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¿Agotando posibilidades?

Opinión Caribe

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Por Rubén Darío Ceballos

Pareciera que cada día y cada vez más el respaldo ciudadano a la democracia es cada vez menor. Existe desencanto e irritación frente a la posibilidad de participación. La apatía es creciente y los resultados en espacios clave para el sistema político y vida cotidiana de las personas, decreciente. No tenemos erigido un modelo de bienestar garante de los derechos humanos. Los gobiernos democráticamente elegidos son incapaces de garantizar la seguridad pública y, lo que es peor, se han implementado reglas del juego que desalientan la participación ciudadana activa y la consolidación de una cultura cívica potente, determinando una dejadez a participar a través de los mecanismos instituidos para el efecto.

Nuestros reportes de participación son bajos, lo que evidencia que, a pesar de lo mucho que está en juego, a la mayoría de las personas les resulta todo indiferente, pareciera no importar quién gana y quién pierde, cuando, en definitiva, quien siempre pierde es la ciudadanía. Resultado: el asunto se torna grave, peligroso, porque se agota así la democracia, hecho que consiste en la incapacidad del sistema, de los grupos, movimientos y partidos políticos de generar liderazgos con la autoridad suficiente para convocar a la cimentación y edificación de un real nosotros. Una democracia sin pueblo, como sostienen muchos politólogos, corre el riesgo de convertirse en un sistema en el que predomina la masa, y no la idea de un pueblo, que, en la diversidad y la pluralidad, se reconoce en torno a un proyecto solidario colectivo.

Caemos en lo frívolo. Sólo mensajes vacuos dirigidos a provocar polarizaciones soportadas en la injuria, el insulto, la afrenta, la ofensa y las acusaciones mutuas, determinando que a la gente no le interese participar en la vida pública, por considerar que ello no tiene ningún sentido, lo que es grave y perverso para la estabilidad democrática. Entre nosotros, ningún partido político tiene una plataforma política ni ideológica soportada en la coherencia, sensatez, correspondencia y compromiso democrático y social plenamente acreditado por sus líderes, lo que nos aprisiona en un sistema que no confronta los intereses creados, ni provoca que se rompan las estructuras de inequidad, desigualdad y pobreza que vivimos.

Es claro, que, en medio de la desesperanza, germine una verdadera democracia y se constituya en un sistema de gobierno respaldado y anhelado por la mayoría, por lo que preocupa, se siga aplazando la construcción de un diálogo nacional verdadero. En oposición, existe una absurda lógica de inercias que sólo generan malestar y una profunda desconfianza, y con ello, la posibilidad de que la violencia y la pobreza sean escenarios posibles en el plazo inmediato; de allí que las opciones para la ciudadanía se agoten, los escenarios de conflicto se profundicen y se obstruyan las salidas, lo que por sí mismo es un llamado de alerta para que los partidos políticos generen los pactos requeridos para transformarnos en unidades territoriales de derechos humanos y oportunidades, y asuman la responsabilidad, ineludible por demás, de ser los principales artífices de un fracaso democrático que termine en hechos de impredecibles consecuencias.

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