Connect with us

Editorial & Columnas

Aquellos años maravillosos

Published

on

Por: Gerardo Angulo Cuentas

Mi nombre no es Kevin Arnold ni mi mejor amigo de infancia se llama Paul. No viví en un suburbio estadounidense con pasto recién cortado y cenas familiares a las seis. Crecí en Barranquilla entre 1977 y 1997, viendo telenovelas a las siete de la noche, jugando fútbol en la calle con una bola e’ trapo, y comiendo raspao con leche condensada. Algunos recuerdan esa época con ternura. Yo también, pero con cicatrices. Porque esos años fueron cualquier cosa, menos maravillosos.

Mi infancia y adolescencia transcurrieron entre un país herido y una ciudad que trataba de disimular el miedo con fiestas de barrios y carnavales. Recuerdo haber llorado desconsoladamente con la muerte de Omaira Sánchez, esa niña atrapada bajo los escombros en Armero mientras el país entero la miraba por televisión. El Estado le falló. Nos falló. Yo apenas entendía qué era una erupción volcánica, pero entendí perfectamente lo que era la impotencia.

Sentí un miedo profundo —ese que se instala en el pecho y no se va— con la toma del Palacio de Justicia. Tenía edad para pensar en carros de carreras, no en tanques cascabel. Pero vi las imágenes del palacio en llamas, los cuerpos quemados arrastrados, la confusión en los ojos de los adultos. Y entendí que algo muy oscuro estaba en marcha. Años después, el miedo se volvió rutina. En Barranquilla se hablaba de carro bombas como quien habla de la lluvia o del calor. “Dicen que van a poner una bomba en el Centro”, “que no hay que ir al banco”, “que mejor evitar la calle 72”. Y no eran chismes. Eran advertencias. Era 1989 y el país entero temblaba con las bombas del cartel de Medellín. Una maleta, bolsa o mochila olvidadas podían ser una sentencia o una falsa alarma, pero al final era terror y miedo.

Mi cuerpo vivía en Barranquilla, pero partes de mi alma estaban en los Montes de María. Mi familia, tanto paterna como materna, viene de allá. Crecí escuchando sus nombres: San Juan Nepomuceno, El Guamo, El Carmen, San Jacinto. Sonaban a tierra fértil, a tambor alegre, a mecedoras en el portal. Pero un día, esas palabras se empezaron a decir en voz baja. Llegaron noticias de “hombres armados”, de masacres silenciosas, de familias enteras desplazadas. Algunos primos secuestrados que eventualmente regresaron, otros nunca más volvieron a pisar su casa. Nadie hablaba de guerra, pero todos sabíamos que algo —o alguien— había tomado el monte. El miedo rural se metía por las grietas de la ciudad.

Cuando asesinaron a Luis Carlos Galán, sentí, como tantos, que nos arrancaban la esperanza. Aunque no votaba, creía en él. Su muerte no fue solo la caída de un líder, fue la confirmación de que los buenos no duraban. El país parecía condenado a los peores. Años después, cuando anunciaron la neutralización de Pablo Escobar, sentí una alegría extraña, casi culposa. Fue el momento en que supe que había dejado de ser niño: cuando la muerte de un hombre podía parecerme una buena noticia.

No, no quiero volver a esos años. Aunque los recuerdo con afecto por las personas, por los momentos que me formaron, por los afectos que aún conservo, no fueron años maravillosos. Fueron años duros, de aprendizaje forzado, de una infancia que no se permitía del todo ser infancia. Nos tocó crecer entre bombas, silencios, desplazamientos y oraciones que ya no pedían milagros sino protección.

Hoy sé que la memoria es tramposa: edita el dolor con filtros sepia, a veces magenta, y con el más crudo rojo carmesí. Pero la mía no olvida. No idealizo el pasado. Solo lo reconozco. Porque fue en medio del caos, no de la armonía, donde empecé a comprender el mundo. Y porque detrás de cada historia bonita había otra que no se contaba. Otra que dolía. Otra que sigue latiendo.

No, mi nombre no es Kevin Arnold. Y mi historia no tuvo banda sonora de Joe Cocker. Tuvo vallenatos, champetas, salsas y merengues, silencios largos y titulares rojos. Tuvo miedo, rabia, pérdidas, y sí, también amor y risa. Pero, sobre todo, tuvo verdad.

Definitivamente no quiero volver a aquellos malditos maravillosos años.

¿Y tú? ¿Quieres eso para tus hijos?