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Cultura

‘House of Cards’ o el fin del sueño americano

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‘Geopolítica de las series’ es un lúcido análisis del investigador Dominique Moïsi que publica en España la editorial Errata Naturae. Este es el quinto capítulo completo.

En la que aún es —¿por cuánto tiempo?— la capital política del mundo, la sombra sucede a la luz y, la una detrás de la otra, van cubriendo los principales monumentos de la ciudad. El director parece haber querido inspirarse en los maestros del claroscuro, como Caravaggio, o en los pintores holandeses del siglo XVII. La imagen se detiene unos instantes sobre las orillas del río Potomac, que atraviesa la ciudad. Se ven unas basuras que sugieren el desorden, por no decir la podredumbre, que se extiende por la capital. «Algo huele a podrido en Dinamarca», decía Hamlet en las primeras líneas de la obra de Shakespeare. ¿Acaso esta misma expresión no puede aplicarse en la actualidad al imperio estadounidense? Y todo ello porque el protagonista de la serie, Frank Underwood, quiere, igual que Macbeth, satisfacer una venganza personal. Cuando las pasiones privadas de los hombres o, simplemente, sus ambiciones personales, prevalecen sobre el sentido del bien común, «desconfiad», parecen decirnos los autores de la serie. Pero ¿este placer en describir el mal es producto de una reacción puritana, de la desesperación ante la crisis de la democracia, o sólo de la voluntad de impresionar para atraer la atención de los espectadores? ¿Hay series sensacionalistas, igual que hay prensa sensacionalista?

Después de los créditos, las primeras imágenes con las que se abre House of Cards son especialmente impactantes y constituyen la mejor de las introducciones para lo que va a seguir. Se oye un golpe. Enseguida se descubre que se trata de un coche que ha atropellado al perro de uno de los habitantes de la distinguida calle en la que se desarrolla la acción. El protagonista de la serie, Frank Underwood, se acerca. ¿Acude al auxilio del perro herido? En realidad, lo mata. ¿Se trata de un acto de compasión de un hombre que quiere abreviar el sufrimiento de un animal condenado, igual que un jinete de un wéstern mete una bala en el cuerpo de su fiel montura para no dejarla indefensa en la naturaleza agreste que los rodea? La metáfora es potente. Ya no hay diferencias entre el salvaje Oeste y la capital de Estados Unidos.

Pero hay otra interpretación posible. Frank Underwood no quiere tanto poner fin al sufrimiento del animal como satisfacer su voluntad absoluta de control sobre el mundo y los seres vivos (animales incluidos) que hay a su alrededor. Con este único fin, todo es posible, todo está permitido, incluido asesinar. La cuestión es no dejarse atrapar y rodearse para ello de una red de hombres o mujeres incondicionales, escogidos en función de sus ambiciones, de su falta total de escrúpulos, cuando no —lo que tal vez sea más importante— a causa de su vulnerabilidad personal, lo que los hace más maleables y manipulables. A esa gente se la puede mangonear. En otros términos, igual que la URSS, o incluso la Rusia de hoy en día, elegía a sus élites a partir de criterios negativos, Underwood se rodea deliberadamente de una suerte de contraélites, de personas elegidas no por sus méritos, sino por sus límites, cuando no por sus vicios y debilidades.

Underwood se nos presenta de inmediato tal y como es, en toda su perversidad. Con el transcurso de las temporadas y su ascenso hacia el poder, se convierte en el maestro relojero, el que decide quién vive o quién muere.

Tomada de El País

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