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Edición Especial

La Santa Marta de los 493 años

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Una ciudad que tiene motivos para presumir de ser la más antigua del continente americano y de sobrevivir al asentamiento español más antiguo de Colombia. Santa Marta fue fundada el 29 de julio de 1525 por el conquistador español Rodrigo de Bastidas, y libró muchas batallas que hoy la convierten en un territorio que lucha por salir adelante y dejar de lado todo aquello que perturba su tranquilidad, por esta razón, hay muchas Santa Martas por contar.

 

Daniela Pirela Wisman

Álvaro Mejía Sánchez

Paola Ramírez Caballero

 

Santa Marta celebra 493 años de fundada y fue uno de los principales puertos de España, razón por la cual estuvo expuesta a constantes ataques piratas y saqueos hasta que Cartagena tomó su lugar como el puerto más importante de la Península Ibérica, dejando por fin a Santa Marta en relativa paz. Y fue hasta el siglo XX que recuperó su posicionamiento como puerto, convirtiéndose en el lugar desde donde el banano y el carbón comenzaron a ser enviados hacia el exterior.

Gratas emociones debió causar a los conquistadores la pintoresca vista de estas playas ignoradas hasta entonces por el Viejo Mundo y habitadas por aborígenes semisalvajes, tal como lo describe Manuel José del Real, en el libro ‘Rasgos Históricos de Santa Marta’. Desde el primer momento de su descubrimiento notaron las grandes ventajas con las que estaban dotadas estas tierras. Una zona circundada por cerros y colinas en el fondo de una amplia y segura bahía de aguas tranquilas y apacibles; un río Manzanares de aguas totalmente cristalinas y al Este la maravillosa Sierra Nevada que propicia toda clase de vegetación por la variedad de su clima, y se le llamó Santa Marta, y con justicia se conoce como la ‘Perla de América’.

Santa Marta acoge con cariño a todos, y por ese rasgo característico de sus habitantes ha recibido el nombre de Ciudad Hospitalaria, puesto que, con cariño y amor recibió al padre de la patria, Simón Bolívar, cuando rechazado, perseguido y cansado de las continuas luchas, llegó a estas playas en las que falleció.

 

LA SANTA MARTA DEL SIGLO XIX

Santa Marta inicia este siglo en un completo atraso económico y urbano, la piratería disminuyó con el ascenso de los Borbón al trono español, Francia se convirtió en una aliada. Las políticas internacionales contribuían a períodos de tranquilidad, aunque Inglaterra quedó como su máxima enemiga; expulsadas las últimas autoridades españolas esta nueva nación se abre al mundo europeo y comienzan los contactos diplomáticos y las ciudades ubicadas en el litoral como Santa Marta, se convierten en el puente de los nuevos mercados.

Santa Marta aspiraba a convertirse en plaza activa de guerra para acceder a las inversiones básicas para su desarrollo y reactivar la actividad portuaria. Fue negada una propuesta de fortificar la ciudad de su gobernador Gregorio de Rosales Troncoso en 1761, para impedir que cayera en manos de los ingleses y pusiera en peligro la seguridad de Cartagena en aquellos tiempos ‘Llave del Reino’ y estandarte orgulloso del poderío español ante el fracaso del inglés Edward Vernon en 1741. El ingeniero militar Antonio de Arévalo truncó sus aspiraciones al dictaminar que «se evidencia que ni la razón de puerto, ni la situación del comercio obligan a que Santa Marta sea plaza de guerra, no debe protegerse por no responder a los gastos que origina».

La ciudad no tenía actividad comercial que contrastara con las posibilidades de desarrollo económico y portuario, debatiéndose entre la corrupción y el comercio ilícito, así lo señala Larry Oliveros, historiador samario. A mediados de la segunda mitad del Siglo XIX, se revaloriza su potencial natural con alternativas en función de su economía, la bahía es resguardada por fortalezas aparentemente respetables para este propósito.

La lucha contra el comercio ilícito, el orden fiscal y los lineamientos económicos impuestos por los Borbón en el siglo anterior permitieron un breve progreso de la ciudad que luego sería interrumpido. Santa Marta asumió su rol de ciudad realista a pesar de la histórica indiferencia de la monarquía, aunque gozaba de su reivindicación en esos momentos.

A principios de este siglo, la ciudad comenzaba a consolidarse urbanísticamente, desde la Plaza de Armas se desprenden calles y callejones que nombran de acuerdo con un hito. La pobreza arquitectónica, reflejo de su pobreza económica, persiste con inmuebles de un piso de mala calidad constructiva de ladrillo, barro y teja.

