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El mapa de mi vida dibujado en Santa Marta

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A esta ciudad llegué siendo casi niño, con los pies llenos de tierra y el alma desorientada. Hoy, desde sus calles, ejerzo el periodismo, el derecho y la vida, convencido de que el hogar también se construye desde el vínculo.

Por: José D. Pacheco Martínez

Desde esta esquina tibia en la Ciudadela 29 de Julio; rodeado de mangos y a veces aturdido por el canto incesante de las aves; donde el tiempo parece dormido y el olor persistente de la sal en el aire, contemplo las muchas escenas de mi vida aquí, como si se tratara de una vieja acuarela que alguien olvidó en una galería de la Quinta de San Pedro Alejandrino.

No nací aquí, pero llegué menos que adolescente, arrastrado por las corrientes familiares del destino, como quien arriba a un lugar lejano sin saber que ha llegado a su casa. Con más preguntas que respuestas y  el alma aún las aguas del río Magdalena y las calles calientes y polvorientas de San Luis Beltrán, absolutamente perdido y sin definir, pero, con el tiempo y el transitar por sus calles, fui encontrando en esta ciudad el lugar donde echar raíces.

Aquí me hice bachiller, aprendí a hablar con claridad, a escribir con intención, a mirar el mundo con los ojos abiertos. Y luego, sin darme cuenta, me hice comunicador social y periodista. Después abogado. Y mientras estudiaba y trabajaba, mientras veía y fotografiaba al Caribe encabritarse contra las piedras del Morro, Santa Marta, con sus realidades y falencias me fue tallando tal cual soy hoy.

Aquí también me enamoré de Camila. Formé un hogar. Tengo dos hijos (Fabiana y Nicolás), quienes corren por las mismas aceras que un día recorrí yo, llenos de asombro, como si cada espacio que descubren en su inocente andar fuera un portal a otro mundo. La ciudad los acuna con la misma brisa que a mí me dio fuerza cuando todo, en algún momento, parecía incierto. Santa Marta es para ellos un territorio de infancia; para mí, el suelo donde germinaron mis decisiones.

Durante 15 años he ejercido el periodismo de investigación e inmersión, desde la calle y con la gente, donde la verdad duele más porque las heridas están abiertas y los datos para escribir tienen que escarbarse. He denunciado, investigado, confrontado. He defendido lo público de quienes lo saquean como si fuera botín de guerra, he alzado la voz por los ríos y los cerros, por los campesinos, por las víctimas. He escrito sin concesiones, muchas veces en soledad, otras con temor, pero siempre con la certeza de que vale la pena hacer las cosas bien.

Por eso también me hice abogado, porque entendí que las palabras, para tener peso, debían tener también estructura. Que los derechos humanos no se defienden sólo desde las columnas de opinión, sino también desde los estrados, con rigor y con pruebas.

Y, sin embargo, a pesar de mi demandante y hasta riesgoso ejercicio profesional, no todo ha sido lucha. Santa Marta también me ha dado belleza, pausas, atardeceres. He caminado y vivido en su Centro Histórico cuando la luz cae como aceite dorado sobre los tejados, y he sentido que, a pesar de las grietas, sigue siendo una ciudad de promesas. He visto a jóvenes tomar la palabra, a mujeres defender la dignidad de sus barrios, a líderes comunitarios resistir con dignidad. Y cada vez que eso ocurre, me reconcilio con la esperanza.

A veces me preguntan por qué sigo aquí, cuando muchos se han ido buscando horizontes más amplios y rentables. Les respondo sin ambages que elegí habitar esta ciudad no solo porque encontré un destino, sino porque también encontré un sentido. ¡Santa Marta me ha dado más de lo que esperaba: una identidad, una familia, una causa!

Hoy tengo 38 años. No soy viejo, pero ya no soy el muchacho que llegó con los zapatos llenos de tierra y la cabeza repleta de dudas. Ahora camino con más peso en los hombros, sí, pero también con la claridad de quien sabe para qué vino. Santa Marta no es una ciudad perfecta, ni fácil. Es contradictoria, compleja, a veces ingrata, pero como ocurre con las madres verdaderas, uno no las elige por sus virtudes, sino por la profundidad del vínculo que nos une. Yo soy uno más de los rostros que esta ciudad ha moldeado con sus luces y sus sombras.

¡Aquí fui sembrado y mientras el viento del mar siga soplando, aquí seguiré creciendo!