Editorial
SI JUANCHO POLO CANTARA SU HOMENAJE
A 108 años de su nacimiento, celebramos al juglar magdalenense entrando en su mundo de amor, preguntas y acordeón. A su poesía le respondemos con cuatro coplas originales que imaginan su regreso a una parranda en la tierra que lo vio nacer.
Por Víctor Rodríguez Fajardo
A Juancho Polo Valencia habría que celebrarlo con una silla desocupada junto a los músicos. Dejarle sitio para que acomode el acordeón y mire quiénes llegaron. Imaginemos que aparece con su sombrero ladeado, escucha que están hablando de él y pide el turno. Tendría gracia que, después de tantos homenajes, el homenajeado pudiera meter la cucharada.
Me invitaron a mi fiesta
y llegué de madrugada;
traigo el canto entre las manos
y la pena bien guardada.
Así podríamos imaginar su entrada. Este 18 de septiembre de 2026 se cumplen 108 años del nacimiento de Juan Manuel Polo Cervantes. El Magdalena tiene motivos para pronunciar su nombre con afecto: en las canciones de Juancho quedó una manera nuestra de conversar con lo que se ama y con lo que se pierde.
Basta volver a «Alicia adorada». Allí el dolor se atreve a levantar la mirada y reclamarle al cielo. Cuando Juancho dice «Dios no tiene amigos», uno escucha a un hombre herido que trata de explicarse una ausencia. ¿Cómo puede seguir tan tranquilo el universo si acaba de faltarle la mujer que quería? Esa pregunta, que cada doliente se hace a su modo, encontró en su canto una voz que todavía nos alcanza.
Le pregunté por mi pena
y el cielo siguió callado;
desde entonces mi acordeón
pregunta por todos lados.
Alicia quedó viviendo en la memoria de quienes cantan su nombre. Con ella viajó Flores de María, pequeño pueblo magdalenense convertido en lugar cercano para tantos oyentes. Una canción puede hacer eso: lograr que alguien sienta nostalgia por una tierra que nunca ha pisado y se conmueva por una mujer que nunca conoció.
En esa misma canción, Juancho nos dejó otra manera de mirar la muerte: «to’as las tierras son benditas». Yo escucho allí un consuelo para quien tuvo que enterrar a los suyos lejos de casa. El amor también puede reconocer como propia la tierra donde descansa alguien amado. Cuánto pensamiento cabe en una frase que parece dicha al pasar.
Su imaginación tenía, además, la libertad que sentimos en «Lucero espiritual». Juancho podía levantar los ojos y encontrar un interlocutor donde otros apenas veían una luz. En ese universo suyo, la distancia entre el patio y las estrellas parecía acortarse cuando abría el acordeón. A esa forma de asombro le ofrecemos otra copla:
Le puse oído a la noche
por si un lucero cantaba;
tenía el cielo tan cerca
que el acordeón lo alcanzaba.
Ahí quisiera detener este homenaje: en su capacidad de asombrarse. En la libertad de un hombre para decir el mundo como lo sentía, con el acento de su tierra. Quien escuche sus propias grabaciones encontrará esa voz singular, los giros de su canto y una manera de acompañarse que merece tanta atención como las versiones que después hicieron célebres sus canciones.
Recordarlo desde el Magdalena es reconocer cuánto de nosotros ha viajado en su música. Nuestros pueblos también se cuentan cantando. Y cuando una composición de Juancho vuelve a sonar, algo de aquella conversación sigue abierto: alguien escucha, se reconoce y aprende el nombre del hombre que encontró palabras para lo que también le duele.
Por eso, en este cumpleaños de su memoria, pongamos sus discos y acerquemos a los muchachos. Contémosles quién fue. Dejemos que descubran sus rarezas, que pregunten por sus versos. Una canción que pasa de una generación a otra es una forma concreta de cuidar lo que somos.
Desde Opinión Caribe le guardamos esa silla, con gratitud magdalenense. Y al Juancho que hemos imaginado llegando de madrugada le dejamos también la despedida:
Si preguntan dónde vivo,
no se pongan a buscar:
cuando canten mis canciones,
por ahí me encontrarán.
