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Geopolítica Parroquial

La Transición del Show: la batalla por la legitimidad entre Petro y De la Espriella

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Por Víctor Rodríguez Fajardo

Colombia no está ante un golpe de Estado ni una ruptura formal del orden constitucional. Está en una crisis de legitimidad política en pleno proceso de transición presidencial. El problema no es la ausencia de reglas, sino la disputa por el significado de esas reglas.

El Consejo Nacional Electoral confirmó la victoria de Abelardo de la Espriella sobre Iván Cepeda tras el escrutinio oficial de la segunda vuelta. Existe un presidente saliente, un presidente electo certificado, una fecha de posesión, Congreso entrante y un marco legal para la entrega administrativa. No hay vacío de poder, pero sí una fractura más profunda: medio país discute no solo quién ganó, sino quién tiene derecho a hablar en nombre de Colombia.

Desde ese momento, el tránsito entre el gobierno de Gustavo Petro y el de De la Espriella dejó de ser un trámite técnico para convertirse en una batalla por el relato, la calle, las instituciones y la representación moral de la voluntad popular. Petro y De la Espriella representan proyectos ideológicos opuestos, pero comparten una característica decisiva: ambos entienden la política como espectáculo de alta intensidad.

Petro comunica desde la épica de la resistencia, la movilización popular y la denuncia histórica. Su lenguaje convierte cada revés institucional en una batalla moral, donde el poder popular no se agota en las urnas; continúa en la calle, en la presión y en la disputa permanente contra las élites. De la Espriella, en cambio, se presenta como restaurador del orden. Su estética es la del outsider de derecha: mano dura, autoridad, castigo y ruptura con el viejo sistema. Su discurso busca no solo anunciar un gobierno, sino instaurar una corrección histórica frente al petrismo.

La diferencia ideológica es evidente, así como la similitud comunicacional. Ambos convierten al adversario en amenaza existencial y necesitan mantener a sus bases en estado de alerta, administrando la polarización como combustible político. La transición, por ende, enfrenta no solo dos proyectos de país, sino dos formas de dramatizar el poder.

La estrechez del resultado abrió una zona de ambigüedad que el petrismo ha intentado convertir en causa política. Aunque el árbitro electoral declaró ganador a De la Espriella, la narrativa del fraude permite mantener viva la idea de que la elección no terminó realmente. Esa es la esencia del “empate emocional”: no se trata de un empate jurídico, sino de una estrategia para impedir que la derrota se cierre simbólicamente.

Petro ha desconocido públicamente la legitimidad de la victoria de De la Espriella, insistiendo en presentar a Iván Cepeda como verdadero ganador. Su ambigüedad es calculada: por un lado, reconoce la existencia de un gobierno entrante; por el otro, desafía su legitimidad moral. De la Espriella, por su parte, elevó el conflicto al suspender el empalme, transformando una disputa discursiva en una crisis administrativa.

Este es el punto más delicado de la transición. Petro intenta no salir como derrotado histórico, mientras De la Espriella busca entrar como restaurador de un orden quebrado. Uno necesita convertir la salida en resistencia, el otro, la entrada en mandato de autoridad.

La pregunta sobre el rol de Iván Cepeda es fundamental. ¿Dónde queda en esta batalla? El candidato derrotado parece haber sido desplazado por Petro dentro de la narrativa poselectoral. Si acepta el resultado, incomoda el relato del desconocimiento; si lo controvierte, queda atrapado en una estrategia que ya no controla del todo. Cepeda es el nombre que Petro invoca, pero no necesariamente el actor que dirige la escena.

Esta ausencia dice mucho. La disputa no es solo por la Presidencia, sino también por el liderazgo de la oposición que nace. La izquierda perdió el poder, pero la batalla inmediata parece estar siendo conducida por quien sale de la Casa de Nariño, no por quien fue candidato.

La suspensión del empalme no elimina las obligaciones institucionales. La ley establece deberes de entrega, informes de gestión y responsabilidades para los funcionarios salientes. El problema no es que el Estado carezca de mecanismos, sino que la política puede volver hostil cada instrumento. Actas, cifras y archivos incompletos pueden convertirse en munición: prueba de corrupción para unos, persecución política para otros.

El 20 de julio será la primera gran escena. Ese día se instala el nuevo Congreso y Petro pronunciará su último mensaje ante el Legislativo. No será una ceremonia más, sino una medición de fuerzas. Petro intentará hablarle a la historia, mientras De la Espriella intentará demostrar que la historia ya cambió. El Congreso medirá la gobernabilidad del presidente electo antes de su posesión, mientras la calle evaluará cuánto liderazgo conserva Petro sobre una izquierda herida.

También vuelve el fantasma de la Primera Línea. No conviene afirmar que regresará como si Colombia estuviera condenada a repetir 2021; eso sería más profecía que análisis. Pero su símbolo reaparece en el lenguaje político. Para la derecha, representa caos y bloqueo; para la izquierda, la movilización sigue siendo una herramienta legítima de presión. El riesgo está en que toda protesta sea leída como insurrección y toda respuesta estatal como persecución, cerrando un círculo peligroso donde cada bando encuentra en el exceso del otro la prueba de que tenía razón.

Las Fuerzas Militares no pueden tomar partido. No son deliberantes, pero estarán en el centro simbólico de la transición: orden público, ceremonias y expectativa de continuidad estatal. Su papel debe ser más simple y más difícil: obedecer la Constitución, proteger el orden y mantenerse fuera de la disputa partidista.

El 7 de agosto habrá posesión, pero no reconciliación. De la Espriella llegará con una narrativa de restauración; Petro saldrá con una narrativa de resistencia. Cepeda, aunque opacado, quedará como referente de una oposición con bancada, calle y causa moral.

Colombia no está ante un vacío de poder; está en una disputa por el significado del poder. El verdadero desafío no será evitar el conflicto, sino impedir que se convierta en un método permanente de gobierno y oposición. La legitimidad no puede quedar secuestrada por la calle ni por el miedo. Si el país no logra tramitar esta transición con responsabilidad democrática, el 7 de agosto no será el final de la crisis, sino su ceremonia de apertura.