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Territorio & Poder

LA FIESTA DEL MAR: UNA FIESTA QUE SUCEDE “ALLÁ”

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Barranquilla convirtió su carnaval en industria cultural; Valledupar hizo del vallenato una marca universal, y Mompox consiguió que el poder nacional viajara hasta su festival. Santa Marta, pese a tener una celebración más antigua y un escenario incomparable, todavía no logra que la Fiesta del Mar sea una construcción permanente de toda la ciudad.

 

Por Víctor Rodríguez Fajardo

En Santa Marta hay una palabra que explica mejor que cualquier informe oficial la distancia entre la Fiesta del Mar y buena parte de sus habitantes.

Esa palabra es “allá”.

—¿Vas para la Fiesta del Mar?

—Vamos a ver qué hacen allá.

“Allá” es la bahía, el centro histórico, la marina, las tarimas y las recepciones. Desde muchos barrios, la gente sale a descubrir qué artista contrataron, dónde será el concierto y con qué novedad intentará sorprenderla la Alcaldía.

Sale a ver la fiesta. No necesariamente a encontrarse con una celebración que ayudó a construir.

La diferencia parece semántica, pero es cultural y política: no es lo mismo asistir que pertenecer.

EL CARIBE QUE APRENDIÓ A CELEBRARSE

No hace falta salir del Caribe para entenderlo.

En Barranquilla, el Carnaval existe antes de la Batalla de Flores. Vive en los ensayos de comparsas, los talleres de disfraces, las danzas, las letanías, los artesanos y las familias que transmiten tradiciones.

Cartagena extiende sus Fiestas de Independencia mediante preludios, cabildos y comparsas en barrios y corregimientos. Valledupar sostiene el Festival de la Leyenda Vallenata sobre una comunidad de músicos, compositores y familias que mantienen vivo el género cuando termina la programación oficial.

Mompox integró el jazz con sus plazas, iglesias, artesanías, gastronomía, historia y paisaje ribereño. Durante esos días no ofrece únicamente conciertos: ofrece la experiencia de estar en Mompox.

Eso no significa que en aquellas ciudades hayan desaparecido la desigualdad, los palcos o las disputas por los recursos. Significa algo más concreto: construyeron comunidades de hacedores, símbolos reconocibles y actividades que sobreviven al espectáculo central.

Barranquilla se disfraza. Cartagena recuerda su independencia. Valledupar corona al mejor acordeonero. Mompox convierte su patrimonio en escenario.

¿Y Santa Marta qué hace con el mar?

EL MAR QUE FUE PERDIENDO LA FIESTA

La Fiesta del Mar nació en 1959 con una idea sencilla y poderosa: celebrar la relación de Santa Marta con el agua.

Los registros recuperados por Señal Memoria muestran que sus primeras ediciones giraron alrededor de competencias náuticas, exhibiciones deportivas y un juramento simbólico a Neptuno. La fiesta reafirmaba la identidad de una ciudad portuaria determinada por el Caribe.

Después llegaron los reinados, los desfiles, los conciertos y las transmisiones televisivas. No hubo una fecha exacta en la que la celebración perdiera su centro. Fue una transformación gradual: esos componentes dejaron de acompañar el relato marítimo y comenzaron a dominarlo.

La Capitanía, los deportes acuáticos y las embarcaciones permanecieron, pero perdieron capacidad para definir la fiesta. Santa Marta terminó organizando una celebración cada vez más parecida a muchas otras: reinado, desfile, artistas nacionales, zona VIP y tarima.

El nombre siguió hablando del mar.

La programación empezó a hablar principalmente del espectáculo.

Cada administración cambia el lema, los operadores, los artistas y las prioridades. Cuando termina la última presentación, se desmontan las tarimas y la fiesta desaparece hasta que el siguiente funcionario vuelve a convocarla.

Santa Marta ha intentado corregir esa distancia mediante capitanías populares, desfiles folclóricos, actividades en los barrios y agendas culturales alternativas. Hay samarios que participan como artistas, gestores, emprendedores y productores. La ciudad no está dividida mecánicamente entre una élite que organiza y un pueblo que observa.

El problema está en la proporción y la continuidad.

Llevar una tarima a un barrio descentraliza el espectáculo. Trabajar durante meses con sus artistas, pescadores, cocineras, jóvenes y organizaciones descentralizaría la fiesta.

MOMPOX: LA FIESTA BEBÉ QUE CONVOCÓ AL PODER

El caso de Mompox vuelve incómoda la comparación.

En 2026, su Festival de Jazz apenas llegó a la duodécima edición. Es un bebé frente a las más de seis décadas de la Fiesta del Mar. Además, Mompox tiene menor capacidad hotelera, conectividad aérea limitada y un acceso terrestre que todavía exige tiempo y paciencia.

Santa Marta posee aeropuerto internacional, puerto, amplia infraestructura turística y reconocimiento como uno de los grandes destinos vacacionales de Colombia.

Sin embargo, el 4 de septiembre de 2026, en pleno FestiJazz, Mompox recibió al presidente de la República y a mandatarios departamentales convocados a la Cumbre de Gobernadores. Allí se discutieron descentralización, finanzas territoriales, salud, regalías, energía y seguridad. La Gobernación del Magdalena confirmó la participación de la gobernadora Margarita Guerra.

Durante algunas horas, el poder político del país se trasladó hasta Mompox.

