Editorial & Columnas
Crónica del odio y la visceralidad
Por: Iván David Correa Acosta
El atentado a Miguel Uribe Turbay, el sábado siete de junio, deja una estela preocupante para muchos colombianos que no veíamos desde el atentado a Fernando Londoño algo similar, y que nos toca remontarnos incluso al triste 1990. Miguel Uribe fue victima de dos disparos en la cabeza en una época caracterizada por la precampaña de la precampaña y en donde los candidatos apenas alcanzaban visibilidad, en una época en donde nadie sospechaba que se fuera a cometer un intento de magnicidio como este y que nos duele como patria y como humanidad.
El atentado a Miguel Uribe conlleva a pensar en que está pasando en una sociedad colombiana caracterizada por los Hiper: Hiperpolitizada, hiperpolarizada e hipervisceral. Ya no tenemos contrincantes políticos, tenemos enemigos políticos; el respeto a la diferencia es bastante crucial y flaco favor hace la figura presidencial al exacerbar aún más los odios al señalar a los opositores de “nazis”, “fascistas”, “paramilitares”, “asesinos” y un largo etcétera de palabras que han sido banalizados y llevadas al absurdo por personas que o no entienden su significado o que son conscientes de lo que significa y lo dicen sin remordimientos. El debate político debe desarmarse empezando por quienes detentan una figura de poder y tiene una repercusión importante en lo que dicen, estos tiempos oscuros son los tiempos de los estadistas y conciliadores, de lo contrario, nuestra democracia corre riesgo de muerte y más en un país en donde las guerras civiles en la historia fueron una constante hasta no hace mucho.
El desarmar el debate político implica dejar de banalizar términos que afectan no solo la democracia y que más que ser groserías o apelativos personales, son sentencias de muerte para muchos: Llamar sin ningún desparpajo nazi a otro (con lo que implica ser un nazi) es precisamente la antesala para hechos lamentables como este. Este debate supera el espectro ideológico y nos pone a todos en la misma sintonía: Debemos unirnos más en esta circunstancia y defender sin tibiezas al sistema político y democrático en Colombia, elaborar un amplio consenso en torno a las formas de la sociedad política y debatir con altura nuestras ideas en base a la Colombia que queremos. Repetir el mismo escenario de principios de la década del 90 sería el mensaje de que no aprendimos nada en 35 años, de que precisamente el Consenso que construyó la constitución de 1991 ya no existe y de que Colombia ha preferido la banalidad del mal, como bien decía Hannah Arendt.
El odio y la visceralidad nos está llevando al limite a todos, a la institucionalidad, a la democracia y en lo principal, al mismísimo hecho de ser colombiano y de ser humanos, de ver al diferente como una amenaza, como un “nazi” como tanto les encanta decir a unos. El odio nos está matando, el pensamiento desde el hígado nos está desgarrando, hoy lamentablemente Miguel Uribe es el que está luchando por su vida en estos momentos, mañana puede ser un magnicidio. Hasta que no entendamos lo que conlleva la banalidad del mal, Colombia sufrirá y probablemente aún no enfrentemos lo peor…
