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De la medicina al cielo

Opinión Caribe

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Ser médico no es solo una profesión gratificante sino excepcional. No en vano nuestras bisabuelas decían que los médicos iban directamente al cielo sin requerir hacer escala en el purgatorio. Ejercer dicha profesión para ese entonces era toda una institución que mostraba su grandeza con esa frase coloquial, pero con una profundidad única; que la medicina era una representación e instrumento de la divinidad humana. Esa profesión era catalogada en una esfera muy cercana a la espiritualidad.

En esa época la revolución industrial, el capitalismo y otros cambios de la humanidad, no había invertido los valores a la sociedad, y dentro de la escala social se encontraba el médico como una persona proba, sacrificada por los demás y ante todo un ser digno de admiración en todo el conglomerado social.
Desde tiempos remotos esta profesión fue catalogada y reservada para almas ejemplares.

Tanto es así que en la mitología griega Asclepio, hijo del gran Apolo, fue considerado el Dios de la medicina cuyo don enfureció a otros. Tenía la habilidad de curar y de devolver a la vida a los muertos. Zeus, temeroso de que Asclepio resucitara a muchos, lo mató con un rayo. Dice la mitología, que Asclepio fue llevado directamente al cielo. De la misma forma en el antiguo Egipto los estudiantes de medicina eran purificados antes de empezar sus estudios, se les vestía de blanco y se les entregaba una alimentación especial. Descartes señaló que la “conservación de la salud que es el primer bien y el fundamento de los otros bienes en esta vida.”

Es así como la medicina a lo largo de la historia ha tenido importancia, respeto y ante todo los hombres que la han ejercido gozaban de prestigio.

Muy a pesar de que en algunos países aún existe el respeto por la medicina, nuestro país ha sido ajeno a esta práctica en las últimas dos décadas y hemos visto como los médicos en la escala social han descendido con respecto a su remuneración, y no gozan del respeto de la sociedad como en pretéritos tiempos. Inclusive las normas que lo regulan han sido ajenas al fortalecimiento de la profesión. Simplemente no se les valora.

A mí se me infundió el respeto por los médicos ya que tuve entre mis colaterales ascendientes, al padre de la medicina interna en Colombia, José María Lombana Barreneche y al célebre médico samario Julio Méndez Barreneche.

Luego mi padre Eduardo Barreneche Baute y hermana Xiomara Rosa Barreneche Ávila. Así fue como crecí, escuchando la importancia de la medicina y siendo testigo excepcional de lo sacrificado que es esa profesión. Así mismo noté esa dedicación en otras personas cercanas y especiales para mí que eran médicos, y tenían dentro de sí un ser dedicado a sus semejantes.
Siempre escuché decir a mis familiares: “usted

debe ser médico como su padre, hermana y ascendientes”. No escogí esa profesión, pero siempre quedé con la duda si de verdad hubiese podido serlo y seguir la tradición familiar.

Siendo niño no se me olvida como mi padre dejaba su ropa muy cerca de su mesa de noche. Era usual que el sonido de la ambulancia nos despertara, pues todas las noches alguien se infartaba en esta ciudad. Sus zapatos parecían unas chancletas debido a que por practicidad era solo insertar el pie para bajar rápidamente y cumplir de esa forma con su juramento hipocrático. Para esa época no estaba bien visto ver a los médicos con calzado abierto o deportivos, por ello solo se utilizaba zapatos blancos.

Los turnos permanentes y los días miércoles eran los llamados de caridad. Ese día personas de escasos recursos económicos acudían al consultorio, eran atendidos y se les entregaba las medicinas. Los pacientes salían satisfechos y siempre me saludaban por ser el hijo del doctor. Ese fue el gran padre que DIOS me regaló y que todavía a sus 80 años los sigue atendiendo con un discernimiento único y una sabiduría casi celestial.

Crecí admirando y escuchando que la medicina era una profesión por excelencia por el simple hecho de su misión fundamental; salvar vidas.

Afortunadamente a mi padre y hermana les alcanzó a tocar una época de oro de la medicina, donde se les respetaba y se les remuneraba dignamente.

Desafortunadamente he visto que los médicos no son tratados como antes, las condiciones han cambiado, en algunos casos son sometidos a unas condiciones semi degradantes y su profesión se hunde y mezcla con otras profesiones liberales que no son tan sacrificantes. Tristemente en muchos casos son un número más en el sistema de salud. Solo es ver hoy cómo se les discrimina por el solo hecho de atender a un ser humano posiblemente contagiado con el COVID-19.

Se ha vuelto un deporte demandar a los médicos. Ya es una profesión de alto peligro en donde en un abrir y cerrar de ojos el galeno termina siendo cuestionado y puesto ante los estrados judiciales como si las personas no tuviesen un fin biológico. Nunca se me olvida cuando en mi época de universitario, un amigo cercano que apenas terminaba la medicina, fue custodiado por policías ya que los familiares de una fallecida no entendían que su abuela de 95 años debía partir de este mundo. Esa fue la primera vez que me sumergí en la necesidad de defender a los médicos desde mi óptica jurídica. En ese momento cursaba noveno semestre de derecho razón por la cual le di el soporte jurídico para que lo eximieran de responsabilidad.

En mi calidad de abogado me ha correspondido defender a varios médicos con la fuerza y el convencimiento de que su profesión y su dignidad debe protegerse. Es un imperativo moral y profesional que tengo y así siempre lo profeso.

Los médicos no tienen un régimen laboral especial salvo algunas excepciones. Muchas profesiones de alto peligro y desgaste han podido tener conquistas sociales a favor de ellos. Pilotos, mineros, miembros de cuerpos de bomberos y otras tantas profesiones han logrado tener beneficios laborales. Ellos a pesar de convivir con todos los peligros de su profesión, se les somete a las mismas condiciones laborales como si sentarse en una oficina a trabajar en un ambiente normal fuese lo mismo que recibir día a día personas con diferentes enfermedades. Sin lugar a dudas tienen un trato desigual.

Los médicos por el contrario se han limitado a recibir lo que una sociedad ciega e injusta les ha ofrecido.

Precisamente por su forma de ser, de dar todo y no esperar nada, ha permitido que no seamos recíprocos en lo que diariamente ofrecen.

Evidentemente no han tenido un digno representante que defienda sus derechos, que presente proyectos de ley que dignifiquen su profesión, que establezcan las prohibiciones de someterlos a turnos semi perpetuos y que prohíba vincularlos a través de la abominable figura contractual llamada “prestación de servicios”, donde no se les cancelan sus prestaciones sociales.

Hoy por hoy, cuando ya han fallecido dos médicos con ocasión del COVID-19, que la sociedad despierta frente a su meritoria y heroica labor, no solo requieren aplausos, sino que se les dignifique social, laboral y económicamente.

Yo no dudo que los médicos van al cielo tal como aconteció con Asclepio, pero ya es hora de que alguien alce la voz a favor de ellos y sean protegidos con normas que enaltezcan su profesión, vida y vejez. Ya debe cesar el abuso.
Estas simples reflexiones y propuestas van dirigidas a todos esos médicos que durante siglos han salvado nuestras vidas.

JOSE EDUARDO BARRENECHE ÁVILA
josebarreneche@hotmail.com

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