La ciudad vive un cambio cuando la monarquía española vuelve sus ojos hacia ella, los monarcas Carlos III y Carlos IV contribuyeron a un efímero desarrollo urbano basado en la política tributaria y representado en obras religiosas como La Catedral, el Real Seminario Conciliar y el cementerio; además, obras defensivas como los refuerzos de los fuertes de San Fernando, San Antonio e Isla de El Morro, lo mismo que la construcción del Cuartel de Infantería Fija Veterana.

Las festividades religiosas eran una devoción en el pueblo samario, a su vez se constituían en una entretención: Corpus Christi, Santa Ana, Santa Marta y la Inmaculada Concepción. La monarquía española ordenaba por medio de Cédula Real los festejos en todas las colonias americanas, algún acontecimiento al seno de la familia real como el nacimiento de un heredero, el cumpleaños del monarca, el matrimonio de un miembro de la realeza o la victoria de los ejércitos españoles en Flandes era motivo para el regocijo, gozando el pueblo con toros y comedias en la plaza Mayor. Para estas ocasiones se ordenaba iluminar la ciudad.

 

COMERCIO EN EL SIGLO XIX

En el siglo XIX serían los De Mier, quienes protagonizarían los cambios más significativos de la ciudad. “Los de Mier (padre e hijo) fueron los más prósperos comerciantes de Santa Marta durante el siglo XIX. La hacienda de San Pedro Alejandrino, propiedad de la familia de Mier entre 1808 y 1890, fue comparada en este último año por el departamento del Magdalena, bajo la administración del gobernador Ramón Goenaga. San Pedro fue una de las haciendas más prósperas de la provincia de Santa Marta, con extensos cultivos de caña de azúcar y con trapiche para la molienda”, apunta Joaquín Viloria. Los de Mier tenían barcos, invirtieron en el puerto, en el ferrocarril y en navegación en la Ciénaga Grande.

Siguiendo la dinámica comercial del país, en la Sierra Nevada se sembró café a finales del siglo XIX y se destacaron las haciendas Minca, El Recuerdo, La Victoria, Vistanieve, Cincinnati, entre otras. Fue el ingeniero norteamericano, Orlando Flye, en el sector que hoy conocemos como Minca, el primero que sembró café en la Sierra Nevada de Santa Marta.

Manuel Julián de Mier, dueño de un capital importante, enriquecido en el comercio de importación, lideró a un grupo de comerciantes samarios conformado por Alejandro Echeverría, José Alzamora y el inglés Robert Joy para fundar la Compañía de Vapores de Santa Marta constituida en 1881. En 1880, el Estado Soberano del Magdalena protocolizó un contrato Roberto Joy y Manuel Julián de Mier para construir el ferrocarril de Santa Marta. Y en 1881, el Gobierno del Magdalena junto a los samarios Manuel J. de Mier, Alejandro Echeverría, José Alzamora y el inglés Robert Joy, fundaron la Compañía Colombiana de Vapores.

La noticia de la fertilidad de la zona agrícola del Magdalena empezó a correr en el país. En un informe que C. Michelsen presentó al Ministro de Hacienda en 1899 afirma, “En ningún lugar del mundo he visto terrenos tan fértiles y clima tan adecuado para el cultivo de cacao y plátano como son los de las llanuras que recorre y atraviesa el ferrocarril de Santa Marta”. (Diario Oficial, 1889).

En 1890, Ciénaga era el tercer productor de cacao y tabaco en Colombia. Y en los pueblos ribereños del Magdalena se producían 7.25 toneladas de algodón. El cultivo del tabaco tomó un auge significativo en la segunda mitad del siglo XIX. Se sembró tabaco en Plato, Bosconia, Ciénaga y Aguachica. Esta actividad fracasó debido a las deficiencias técnicas en el cultivo.

En Ciénaga, la economía empezó a modernizarse a finales del siglo XIX, en la década de 1880, con la constitución de la sociedad agrícola denominada: El Apostolado, conformada por doce empresarios que poseían 360 hectáreas en el sector de Río Frío. En estas tierras cultivaban cacao, plátano, mientras, otros agricultores de la zona cultivaban tabaco, caña de azúcar y frutas.

