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Ventana a la reflexión

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Por Rosario Esther Pisciotti Lara

Santa Marta, aunque no lo crean, tiene unos índices locos, porque los precios son locos. Todo el mundo ha perdido la noción del valor real de las cosas. Las fluctuaciones son convulsivas, siderales.

Las desigualdades económicas son descomunales, antipáticas y escabrosas, la posesión de riquezas prevalecen sobre lo intelectual, se debe conseguir dinero por encima de lo moral y lo estético.

Hay una inversión de valores con fenómenos impresionantes de rapacidad, agresividad, violencia, que desplazan a la honradez y a la ilustración.

A pesar de todo lo anterior, hay abundante oferta laboral, pero nadie quiere trabajar de manera responsable. Hay un desgano para trabajar a salario legal, raquítico ante la remuneración cuantiosa de los funcionarios.

El ambiente fiestero se ha constituido como gran promotor de festivales, hasta para los asuntos serios, que necesitan implementarse no hay planificación, porque ganan las celebraciones, el jolgorio, el comercio ilegal. Como afirma el profesor Rafael Guerra en su obra ‘Escuela en Narcolandia’ ilicitud y opulencia son inseparables.

Así las cosas, estas son causas de una delincuencia atronadora. El Nuevo Código de Policía no abarca la gama de atrocidades que se cometen. Es lamentable ver y escuchar todos los días, que las víctimas y victimarios de la violencia desatada son, en su mayoría, jóvenes. Cuando en los pueblos hay efusión de sangre, por cualquier concepto, es la juventud quien aporta la cuota más grande.

Asesinatos, secuestros, calcinación de cadáveres, extorsiones, corrupción política, violaciones, vendettas entre grupos rivales, líneas imaginarias son frecuentes. La impunidad campea, por tanto, la Autoridad, cuya función es asegurar la vida, honra y bienes de las comunidades, no actúa, se muestra impávida o simula incapacidad para reprimirlos o carece de medios para hacerlo. La justicia también está corroída por este cáncer. Sus representantes sucumben al soborno, son amenazados o ejecutados en sus despachos. No se debe olvidar, que el fallo judicial tardío y vulnerable elimina la fuerza correctiva del castigo.

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