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Música sin prejuicio: más allá del sonido que gusta

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El gusto personal no puede dictar jerarquías artísticas: ¿Qué hace arte a una canción? ¿Y si el verdadero arte no dependiera del género, sino de lo que una canción logra conmover o revelar? Considero que hay arte en el jazz, el rap, el vallenato, la salsa, la cumbia y el reguetón; lo que cambia no es la música, sino el lugar desde el que la escuchamos.

Por José D. Pacheco Martínez

No soy músico ni compositor, y por eso mismo trato con respeto el oficio de quienes escriben canciones, producen pistas, mezclan sonidos o graban voces con la intención de conmover, narrar o simplemente acompañar el mundo. Sé —porque lo he observado de cerca— que hacer música no es una tarea menor. Hay en ello disciplina, sensibilidad, técnica y muchas veces, coraje.

Sin embargo, cuando hablamos de música como arte, la pregunta cambia de tono: ya no es solo cómo suena, sino qué nos dice, desde dónde lo dice y a quién interpela. En ese terreno, los prejuicios abundan. Todavía hay quienes descalifican géneros enteros por sus formas expresivas, por su estética o por el tipo de público al que llegan.

Se habla de “música vulgar” o “música que embrutece” con una facilidad que revela más clasismo cultural que análisis serio. Se presupone que la música clásica o el jazz son más “elevados” que el reguetón, el trap o el vallenato, como si el valor artístico pudiera medirse por el número de acordes o la complejidad de una progresión armónica.

Pero la música no vale por su sofisticación técnica. Vale como arte cuando logra representar con coherencia una experiencia humana, cuando transforma lo íntimo en una forma compartida de sensibilidad. Hay canciones que no buscan adornarse, sino nombrar lo que duele, lo que quema, lo que no se puede decir con palabras solas.

Hay música que es vehículo de memoria, de identidad, de denuncia o de consuelo. Y eso no depende del género. Lo esencial es el vínculo entre el contenido, el contexto y la intención. No es lo mismo una canción escrita para entrar en los rankings de Spotify que una hecha desde la urgencia de contar una historia que no cabe en los noticieros.

Pero tampoco son mutuamente excluyentes: hay artistas que logran ambas cosas. Lo importante es no confundir lo masivo con lo trivial ni lo complejo con lo profundo. La música puede ser simple y honesta, o compleja y vacía. El problema aparece cuando se usa el gusto personal como vara moral. Cuando se sugiere que solo ciertos géneros, aquellos ligados a lo académico, a lo europeo o a lo introspectivo, pueden considerarse “arte”, mientras los demás quedarían en la categoría de ruido, fiesta o consumo. Esa jerarquía es vieja, y dice más sobre quien escucha que sobre quien compone.

Una canción es arte cuando genera sentido, cuando no se agota en el estribillo, cuando deja resonancia. Puede venir de un estudio o de una esquina, puede sonar en un teatro o en una discoteca. Lo decisivo no es la forma, sino la verdad que transmite. Y la verdad, en la música, no siempre es verbal: a veces es una cadencia, una textura, una grieta entre dos notas.

Lo más justo, creo, es acercarse a cada obra sin el filtro del prejuicio, sin imponerle al arte la obligación de parecerse a nuestros gustos o a nuestras ideas de lo que es “superior”. Porque la música —como toda forma de arte viva— no está para complacer, sino para expresar. Y a veces, también, para incomodar.