A pesar de los esfuerzos por modernizar la economía, después del terremoto de 1834, Santa Marta era, según describen algunos viajeros, una ‘ciudad de aspecto miserable’. En 1835 tenía unos seis mil habitantes, pero la cifra fue disminuyendo por distintos motivos como la epidemia del cólera entre 1848 y 1849, la inundación del río Manzanares en 1850, y los disturbios políticos que degeneraron en guerras civiles que arrasaron con bienes materiales y productivos. Ante tal panorama, la crisis económica y social empeoró con la inauguración en 1871 del Ferrocarril Barranquilla – Sabanilla, hecho que estimuló a algunos samarios pudientes a emigrar hacia Barranquilla en busca de oportunidades de negocio y progreso.

Esta migración resintió los planes de negocios de la élite samaria. Los que se quedaron (Mier, Echeverría, Alzamora, González, entre otros) no pudieron reunir el capital suficiente que requerían para llevar el ferrocarril hasta el río Magdalena, la navegación fluvial y marítima con Riohacha y Barranquilla.

 

UNA POBLACIÓN SOMNOLIENTA

La historiadora Catherine LeGrand se refiere a los samarios del final del siglo XIX como “una población somnolienta aislada del resto de Colombia y el mundo”. Pocas eran las familias con verdaderos intereses mercantiles, a algunas les tocó abandonar sus propiedades rurales, pues con la apertura del comercio y consecuente abolición de la esclavitud en 1851, surgió la nueva clase trabajadora, de modo que no había mano de obra que sostuviera tales haciendas. El juicio de la historiada canadiense coincide, de hecho, con la visión de muchos visitantes y viajeros de paso por Santa Marta.

Las familias importantes poseían extensas propiedades que a pocos interesaba cultivar. Los pueblos dispersos de colonos, indígenas, negros y mulatos se dedicaban a la pesca y a pequeñas cosechas de maíz, guanábanas, piña y aguacates.

En el siglo XIX la ciudad comenzaba a consolidarse urbanísticamente.

La vida de los samarios en el siglo XIX era monótona y aburrida. El baño matinal en el río Manzanares, las actividades del mercado, la siesta y el paseo vespertino, copaban la vida de los samarios de entonces. En el libro Santa Marta vista por viajeros, el historiador Álvaro Ospino Valiente compila una serie de crónicas de foráneos que dejaron constancia del estilo de vida samario del siglo XIX.

En su diario de viaje, Gosselman dice: “acá el tiempo se hace largo y tedioso, ya que los nativos se quedan todo el día en la hamaca, soñando acerca del mañana. Con excepción de mis excursiones a Gaira, el tiempo que pasé en Santa Marta resultó ser el más aburrido de toda mi estadía en Colombia”.

Elisée Reclus (1855) anota: “¿Cómo se pueden vituperar esas poblaciones que se abandonen al gozo de vivir, cuando todo las invita a ello? El hambre y el frío no las atormentan jamás; la perspectiva de la miseria no se presenta ante su espíritu; la implacable industria no las espolea con su aguijón de bronce. Aquellos cuyas necesidades todas son satisfechas de inmediato por la benéfica naturaleza, evitan contrariarla con el trabajo y gozan perezosamente de sus beneficios; son aún hijos de la tierra, y su vida se pasa en paz como la de los grandes árboles y la de las flores”.

Una descripción menos amable hace Alphons Stübel (1868), quien dijo: “los habitantes de Santa Marta son una mezcla de negros, blancos e indígenas; en una palabra, chusma de una increíble pereza. Todo servicio tiene que ser pagado muy caro, porque a la gente le cuesta un gran esfuerzo hacer cualquier cosa”.

Los samarios eran una población somnolienta aislada del resto de Colombia
y el mundo.

 

UNA PAUSADA COTIDIANIDAD

El río Manzanares era la fuente hídrica abastecedora de la ciudad, la cercanía del río a la ciudad determinó que el aljibe o cisterna no fuera indispensable en la mayoría de las viviendas. El baño matinal se constituía en la primera actividad general de los samarios, por los senderos se veía desfilar la gente a pie o en bestias directo al río, cabezas de rizados cabellos portaban enormes tinajas de barro cocido con el preciado líquido. Igualmente, los aguadores recorrían las polvorientas calles vendiendo agua en sus carretas o bestias que cargaban los barriles. Por otra parte, las mujeres aprovechaban el mediodía para realizar sus actividades de lavandería.

