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Suenan las cacerolas

Opinión Caribe

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Por Ricardo Villa Sánchez

Fidel Cano, el pasado 7 de diciembre declaró a la cacerola el personaje del año en Colombia en 2019, sin embargo, a pesar de lo que simboliza, este objeto requiere de un ser pensante y libre que la suene, un ser humano que unido a otro sean una multiplicidad de propósitos y causas comunes, lo que significa una convergencia que anhela el cambio en Colombia. Quizá así lo explicó o quiso hacer entender el Director de El Espectador, sin embargo, en realidad, el personaje del año se refleja más bien, en esta multitud que no responde a ninguna estructura formal de poder político o liderazgo, que está en la búsqueda del ejercicio pleno de la ciudadanía, en una construcción colectiva, a través de la movilización social, de la resistencia a la injusticia y a la desigualdad, que, por demás, se expresa en la participación en las jornadas de protesta y en su activismo en redes sociales u otros escenarios de deliberación pública.    

En Colombia a partir de la pluralidad de canales para informarse y formarse la ciudadanía, de los efectos de los Acuerdos de Paz, de la amplitud de espacios que ha conquistado la gente para el debate, así como también de la indignación frente a la exclusión, a las decisiones políticas retardatarias, al desencanto y la falta de oportunidades, a la corrupción rampante, a la violencia, hasta en rechazo a la cultura mafiosa, está emergiendo en las calles, un nuevo sujeto político que intenta comprender la realidad, para expresarse  en forma masiva, ojalá también para poder transformar la sociedad, hacia un mejor vivir.

Hay personas que de plano rechazaban cualquier invitación a protestar, otros se hundían en la pobreza oculta, algunos respiraban de nostalgias de viejas luchas en periódicos de ayer, otros se han organizado y son asiduos activistas de toda marcha, concentración, movilización o para algunos ir a pronunciarse, se volvió una moda o sirve para identificarse con el grupo. Muchos salieron a las calles por primera vez el 21 de noviembre, y siguieron sonando las cacerolas pese a toques de queda, a gases lacrimógenos, a la represión, a los motines, al temor y ahora en la primera protesta de 2020, están firmes y dispuestos a continuar con esta iniciativa que le ha dado un nuevo aire a la política, al punto que algunos mandatarios locales han dicho que una fue la ciudad-anía que los eligió y otra la ciudad-anía que gobernarán.  

Veinte días llevaba el año, e iban veinte líderes sociales, irreemplazables, asesinados en 2020. Todos los días aparecen panfletos, nadie sabe de dónde vienen las balas o ¿quiénes son los verdugos del régimen?  Lo que se acepta es que todas estas amenazas buscan que el miedo nos frene, pero, lo paradójico y extraordinario, sería que a pesar de toda esta estrategia perversa, la gente ha crecido en su ciudadanía, uniéndose, instruyéndose, rechazando las amenazas, llorando sus muertos, solidarizándose con las víctimas, concertando un nuevo relato poético de nación que nos una, así nos duela en el alma, y exigiendo en las calles y por todos los medios posibles, respeto a la vida, a la dignidad y a los derechos, así como garantías para participar, entre otras consignas, como que se cumplan los Acuerdos de Paz, que se luche contra los escuadrones de la muerte, que se desmonte el Esmad; que haya transparencia en quienes nos representan; que se generen igualdad de oportunidades, que nos escuchen, que ojalá haya un dialogo social que lleve a pactos o alianzas que le den respuesta eficaz a los reclamos de la sociedad. Este es un fenómeno social a analizar: a pesar del miedo y la exclusión, siguen sonando las cacerolas.  ¿Será que la gente unida, a punta de cacerola, empezó a decidirse por el cambio?  

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