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Columnistas

Ser y hacernos responsables

Opinión Caribe

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Por: Rubén Darío Ceballos Mendoza

Existe un generalizado consenso respecto que somos corruptos como sociedad y que va ligada la corrupción con la educación que se recibe, lo que es funesto, ya que suma incomodidad, malestar y perjuicio a la vida diaria. Importa hacer cuestionamientos sobre este especial particular, toda vez que es fundamental para todos, a fin de no vivir en ignorancia sobre lo que a este tenor ocurre, y para no seguir siendo cómplices del dejar hacer, dejar pasar, que tanto daño genera. Cuando la corrupción es generalizada, cuando tiene permeada a la sociedad en su conjunto, cuando es espejo en el que se refleja la comunidad que formamos y pertenecemos, el asunto además de grave, es preocupante.

Pero, al preguntarnos por qué sucede lo cual, nos bajamos por las ramas, le sacamos el cuerpo al asunto, culpamos a los demás, argumentamos ser nosotros los buenos, los confiables, que la sociedad está llena de indeseables que nos tienen cansados, que son los del poder por cuanto la ambición los daño; pero nunca aceptamos ser parte del problema. Lo vemos cuando escuchamos a muchos ex servidores públicos opinando, pontificando sobre esto o aquello, sobre lo que está bien o mal, pero sin nunca hacer referencia a sus propios errores, convirtiéndose para muchos -no obstante carecer de autoridad moral y demás otras índole- en líderes del bien hacer político, cuando la realidad es otra.

Corruptos que se creen impolutos, que miran desde su encumbramiento a la gente humilde con gesto humillante que esconden con falsa sumisión y fingidas sonrisas. Corruptos que se transforman cuando de buscar apoyos para sí se trata, pero al que le hacen el juego quienes también buscan algo de ellos al saberlos con cargos de poder, o que están a la sombra de algún poderoso ejerciendo un verdadero poder tras bambalinas. Exponen cartas de amistad con el poderoso de turno para obtener prebendas para sí o para sus amigos y en ese contexto hacen y cometen delitos y desmanes.

La clave para evitar positivamente esta clase de mascaradas, está en una buena educación, que debe trascender esta enfermedad, que a juzgar por lo que vemos a diario, es algo generalizado a nivel mundial que ha opacado nuestra solidaridad, debiéndose en consecuencia formar multiplicadores que transmitan buenas prácticas de vida, el amor como arma para alcanzar un espíritu elevado, principios, valores y hacer entender que la avaricia y la codicia son malas compañías y peores consejeras.

Contacto: rubenceballos56@gmail.com

Jurista

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