La segunda actividad era el mercado entre las cinco y nueve de la mañana, era el espacio y tiempo para el chismorreo entre saludos y compras. Al calentar el sol, las calles quedaban desoladas. Seguía la siesta después del almuerzo sobre una hamaca después que se colgaban en los zaguanes y patios sombreados de las viviendas, era cuando la ciudad hacía una pausa que hasta disgusto generó en las tripulaciones que se cansaban de hacer señas pidiendo autorización para entrar al puerto samario, nadie se movía y los frustrados navegantes seguían su rumbo a otro puerto cercano como Sabanilla o Riohacha.

Costumbres que aun hacen parte de la vida diaria del samario del siglo XXI, quienes cuando finaliza la jornada laboral se dirigen rápidamente hacia sus viviendas con el fin de hacer una pausa en el día y descansar. Curiosamente durante ese tiempo nadie contesta llamadas, así como sucedía en el siglo XIX, nadie se movía.

Al final de la tarde se recibían las visitas, los samarios aprovechaban para exponer su vocación literaria o musical y también se paseaba por la playa. “Fuimos grandes culturalmente, tuvimos un conservatorio musical en el Claustro San Juan Nepomuceno. La música fue clave, había tutores que venían de Europa y enseñaban piano, pintura e idiomas”, precisó el historiador samario Larry Oliveros.

 

AGRICULTORES, EMPRESARIOS EN EL MAGDALENA

Colombia era un país netamente conservador. Solo a mediados del siglo XIX se empezaron a implementar las políticas liberales. Serían los empresarios europeos (ingleses, alemanes, holandeses y franceses) quienes iniciarían la explotación empresarial en la futura Zona Bananera, con la siembra de tabaco y cacao.

Esta nueva dinámica comercial permitiría la llegada de nuevos extranjeros inversionistas. Joaquín Viloria expresó a OPINIÓN CARIBE al ser consultado sobre el particular: “vamos a encontrar a mediados del siglo XIX, entre 1840 y 1870, una ciudad que vivía básicamente del puerto, de las importaciones principalmente, y por eso hallaremos un grupo de comerciantes importantes de Santa Marta que van a ser las familias prominentes de la ciudad. Vamos a encontrar ingleses, franceses, judíos sefarditas. Cada familia tenía por lo menos una pulpería y de ahí surgirían industriales como la familia Obregón, que luego se irían para Barranquilla, o los De Mier, que también se irían para Barranquilla o para Bogotá”.

Los liberales radicales, una vez liberado el cultivo del tabaco, se dedican a la siembra de este en zonas que suplantaría por la del banano años después. Apellidos como Simmonds, Henríquez, Fergusson, y Karr, llegaron de Inglaterra, Francia, Alemania y Suecia a la Zona Bananera como sembradores de tabaco y cacao.

“Familias y empresas de origen extranjero tuvieron una fuerte incidencia en el desarrollo agrícola de esta franja territorial al sur de Ciénaga. Otra familia de empresarios con intereses en la región Caribe fueron los Salzedo, judíos sefarditas procedentes de Curazao. Los Salzedo construyeron una efectiva red familiar, a partir de matrimonios, asociaciones comerciales o alianzas políticas en los departamentos de Magdalena y Atlántico. La red matrimonial se extendió a familias como los Campo, Riascos, de Mier, Flye y Pinedo, de gran poder económico y político en la región”, agrega Joaquín Viloria en su estudio.

En la década de 1870, el comercio en el Magdalena comporta un descenso, producto de las continuas guerras civiles que obligó a la mayoría de los empresarios mencionados, a salir a ciudades más pujantes. En este contexto, en 1872, los diputados José Ignacio Díaz Granados, Antonio Maya, Luís Capella Toledo, Vicente Noguera y Joaquín Riascos solicitaron al Presidente de la República la concesión de terrenos baldíos, pertenecientes a la nación, para ser entregados a empresarios extranjeros que invirtieran sus capitales en el Magdalena. El Presidente, atendiendo tal solicitud, otorgó 18 mil hectáreas de baldíos nacionales.

“Es importante anotar, que, desde los primeros años de la República, la concesión de tierras baldías fue una política de Estado destinada tanto a pagar con tierra a militares y comerciantes que apoyaron la causa de la Independencia como para atraer a inversionistas extranjeros”, aclara Joaquín Viloria.

Sin embargo, tales iniciativas tuvieron verdadero éxito solo cuando empezaron a llegar las empresas Colombian Land Co., Boston Fruit Co., Snyder Banana Co., Fruit Dispatch Co. y Tropical Trading and Transport Co., que en 1899 se unen para conformar una nueva empresa bajo la razón social United Fruit Company, UFC.

