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Buenavista: más de 20 años sin salud y el reclamo de una comunidad en abandono

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Una realidad alterna viven los habitantes de los pueblos palafitos de la Ciénaga Grande de Santa Marta, a quienes muy poco llega el Estado y al parecer, ni siquiera los efectos de la tragedia, pues, con orgullo, sus habitantes afirman que no hubo ni una sola muerte a raíz de la pandemia por Covid – 19, que, solamente en el Magdalena, les arrebató la vida a 3.625 personas.

En un recorrido, por el Corregimiento de Buena Vista, perteneciente al Municipio de Sitionuevo, OPINIÓN CARIBE conoció la cotidianidad de su población compuesta por alrededor de 1.200 ciudadanos en 153 casas que se levantan en estacas sobre la ciénaga.

Un pueblo colorido, llamativo y atractivo para aquel turista que desconoce el estilo de vida de estas comunidades palafitas, sin embargo, la verdad dista mucho de esta primera impresión, debido a que son innumerables las necesidades que atraviesan y por eso el llamado al Estado a través de las cámaras de este medio de comunicación.

Hasta Buenavista, a más de una hora como mínimo, en lancha desde el parador turístico de Tasajera, se trasladó el domingo 12 de junio el ministro de Medio Ambiente, Carlos Eduardo Correa, en conjunto con una comitiva de la citada cartera nacional, que fue recibida con muestras culturales folclóricas, baile y comida, la gente mostró su cara más amable, mientras entre funcionarios se hablaba de los avances de la “Casa de Interpretación de la Cultura Anfibia”, un sitio que le apunta a generar turismo sostenible para darle un giro a la economía del sitio, que depende casi  exclusivamente de la pesca.

No obstante, a la llegada de los ciudadanos ajenos a este entorno, hubo quienes aprovecharon el momento en que esta región es foco noticioso para exponer situaciones adversas que vive dicha comunidad, tal fue el caso del líder de la Junta de Acción Comunal del corregimiento y pescador, Wilmer Rafael García Álvarez.

 

“No tenemos médico”

El líder comunal fue directo al grano “Acá tenemos muchas necesidades en salud, en primer lugar, no tenemos médico, no tenemos enfermera, hay un puesto de salud que está a medias ni siquiera lo han terminado”, expresa García Álvarez, quien suma a su relato la historia reciente de una bebé de apenas 35 días de nacida, quien perdió la vida mientras intentaban trasladarla hasta el corregimiento más cercano, a una hora y media de distancia, para que fuera atendida en un centro médico, al menos, de primer nivel.

La niña, acorde con su relato, murió en la lancha como consecuencia de una deficiencia respiratoria, mientras sus familiares solo podían “rezar al cielo por llegar pronto para evitar este fatídico desenlace”.

“Tenemos alrededor de 22 años de estar sin médico, desde la masacre que hubo acá en la Ciénaga Grande”, afirma, rememorando el episodio más oscuro de esta población, cuando la violencia armada llegó hasta los pueblos palafitos en el año 2000.

En ese entonces, paramilitares se trasladaron en lancha hasta Bocas de Aracataca en febrero y a Nueva Venecia y Buenavista, en noviembre, a través del caño El Clarín, a su llegada, mataron a sangre fría, con machete y cuchillo a alrededor de 11 pescadores quienes, como de costumbre, llevaban a cabo la faena nocturna que les daría el sustento para un día más en los palafitos.

Ese día 37 pescadores en total murieron en manos de los violentos y marcó la vida de un municipio que todavía, 22 años después, no termina de reponerse.

 

Casi una hora de camino para ir al colegio

En su declaración ante las cámaras del medio, el señor Wilmer suplicó al Gobierno la construcción de un bachillerato que evite el traslado de los niños y adolescentes hasta el otro corregimiento, también palafito, para ir a estudiar.

“Nosotros tenemos que mandar a nuestros hijos a Nueva Venecia, 45 minutos dentro de la Ciénaga Grande. El gobernador una sola vez vino aquí, ojalá hiciera más presencia en nuestro corregimiento, pero no tenemos respuesta de nada”, asegura.

En Buenavista sólo tienen la oportunidad de ir a clases los alumnos de cursos de primaria, con la presencia de docentes que se trasladan desde las ciudades cercanas, quienes imparten un par de horas de clases y luego deben regresarse. Los niños mayores no cuentan con el ‘privilegio’ de estudiar en su propia comunidad, se ven obligados a salir de la misma bajo la promesa de tener un mejor futuro que los prepare para mejorar su calidad de vida.

“Prácticamente estamos a la buena de Dios, aquí si no es pesca no es más nada”, concluye.