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Santa Marta ante El Niño: declarar a tiempo no basta

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El 9 de julio el IDEAM publicó el Comunicado Especial No. 074, y sus cifras merecen leerse despacio. Hay más del 97 % de probabilidad de que El Niño siga con nosotros hasta el primer trimestre de 2027, y un 81 % de que entre octubre y diciembre alcance la categoría de «muy fuerte». Si eso se confirma, estaremos ante uno de los eventos más intensos registrados desde 1950, en la misma liga de 1997-98 y 2015-16. Quien tenga memoria de esos años sabe de qué estamos hablando.

Santa Marta, hay que decirlo, se movió antes. El 12 de junio, casi un mes antes del comunicado, el Distrito declaró la calamidad pública. Fue la primera ciudad de Colombia en hacerlo. El termómetro marcaba 37,2 °C, casi cuatro grados por encima del promedio histórico, y los dos ríos que abastecen a la ciudad ya venían en caída. Declarar antes del desastre y no después es lo que la gestión del riesgo predica desde hace décadas y lo que tan pocas veces se practica en este país. Eso merece reconocerse.

Pero la declaratoria no es la obra. Es el permiso para hacerla. Y ahí empieza el problema.

Las medidas que hoy están sobre la mesa (las prohibiciones de uso del agua de la Resolución 1303 de CORPAMAG, los 18 pozos rehabilitados que aportan 390 litros por segundo, los dragados en caños y en el río Sevilla) responden al estrés que ya vivimos.

El comunicado del IDEAM, en cambio, describe una amenaza de otra escala, con su pico entre octubre y diciembre. En la distancia entre una cosa y otra se define el futuro inmediato de esta ciudad.

Miremos los números. El río Manzanares ya perdió cerca del 50 % de su caudal y el Piedras anda por el 32 %. Los pozos de emergencia tapan parte del hueco, sí, pero los acuíferos costeros también se agotan cuando se sobreexplotan, y en la costa se salinizan. En julio, una retroexcavadora de un contratista rompió la línea de conducción de 28 pulgadas el sector de La Piragua y dejó a 19.372 usuarios de 58 barrios del centro con el suministro disminuido o cortado. Días antes, la comunidad aledaña había cerrado la captación del río Piedras exigiendo una revisión estructural del canal.

Si con El Niño todavía en desarrollo el sistema se tensiona así, ¿qué nos espera en noviembre?

El comunicado dedica una sección completa a la salud: olas de calor, deshidratación e
insolación en niños y adultos mayores, más dengue, zika y Chikunguña, brotes por agua
escasa o contaminada.

Y esa es justamente la dimensión donde el Distrito menos muestra trabajo. No se ven protocolos de calor en colegios ni en centros de salud.

No se ve vigilancia entomológica reforzada. No se ve un esquema de protección para la Zona Bananera, cuya gente vive del agua que hoy se raciona por turnos.

El telón de fondo tampoco ayuda. Hace dos semanas escribí en este mismo espacio
sobre el incendio de Isla Salamanca, y vale repetirlo: la Ciénaga Grande no llega a este
Niño como un ecosistema sano, sino como un paciente en cuidados intensivos, con crisis ambiental y social declarada desde enero y pescadores protestando sobre la vía.

La Sierra Nevada suma en promedio 63 incendios forestales en lo que va de 2026, y la temporada crítica ni siquiera ha empezado. Cuando un fenómeno extremo cae sobre ecosistemas ya degradados, el impacto no se suma. Se multiplica.

Hay una paradoja que debería inquietarnos más de lo que nos inquieta. Mientras
gestiona la sequía, la administración estudia prorrogar la calamidad por erosión costera,
y en junio la tormenta tropical Cristina obligó a suspender clases. El Caribe ya no vive los extremos en fila, primero la sequía y después las lluvias: los vive al mismo tiempo.

Nuestros planes de contingencia, pensados para amenazas ordenadas y sucesivas, no
fueron diseñados para eso.

Entonces, la pregunta de fondo: ¿puede una ciudad que improvisa su abastecimiento en
cada Niño convertir una calamidad declarada a tiempo en resiliencia permanente?

Elcomunicado le da al Distrito entre 60 y 90 días antes del pico. Alcanzan para proteger y monitorear los acuíferos que hoy nos salvan y mañana pueden colapsar; para ponerlenombre y apellido a un protocolo de salud por calor extremo; para diseñar la salvaguardaalimentaria de la Zona Bananera.

Y alcanzan para empezar a tratar a la Ciénaga Grande como lo que es, la infraestructura natural de seguridad hídrica de este departamento, y no como una postal.

Santa Marta ya demostró que sabe declarar a tiempo. Le toca ahora demostrar que sabe construir a tiempo, que son cosas distintas, y en esa diferencia se define si administramos emergencias o gobernamos el riesgo. El reloj del Niño 3.4 ya corre. Esta vez no podemos decir que no nos avisaron.

 

Eduardo Vélez Soto

Doctor en Gestión del Riesgo de Desastres y Protección Civil