 

RETROCESO DE SU IMAGEN URBANA

Durante este siglo, Santa Marta fue golpeada por las guerras y los desastres naturales, estos incidentes no dejaron desarrollar la ciudad, poco atractiva para los viajeros de este siglo. Un numeroso grupo de indígenas al mando del español Vicente Pujals que se resistía al cambio político, se toma a Santa Marta en nombre de la monarquía española. Hubo saqueo y destrucción, excepto la aduana y el depósito de un comerciante extranjero.

La vestimenta de la época era formal, los hombres acostumbraban a usar
saco y corbata.

Un terremoto en 1834 derriba decenas de casas y agrieta la cúpula de La Catedral. Las precarias condiciones económicas de los samarios tardan casi medio siglo para recuperar su imagen urbana. Las revoluciones políticas del país en 1860, y entre 1873 y 1879 tienen como escenario bélico las calles de Santa Marta, La Catedral y algunas casas son blanco de estos combates. La inundación del río Manzanares en 1894, llamado como el ciclón del 94, averió la obra del ferrocarril y algunas casas, hubo una seria emergencia, afortunadamente sin víctimas.

En las décadas finales del período colonial, Santa Marta tenía escasos cuatro mil habitantes, mientras Cartagena superaba los 16.000. En esta época, el comercio de la ciudad estuvo dominado por un grupo de comerciantes catalanes establecidos allí desde mediados del siglo XVIII y principios del XIX.

En 1810, los vientos revolucionarios se empezaron a extender por todas las colonias españolas en América. En la Nueva Granada hubo levantamientos y proclamas en Cartagena, Mompós, Santafé y de estas se fue irradiando a otras ciudades del virreinato como Santa Marta, en donde el 10 de agosto de 1810 se instaló una Junta de Gobierno. La Junta de Santa Marta era de clara tendencia realista, por lo que rivalizaba con los republicanos de Cartagena. El 6 de enero de 1813 entró triunfante a Santa Marta el coronel francés Pierre Labatut, al servicio del gobierno de Cartagena.

Con el terremoto de 1834
la Catedral Basílica sufrió,
al igual que la Iglesia San
Francisco.

En la década de 1840 sucedieron varios hechos destacados para el progreso de Santa Marta. Así, por ejemplo, inició actividades la Caja de Ahorros de Santa Marta en el año 1846, se estableció el alumbrado público de la ciudad en 1848 y se constituyó la ‘Sociedad Filarmónica de Santa Marta’ 1849. Otro hecho significativo fue el establecimiento del primer periódico económico y comercial del país, la Gaceta Mercantil, editada por Manuel Murillo Toro entre 1847 y 1860.

 

EL TEMBLOR DE 1834

A las dos de la mañana del 22 de mayo de 1834 fue alarmada la ciudad por un fuerte temblor de tierra, que fue seguido de muchos otros de mayor o menor duración. Estuvo temblando por espacio de seis meses con intermisiones más o menos largas. En este lapso del tiempo, al que se le llamó la ‘época del terremoto’, la mayor parte de la población, que se quedó en la zozobra en el que vivía, abandonaron sus casas y se fueron a vivir a los juegos cercanos a las salinas, en donde se levantaron toldos y barracas, hasta que se levantó la terrible calamidad también se construyeron algunas casas de bahareque, temiendo que el terremoto repitiera.

El terremoto del 1834 dejó
despoblada a la ciudad en
el Siglo XIX

 

Con el terremoto quedó destruido completamente, y aún permanece en ruinas el suntuoso templo de Santo Domingo y parte del templo de San Francisco, La Catedral también sufrió; un fuerte temblor el 24 de mayo derribó el cupulino y dañó la nave derecha cerca del altar de San José, el cual quedaba en el medio de la actual puerta de entrada a la capilla de este Santo, en donde se efectuó la inhumación del cadáver del Libertador Simón Bolívar.

Después, estos restos venerados fueron sepultados nuevamente debajo de la media naranja de La Catedral, en cuyo lugar colocó una lámpara de mármol el capitán Joaquín A. Márquez y esta época del terremoto se cuenta un hecho que sobrepasa los límites de lo verosímil y es el movimiento que inclina la torre de La Catedral y otro que sucedió, restauró su primitiva posición.

 

EL CÓLERA DE 1849

La segunda calamidad por la que atravesó la ciudad y redujo la población a las dos terceras partes, fue la terrible epidemia del cólera en el año de 1849. Las autoridades para impedir que el mal tomara mayores proporciones, ordenaron botar por carretadas aquellos víveres que a juicio de los médicos tendían a propagar la enfermedad.

