La Firma
Novedad no es innovación
Por: Gerardo Angulo Cuentas
Frecuentemente veo publicaciones en LinkedIn y Facebook de colegas, exalumnos y amigos donde presentan novedades tecnológicas como si fueran grandes innovaciones. Aparecen con un aire de gurús, proclamando que están transformando el mundo con una nueva app, un prototipo llamativo o una plataforma relanzada. Pero al analizar el contenido, muchas veces no hay transformación real. Solo hay novedad. Y eso, más que aportar, puede hacer mucho daño.
Daño al público en general, que empieza a confundir innovación con espectáculo. Y sobre todo daño a las nuevas generaciones de emprendedores, que creen que innovar es simplemente lanzar algo distinto, no necesariamente algo valioso.
Vivimos una época en la que todo lo nuevo se celebra. Si una idea suena original, si una interfaz luce distinta, si un producto se presenta como “disruptivo”, entonces debe ser innovación. O al menos eso parece. Pero no todo lo nuevo es valioso, y no toda novedad es innovación. Lo más preocupante es que muchos emprendedores y desarrolladores tecnológicos han adoptado un discurso arrogante: si el mercado no responde, si la sociedad no adopta su idea, entonces el problema es del mundo. “La gente no está lista”, dicen. “Es que no lo entienden”. Y el remate más común: “Tenemos que educar al consumidor”. La realidad, sin embargo, es más simple (y más dura): a veces, el producto no resuelve nada, no conecta con nadie, y no tiene ningún valor real más allá del ego de quien lo crea.
Confundimos la posibilidad de hacer algo con la necesidad de hacerlo. Muchos productos surgen porque tecnológicamente son factibles. Porque se puede. Y entonces se hace. Pero el hecho de que podamos no significa que debamos. Novedad no es sinónimo de deseabilidad. De hecho, muchas veces es todo lo contrario: es algo impuesto, una idea nacida desde la obsesión del creador, no desde las necesidades de los usuarios. Y cuando el usuario no responde, en vez de cuestionar el producto, se culpa al usuario. Se ha vuelto común escuchar frases como: “Esto es una genialidad, pero el mercado aún no lo comprende”. Puede ser. Pero también puede ser que sea un mal producto, un capricho disfrazado de innovación.
El pensamiento de diseño y los marcos propuestos por IDEO nos ofrecen una brújula más precisa. La innovación real ocurre cuando convergen tres elementos:
Deseabilidad: ¿Alguien lo quiere? ¿Aporta algo a las personas?
Factibilidad: ¿Se puede hacer con la tecnología y recursos actuales?
Viabilidad: ¿Puede sostenerse económicamente en el tiempo?
Si solo tienes uno o dos de estos elementos, estás ante algo incompleto. Un objeto técnico tal vez impresionante, pero sin sentido. O un producto deseado pero inviable. O, como suele ocurrir, una ocurrencia tecnológica que nadie pidió. La novedad muchas veces se limita a la factibilidad: “Lo hice porque puedo hacerlo”. Pero sin validación del deseo real de la sociedad, y sin una estructura que lo haga viable a largo plazo, no hay innovación. Hay ruido.
Muchos emprendedores se aferran a sus ideas como profetas de un futuro que solo ellos pueden ver. Y si el mundo no responde, entonces es culpa del mundo. Esta narrativa romántica del “genio adelantado a su tiempo” puede ser inspiradora, pero también peligrosa. No todo rechazo del mercado es ceguera colectiva. A veces es lucidez. A veces el producto es malo, innecesario, o incluso dañino. Pensar que la sociedad debe adaptarse a cualquier novedad es una inversión perversa de la lógica: es el creador quien debe esforzarse por entender al mundo, no al revés.
El problema no es solo del mercado ni de los emprendedores. También es un reflejo de cómo enseñamos innovación. En muchos entornos académicos y programas de emprendimiento se glorifica la creatividad como un fin en sí mismo. Se premia al que propone algo nuevo, sin exigirle que lo contraste con la realidad. Necesitamos una educación que entrene la escucha, la validación, la empatía. Que enseñe que innovar no es tener ideas, sino tener ideas que resuelven problemas reales. Que deje claro que el valor no está en lo brillante del pitch, sino en el impacto de lo creado.
La novedad es un destello: llama la atención, brilla un instante, y luego se apaga.
La innovación es una llama que permanece: calienta, transforma, y deja huella.
Si no lo compran, quizás no sea porque sean muy tontos. Quizás es porque no lo necesitan.
Quizás es hora de dejar de pensar en lo que queremos vender, y empezar a escuchar lo que realmente hace falta.
¿Y tú, qué piensas?
¿Qué ejemplos conoces donde se haya confundido novedad con innovación?
¿Cómo podríamos cambiar la forma en que educamos para evitar esta confusión?
¿Tú también sientes que hay demasiado brillo y poco impacto en lo que llamamos innovación?
