La Firma
IA + Narcisismo + Traficantes de la desinformación
Por: Jhan Stand Flórez
Vivimos en épocas donde la información se produce y se consume a grandes velocidades, alimentada por la indiscutible omnipresencia de la inteligencia artificial y amplificada por el narcisismo propio de la era digital que domina nuestras pantallas. Como docente universitario en marketing digital, me encuentro cada vez más preocupado por la manera en que estas dos fuerzas se han convertido en el combustible para un tercer y no menos importante actor: los denominados traficantes de la desinformación.
En teoría, la IA llegó para democratizar el conocimiento, facilitar la productividad y optimizar los procesos de comunicación. Y sí, de alguna forma lo hace. Pero, como toda herramienta con poderosa, también tiene su lado oscuro. Hoy cualquier persona con conocimientos básicos puede utilizar una IA generativa para crear noticias falsas, modificar imágenes o producir audios y videos que simulan una realidad que nunca ocurrió. Esta capacidad “técnica”, combinada con una sociedad hiperconectada y sedienta de protagonismo, da lugar a una tormenta de cosas que carecen de sentido.
El narcisismo digital, alimentado por los algoritmos de las diferentes redes sociales, crea un entorno donde el valor de la información ya no se mide por su veracidad, sino por su viralidad. “Lo que importa es que me vean, que hablen de mí, que reaccionen” parece ser el mantra de una generación educada más para la exposición que para la reflexión. Esto no es exclusivo de los jóvenes; incluso profesionales, políticos y académicos han caído en la trampa del protagonismo digital.
Y es ahí donde entran los traficantes de la desinformación. No son simplemente usuarios mal informados; son agentes conscientes, organizados y en muchos casos, financiados, que explotan el poder de la IA y la vanidad digital para manipulación de audiencias, moldear opiniones y distorsionar narrativas. Saben cómo usar las herramientas, conocen el lenguaje emocional que activa clics y comparten “verdades alternativas” disfrazadas de datos, cifras o supuestas exclusivas.
Desde el marketing digital, esta situación representa un dilema ético cada vez más complejo. Nos enfrentamos al reto de formar profesionales que no solo dominen la tecnología, sino que también desarrollen pensamiento crítico, responsabilidad social y una profunda conciencia del impacto que pueden tener sus decisiones comunicacionales. No se trata de satanizar la IA ni mucho menos, sino de comprender que su uso implica una gran responsabilidad, especialmente en contextos donde la confianza está en crisis y la polarización cada hora se multiplica.
Hoy más que nunca, educar en marketing digital no puede ser una carrera por el clic fácil. Debe ser un espacio para formar ciudadanos digitales éticos, comprometidos con la verdad, capaces de entender los riesgos del espectáculo sin fundamento y de resistirse al canto de sirenas del ego inflado por likes. Porque si no lo hacemos, no solo perderemos la batalla por la verdad; también dejaremos que la historia la escriban una vez más quienes más ruido hacen, no quienes mejor piensan.
