones antiguas sin reforzamiento estructural. La amenaza es la misma de 1834. La exposición y la vulnerabilidad son incomparablemente mayores.

La factura de improvisar

La gestión del riesgo es un ciclo que no empieza cuando la tierra se mueve: identificación del riesgo, reducción, preparación, protección financiera y recuperación resiliente. El sismo de agosto muestra lo que pasa cuando el país invierte casi todo en las dos últimas etapas. Las primeras estimaciones del costo lo dicen sin diplomacia. BTG Pactual calculó que la reconstrucción exigiría un esfuerzo inicial cercano al 1 % del PIB, unos 20 billones de pesos o 6.350 millones de dólares. El Servicio Geológico de Estados Unidos ubica el escenario más probable de pérdidas entre 1.000 y 10.000 millones de dólares, con un techo del 7 % del PIB. Ninguna de esas cifras incluye el duelo.

Para Santa Marta la lección ex ante es concreta y cabe en cuatro decisiones. Contratar y publicar el estudio de microzonificación sísmica del distrito, incluyendo barrios de ladera y centro histórico, porque sin él el ordenamiento territorial es un ejercicio de fe. Verificar en obra el cumplimiento de la NSR-10, con atención particular a la autoconstrucción y a las edificaciones indispensables: hospitales, colegios, estaciones de bomberos. Evaluar la vulnerabilidad estructural de esas edificaciones indispensables y programar su reforzamiento con plazos y presupuesto, no con buenas intenciones. Y diseñar hoy la protección financiera del distrito, con reservas, seguros y transferencia de riesgo, en lugar de esperar un fondo de emergencia que

llegue después del entierro.

Falta la mitad de la tarea, y es la que casi nunca aparece en los planes. Los planes de reconstrucción priorizan vivienda, vías, hospitales y colegios. El tejido social queda de último, cuando queda. La experiencia colombiana, de Armero al eje cafetero y a Mocoa, muestra comunidades reubicadas con casas nuevas y vínculos rotos, economías locales que tardan años en volver a caminar y una desconfianza institucional que se hereda entre generaciones. Sanar lo social significa reconocer el duelo colectivo como asunto de salud pública, sostener las redes comunitarias que el desastre fragmenta y aceptar que una reconstrucción decidida en un escritorio de Bogotá se convierte, casi siempre, en una imposición técnica ajena a la forma de vivir de la gente.

En Santa Marta eso tiene nombres propios: las juntas de acción comunal, los pescadores del Rodadero y Taganga, las familias de los cerros, los colegios, las universidades, los gremios del turismo. No como beneficiarios de un plan que ya viene escrito, sino como coautores de la estrategia de resiliencia del distrito.La ciudad tiene hoy algo que el eje cafetero no tuvo: la posibilidad de aprender sin pagar el costo humano.

Desperdiciarla, repitiendo que aquí no tiembla tan fuerte, sería la forma más costosa de administrar una ciudad. Reconstruir lo físico y sanar lo social no son etapas posteriores al desastre. Son las dos tareas que deberíamos estar haciendo esta semana, antes de que la tierra vuelva a decidir por nosotros.

Dr. Eduardo Vélez Soto es Doctor en Gestión Integral del Riesgo de Desastres y Protección Civil, con más de 35 años de experiencia técnica y operativa en gestión del riesgo, resiliencia comunitaria y respuesta humanitaria en América Latina y el Caribe. Ha sido consultor para la ONU (UNDRR), CEPREDENAC y USAID, y actualmente es docente disciplinar en Gestión Integral del Riesgo de Desastres en UNICI México, la Universidad de Tegucigalpa y la Defensa Civil Colombiana. ORCID: 0009-0009-5046-3891. Contacto:

velez.rescue@gmail.com.