El pequeño distrito no salió a buscar al poder.

Consiguió que el poder fuera hasta él.

En esa misma edición hubo conciertos gratuitos, gastronomía, artesanías, agenda académica y un Campamento de Jazz para 30 músicos jóvenes. En doce ediciones, Mompox reunió cultura, formación, economía, patrimonio y política.

Su mayor resultado no consiste solamente en llenar plazas. Consiste en haber conquistado centralidad.

La infraestructura facilita llegar.

El prestigio obliga a estar.

MOVER DINERO NO BASTA

La Fiesta del Mar sí produce movimiento económico. El Distrito estimó más de $115.000 millones en 2025 y cerca de $106.000 millones en 2026. Hoteles, restaurantes, transportadores, comerciantes, artistas y vendedores se benefician durante la celebración.

Pero Santa Marta ya es un destino turístico y la fiesta coincide con el aniversario de fundación y una temporada de viajes. Parte de quienes llegan durante esos días habría visitado la ciudad aunque no existieran conciertos, desfile ni Capitanía.

El propio balance de 2025 señaló que el 40 % de los visitantes viajó principalmente por la Fiesta del Mar. En Mompox, el estudio de la Cámara de Comercio de Cartagena indicó que el 85 % de los consultados llegó motivado por el FestiJazz.

Mompox no recibió simplemente turistas mientras realizaba un festival: recibió turistas porque realizaba el festival.

Las cifras económicas de Barranquilla, Valledupar, Mompox y Santa Marta no son directamente comparables. Las ciudades tienen escalas diferentes y las entidades no utilizan necesariamente las mismas metodologías. La discusión, por tanto, no debe reducirse a quién anuncia más millones.

La pregunta relevante es cuánto movimiento no habría existido sin la fiesta y cuánto permanece en el territorio.

Si los principales artistas, operadores y proveedores son externos, una parte de la inversión sale de Santa Marta cuando se apagan los equipos. El verdadero impacto consiste en crear una economía cultural propia, fortalecer a los hacedores locales y dejar capacidad instalada durante todo el año.

No debemos negar los $106.000 millones.

Debemos preguntar cuánto produjo realmente la Fiesta del Mar y qué quedó en la ciudad después de celebrarla.

UNA FIESTA QUE PIENSE Y CONVOQUE

Las celebraciones vecinas no terminan en el licor y el “¡juepajé!”. También forman artistas, conservan archivos, generan investigaciones y transmiten saberes.

Santa Marta posee un objeto de estudio excepcional: el encuentro entre la Sierra Nevada y el mar; las culturas indígenas; la pesca; el puerto; el turismo; la biodiversidad y más de cinco siglos de historia urbana.

La Fiesta del Mar podría sostener una Cátedra del Mar con dirección académica, presupuesto y memoria editorial. No otro conversatorio perdido dentro de la programación, sino un proceso anual capaz de producir documentales, archivos orales, investigaciones escolares y propuestas de política pública.

También debería convertirse en el momento del año en que Santa Marta convoque al Gobierno nacional, las ciudades costeras, los gobernadores del Caribe, las universidades y los sectores productivos para discutir puertos, turismo, economía azul, seguridad marítima, erosión costera y protección de la Sierra Nevada.

No como un congreso pegado artificialmente a una parranda, sino como consecuencia de una celebración que se toma en serio el mar.

TRES DECISIONES

La Fiesta del Mar no necesita otro catálogo de deseos. Necesita tres decisiones verificables.

La primera es crear una organización permanente, con participación pública, privada, académica y comunitaria, obligada a rendir cuentas y trabajar durante todo el año. El informe distrital de 2017 ya incluyó una corporación para coordinar fiestas y festivales. El avance reportado fue cero.

La segunda es invertir la dirección de la celebración. No llevar actividades aisladas desde el centro hasta los barrios, sino financiar procesos que nazcan en Pescaíto, Bastidas, Gaira, Mamatoco, Taganga, La Paz, Bonda y los demás territorios. Sus mejores expresiones desembocarían después en la bahía.

La tercera es recuperar un acontecimiento marítimo imposible de confundir con cualquier otro festival: embarcaciones, destrezas náuticas, pescadores, capitanas, comunidades indígenas, ciencia, música y barrios encontrándose sobre el mar.

Sin una institución, cada gobierno seguirá inventando su fiesta.

Sin los barrios, continuará siendo una programación con público.

Sin un símbolo marítimo poderoso, seguirá llamándose Fiesta del Mar sin que el mar vuelva a ser su verdadero protagonista.

DE “ALLÁ” HACIA AQUÍ

El día en que una comparsa marina nazca en Bastidas; una cocinera de Gaira represente a su comunidad; un pescador de Taganga transmita su conocimiento; una universidad publique los resultados de la Cátedra del Mar, y un ministro viaje porque las decisiones marítimas del país se discuten en Santa Marta, la ciudad habrá comenzado a transformar su celebración.

Ese día la gente ya no saldrá de su barrio para preguntar qué están haciendo “allá”.

Llegará a la bahía a mostrar lo que construyó aquí.

¿Cómo puede una ciudad rodeada de mar llevar más de seis décadas celebrándolo sin haber conseguido que su fiesta le pertenezca plenamente?

Santa Marta no necesita llevar más espectadores a la Fiesta del Mar.

Necesita devolverles la fiesta a los samarios.