El pánico se apoderó de todos los ánimos y puede decirse que los habitantes de Santa Marta solo pensaban en esa época en su próxima muerte. La primera víctima fue Hilario Hernández. Tal era la mortalidad diaria, que de varias personas que componían a prima noche una reunión, morían esa misma noche dos o tres. La sorpresa de los que les sobrevivían era intensa al saber por la mañana que estaban muertos y enterrados sus compañeros de la víspera.

En el mismo día, 15 de agosto de 1849, murieron por este terrible azote los Presbíteros Manuel Guerrero Zambrano y Miguel del Rosario Carrillo. Todo el que moría era sepultado inmediatamente por orden de las autoridades. Como el enterrador no podía dar sepultura al número de cadáveres causados por la epidemia, hubo necesidad de sacar a los presidiarios para que hicieran el oficio de sepultureros. Estos hombres recorrían a toda hora del día y de la noche las calles con un carro en el que conducían los cadáveres al cementerio y casa por casa, iban indagando si había muerto alguno.

Debido a la prontitud con que se enterraban los cadáveres, ocurrió el siguiente caso: una muchacha, entonces de doce años de edad, llamada Josefita Abril, fue llevada por muerta al cementerio. Como encontraron la puerta cerrada, uno de los presentes fue en busca de la llave, quedándose los otros cuidando cadáver, ¡cuál sería la sorpresa de estos al ver que la muerta se levantó pidiendo agua! Este caso hizo pensar que algunas personas fueron enterradas vivas, y desde entonces, en la casa donde moría alguno, se abstenía la familia de llorar por algunas horas, temerosa de enterrarlo vivo.

Los presidiarios enterradores durante la epidemia vivieron a la intemperie, bebiendo aguardiente y comiendo de los alimentos prohibidos por los médicos, sin que por esto hubiesen sido inficionado ninguno de ellos. Terminada la epidemia, como una gracia a los servicios prestados, se les concedió la libertad. Como el área del cementerio era entonces demasiado chica para las repetidas inhumaciones que a diario se hacían como, según la opinión médica, los muertos de este mal no debían exhumarse, evitando así la repetición de la epidemia, prohibieron las autoridades se siguiera enterrando en dicho cementerio a los coléricos, y se designó para tal objeto el terreno que quedaba detrás del cementerio, al que se le dio el nombre de ‘Campo Alegre’.

El hospital San Juan de Dios, el primer construido en Santa Marta.

LA CRECIENTE DEL MANZANARES DE 1850

La tercera calamidad pública que sufrió Santa Marta en el siglo pasado fue la gran crecida del río Manzanares que inundó a toda la población. En esa noche del 17 de noviembre de 1850 el tráfico de sus habitantes se hizo en canoas. Por fortuna, no hubo ninguna desgracia, al amanecer ya las aguas habían decrecido considerablemente.

 

LAS VIRUELAS DE 1864

En el año de 1864 fueron súbitamente atacados los habitantes de Santa Marta de viruelas confluentes que afectaron a muchas personas, y quienes lograron salvarse quedaron con el rostro desfigurado, debido a que el medio de curación que se empleaba en ese entonces era el de cortarlas con tijeras.

 

EPIDEMIA DE ‘TRAPICHE’

En el año 1872 en Santa Marta se dio la epidemia de ‘El Trapiche’, está dejo muchas víctimas y principalmente en las familias de la clase más elevada. El nombre epidemia provino de que la primera persona que se vio afectada por esta, que tenía por apodo ‘Rumbalé’, decía sentirse como pasado por un trapiche.

 

LA LANGOSTA DE 1881

De acuerdo con ‘Rasgos Históricos de Santa Marta’ de Manuel José del Real, a eso de las 10 de la mañana del 21 de abril de 1881, una espesa reproducción de langostas que procedían del sudeste produjeron una alarma en la ciudad, esta era una plaga desconocida hasta entonces por los samarios, y muy pronto se impregnó el ambiente de un fuerte hedor que despedía esta plaga.

Esta fue una de las calamidades más duraderas, pues era tan extraordinaria su multiplicación, que el número de langostas que se lograba exterminar en un día era triplicado en el otro, hasta verse cubierta como una interminable alfombra toda la extensión de las playas del mar y demás parajes. Los víveres se escasearon y se encarecieron, y el hambre imperó soberanamente muchos meses, hasta el extremo de que el Gobierno Nacional tuvo a bien dar un auxilio con el que se estableció una casa de beneficencia.

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