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La Firma

Homenaje

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Por: Iván David Correa Acosta

Para cuando esta columna sea publicada, Santa Marta habrá llegado a su quinto centenario, una fecha inédita para una ciudad en Sudamérica, y que reviste de especial importancia, precisamente porque fue la puerta de entrada para la conquista y la llegada de Occidente a esta parte del continente, como dije en un escrito anterior, bautizada de esta forma en honor a Santa Marta, de quien se celebra su onomástico o su día en la Iglesia católica el 29 de julio.

Pero no podía dejar pasar esta fecha, sin hacerle un homenaje a esta ciudad maravillosa que me vio nacer, crecer, convertirme en la persona que soy hoy en día y la ciudad con quien tengo un profundo sentimiento de amor, a la ciudad remanso entre la belleza y la transparencia del Mar Caribe con lo hermoso y exuberante de la Sierra Nevada de Santa Marta, una urbe única en el mundo que tiene el sol del Caribe a los pies de las montañas más altas de Colombia. Una ciudad que despierta nostalgia en sus calles, nostalgia de su pasado, nostalgia de joyas arquitectónicas que ya no nos acompañan como el famoso Puente de la Araña, el Cerro del Cundí, emblemas que desaparecieron como el Liceo del Caribe, el Gimnasio Santa Marta, el Liceo Colombia, pero también esperanza, esperanza de lo nuevo que ha nacido, de la pujanza de su gente, que ha tenido que soportar la adversidad de peleas políticas, de la desidia de unos, pero también de la verborrea de otros. Santa Marta es una joya maltratada, una ciudad que llora, que sufre pero que a pesar de todo soporta, que ha pasado por mucho y eso es lo que nosotros como samarios contamos, que hemos tenido que llorar para crecer y que tenemos que crecer para aprender a creernos por fin el cuento de que tenemos demasiado con que ser mejores, de que tenemos que mejorar lo que tenemos y ampliar nuestros horizontes para ser de nuevo la Perla del Caribe.

Este homenaje también se hace a los que se fueron, a los que me inspiraron ese amor por Santa Marta, que partieron muy temprano y es a nuestros abuelos y a nuestros padres, a quienes nos enseñaron desde niños a llevar con orgullo la bandera blanquiazul, a enseñarnos de que en su juventud no se perdían las premieres en el Teatro Santa Marta  o en el Simón Bolivar, de que iban hasta el Morro nadando, de que iban al Eduardo cada que el Unión jugaba, a esos que ya se fueron y a los que siguen aquí siendo la memoria viva de un pasado glorioso y de un presente que puede ser mejor, en especial a mis abuelos, Orlando Acosta y Rafael Correa, que ya se fueron pero que quiero recordar en este homenaje, porque esta ciudad también tiene su huella y que mayor huella que un amor traspasado a las generaciones siguientes. También a la memoria viva que integran mis tíos abuelos, Rufino Acosta y Joaquín Acosta, periodistas ilustres hijos de esta ciudad que aún añoran a ese Unión del 68 y que aman a Santa Marta de la mejor manera. Por ellos y por los que vienen es que tenemos que seguir haciendo homenajes, no solo por el quinto centenario, porque que mayor homenaje que hacer cartas de amor, porque como en todo amor hay agradecimiento, y como en todo agradecimiento hay que hacer gestos y que mayor gesto que amar a Santa Marta construyendo una mejor ciudad día a día, sin ser cliché o irme demasiado a lo romántico, aunque parezca imposible.

Felicidades Santa Marta por tus 500 años, a la Perla de América y del Caribe, a la ciudad del Helado de Leche, esa ciudad que tiene tren pero no tiene tranvía, que tenga sus embajadores por donde nos encontremos y que ondeemos siempre la bandera azul y blanca en nuestros corazones, que sintamos orgullo de lo que somos, que  rebosemos el corazón de alegría al pisar sus calles y playas, más merecido no lo tienes Santa Marta, este homenaje es una carta a puño y letra  escrita con un amor incólume por los siglos de los  siglos.