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Mi encuentro con Cerati

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Por Víctor Rodríguez Fajardo — El Man del Sombrero

El Caribe no sabe de silencios; sabe de ecos. Hay mañanas en las que el mar no solo se mira: se respira con la pesadez del ron derramado la noche anterior. Era el domingo 15 de octubre de 1995. El Rodadero ardía bajo un sol de plomo que derretía la prisa, mientras el brisote despeinaba los trupillos y hacía crujir las hojas secas de las palmeras. Yo estaba allí, parapetado en la terraza del edificio Iroka, tratando de remendarme el alma y el cuerpo con una hamburguesa grasosa y una cerveza helada que apenas le hacía contrapeso al «guayabo» legendario cosechado en las trincheras de La Escollera.

A esa hora, la playa ya era un hervidero de pieles bronceadas, sudor de coco y pregones. La banda sonora de la calle no entendía de guitarras distorsionadas: mandaban la sabrosura de Rikarena, el lamento del acordeón vallenato y la salsa pesada que retumbaba en las casetas. La poesía era tropical o no era.

Por eso, cuando vi despuntar por el andén a tres siluetas con paso largo y melenas al viento, el marco de la fotografía crujió. Venían desde la esquina de ‘Los Pollitos Dicen’, bordeando el mar con esa elegancia desgarbada que solo da la pampa. Llevaban la piel pálida del viajero, pañoletas apretadas, bufandas desafiantes ante el vapor de nuestra tierra y los colores de la bandera argentina flotando como un estandarte extranjero en pleno trópico. Tres mochileros a simple vista. Tres extraviados del mapa.

Pero al enfocar los ojos, la sorpresa me golpeó en el pecho como una ola de leva. No eran aparecidos. La calle, en uno de sus caprichos más hermosos, me estaba regalando un milagro profano: Gustavo Cerati, Héctor «Zeta» Bosio y Charly Alberti caminaban a ras de piso, pisando el mismo cemento ardiente que pisamos los mortales.

La noche anterior habían dejado su huella en Barranquilla, en un concierto que fue relámpago y despedida para la ‘Curramba’ rumbera. Y ahí estaban ahora, en Santa Marta: los mismos arquitectos de Persiana Americana, los de la furia, los del temblor, caminando en el anonimato más absoluto, convertidos en transeúntes invisibles entre la multitud que solo tenía oídos para el raspa-canilla.

Se me erizó la piel como antena de radio buscando señal, y rompiendo la dictadura de la brisa, pegué un grito seco que retumbó desde la terraza:

—¡Ceratiii!

El tiempo pareció suspenderse un segundo sobre el pavimento. Gustavo detuvo la marcha, giró el torso con la soltura de quien lleva el mundo en los hombros sin que se le note, me miró a los ojos, alzó el brazo en puño de victoria y me regaló un rosario de complicidad gaucha:

—¡Chao, loco!

No hubo flash. No hubo pantalla fría de teléfono para atrapar el instante y venderlo al mejor postor de los likes. En aquellos años noventa, la memoria era un lienzo de piel donde las cosas importantes se tatuaban a fuego lento. Los vi perderse a lo lejos, tragados por el espejismo del mediodía, mientras a unos metros, bajo las palmeras, unos músicos de playa volvían a rasgar las guitarras pidiendo un par de monedas.

Han pasado las décadas, se apagó la voz que nos cambió la vida. Pero cada vez que el sol pega de frente en El Rodadero, me parece escuchar entre el ruido del mar y la brisa ese ¡Chao, loco! flotando todavía, como si el viento caribeño se hubiera negado a soltarlo.

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